#insurgenciadelsigloxxi
Otra forma de Informar y Opinar.
¡Sin Memoria No Hay Victoria!
La Semilla, la Espada y la Palabra: Homenaje al Paisano, Amigo y Camarada Juan Rafael Medina Figueredo
Por: Omar José Hernández Borges
INTRODUCCIÓN
Hay pueblos cuya tierra no es simple barro, sino fragua de libertadores y crisol de poetas. Aragua de Barcelona, nuestra bienamada villa llanera, acunada entre el murmullo de sus ríos, el soterrado galope de sus jinetes legendarios y la sombra insomne de sus cotoperices centenarios, antes durante la colonia llamada “Sabanas de Cotoperiz” y luego "Sabanas de Camoruco", lleva tallada en la piel de sus hijos la imprenta indómita de la dignidad. De esta misma greda heroica, de este mismo horizonte encendido de soles y memorias, emerge la figura cimera de mi paisano, hermano de ideales y entrañable camarada: Juan Rafael Medina Figueredo.
Cantar la vida de Juan Medina es adentrarse en la epopeya viva de la Patria profunda. Decir su nombre es convocar al académico insigne del Instituto Universitario Tecnológico de Valencia, al narrador incansable, al ensayista lúcido y al cuentista cuya pluma no es más que el brazo prolongado de su propia alma combatiente. Desde la alborada de su juventud temprana, cuando las sombras del desencanto y la injusticia social pretendían adueñarse del destino nacional, en su tiempo, Juan no dudó en abrazar la senda más empinada y gloriosa: la lucha revolucionaria y la gesta guerrillera de los años sesenta. Eso fue una conducta que sus compañeros liceístas criticaron, sin entender por qué un hombre a temprana edad asume el compromiso del cual el Mártir Eterno Salvador Allende catalogó en el comprender a un ser humano: “Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”. Frase esta expresada en la Universidad de Guadalajara, México, el 02 de diciembre de 1972.
Fueron cuatro décadas oscuras (aquellas que abarcaron el tramo amargo entre 1958 y 1998) donde una oprobiosa pseudodemocracia condenó al pueblo de Bolívar a la inopia, al despojo y al olvido. Frente al saqueo institucionalizado y la claudicación de los principios, Juan Medina Levantó la bandera insobornable de la dignidad. No hubo halago ni amenaza que doblegara su temple. Por no avalar la infamia, conoció el rigor del encierro y el dolor de las mazmorras imperiales y mantuanas de su momento; pagó con cárcel y tormento el delito sagrado de amar a los desposeídos. Sin embargo, ni los barrotes ni la penumbra lograron apagar la luz de su intelecto ni amedrentar la firmeza de su pulso. En la celda, la palabra se le hizo espada y la memoria se convirtió en escudo.
Como coterráneos nacidos bajo el mismo cielo de Aragua de Barcelona, exalto con orgullo patrio el gentilicio que, a través de la fragua revolucionaria, hemos asumido como compromiso de vida. No abrazamos la causa del pueblo por azar ni por doctrina vana, sino como el único camino cierto para cumplir con el mandato inmortal del Padre de la Patria, Simón Bolívar: empeñar la existencia entera en brindarle a nuestro pueblo «la mayor suma de felicidad posible, la mayor suma de seguridad social y la mayor suma de estabilidad política».
Las crónicas, testimonios y homenajes que aquí se despliegan no son meras páginas impresas; son relámpagos de historia viva. En ellas late la voz de los invisibles, el aroma amargo y noble del buche de café en pocillo de peltre esconchao, algo consuetudinario en la cocina de nuestras abuelas, lo que vivimos en nuestra Aragua de Bna. rural y urbana, el eco de los héroes caídos y el testimonio de quienes, como Juan, jamás bajaron la mirada ni empeñaron la conciencia.
Con profunda emoción patriótica, fraternal respeto y la lealtad intacta de los hombres que compartimos la misma semilla y el mismo combate, entrego a la posteridad estas crónicas inquebrantables del camarada Juan Rafael Medina Figueredo, preservadas intactas, con cada una de sus pausas, sus comas y sus verdades, para que las futuras generaciones abreven en la fuente inagotable de su heroísmo construido con el carácter de quien sabe lo que enfrenta. En una línea de tiempo que compartimos (1958 – 2026), consientes de nuestras realidades, por eso es importante dejar los escritos para diferenciar los acontecimientos ineludibles que la Generación Boba (1984-1994) llamada así por los intelectuales de ese tiempo, la cual se caracterizó por la apatía política y reducido compromiso social frente al statu quo imperante que cada día los sumía en la pobreza, aun cuando a las arcas del Estado venezolano fluian chorros de divisas, producto de la venta del petroleo, que solo estaban destinadas en su mayor parte a la oligarquía y a sus lacayos de la clase media alta (burguesía) en menor proporción. Ver estudios del Prof. Heriberto González de la Universidad de Los Anades (ULA): Programación Mental y Disociación Psicótica (2017)...
Cosas veredes, Sancho.
omarhdez78.blogspot.com
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Crónicas y testimonios
HOMENAJES
Juan Medina Figueredo
BUCHE DE CAFÉ
Mediados de los años cincuenta. Yo era un niñito de aproximadamente nueve o diez años, a las siete de la mañana inicio camino con mi primo Ramón Figueredo, un joven moreno de unos dieciséis años, hacia Sabana Grande, en busca de su padre Celestino Almea. Partimos de los aledaños de Aragua de Barcelona y su barrio Caraquita (por la cervecita Caracas, de botellita verde y de a real), puras calles de granzón y gente muy empobrecida, entre casitas de bahareque y zinc. No llevamos agua ni alimentos, el camino por el bosque nos permite agridulces y jugosos jobos, con eso solamente llegamos a Sabana Grande, caserío de nuestro destino, a las cinco o las seis de la tarde. Celestino Almea y sus otros dos campesinos, compañeros de trabajo en un conuco, César Figueredo y Gregorito Torres, con mucha alegría encienden el fogón al pie del rancho en piernas, techo de palma y paja, troja y piso de tierra, cuentan y comparten el habla, no hay café, no sé si comimos algo… Al oscurecer, acostarnos, unos sobre el piso de tierra y otros, a subir un palo hasta la troja. Al amanecer, salida en grupo entre la paja mojada por el rocío y de cortante y picante roce. Primera visita a la comadre Pancha para tomar café calientico en un pocillo de peltre esconchao, elixir y único alimento, antes de partir para el conuco, donde seguramente recogeremos algunos frijoles y mazorcas de maíz para nuestro retorno por el mismo camino de jobos hasta Aragua de Barcelona. A Celestino Almea se le quemó el rancho, se salvó solamente su virgencita en un rincón. Gregorito, tan callado y de tímida sonrisa, sacudió el polvo y las briznas de carbón de sus rotas alpargatas, se fue sin volver la vista y despedirse y se desconoce su destino, seguramente muerto de pobreza irredenta, como los pobres migrantes de César Rengifo. César Figueredo murió baleado por la policía que perseguía ladrones, mientras tendía su camisa desteñida y deshilachada en el colgadero del patio de un rancho, en Barcelona. Celestino Almea, sin nada en sus bolsillos, refugiado en Aragua de Barcelona, nunca tuvo dinero para tomarse un trago de café en su propio rancho y todos los días visitaba mi familia para sorber su café mañanero en otro pocillo esconchao. Cuando murió su hermano, sin que tuviera café para el velatorio, se lo llevó en un cuero, abrió él mismo un hueco, con pico y pala prestados, y solito, sin cura ni acompañantes, lo enterró en el cementerio de los pobres, que ni alambrada tenía. Finales de los años sesenta. Miembros del Frente Guerrillero Antonio José de Sucre (FGAJS) toman el pueblo de Cumanacoa (en Cumanagoto, pueblo de frijoles), estado Sucre. Sobreviene un cerrado cerco militar antiguerrillero. Los campesinos están aterrorizados. Bajo la lluvia inclemente todo el día y toda la noche, por las montañas del Turimiquire, al frente de la guerrilla va el comandante Américo Silva, siempre con su sombrerito y muy conocedor y querido por esos lares, donde podía apoyarse ampliamente entre familiares, parientes, amigos y campesinos, incluso en autoridades locales. Llegan frente a un rancho campesino, con las puertas cerradas, en la madrugada de insondable silencio. Sólo el hilo sónico de los grillos y el coro alterno de las ranas. Todos están emparamados y temblando por el frío. Estaba cerradamente oscuro todavía. No paraban la lluvia ni el frío ni el viento. Tocan la puerta. Silencio más profundo todavía. Nadie se mueve adentro, ni respira ni responde. Vuelven a tocar, igual ausencia de respuesta desde trasmundo. Se adelanta Américo Silva, toca la puerta y frente a ella grita: “¿Y es que aquí no le sirven café al caminante?”. Se oyeron pasos de cholas en el interior del rancho y de un empellón abrieron la puerta, mandaron a pasar, movieron y soplaron las brasas del fogón, colocaron sobre las topias la paila, golpeada y curtida por el carbón, para el café. Año 1971 ó 1972, desde el rancho de mi refugio, en el barrio San Blas de Petare, en compañía del joven Leandro, viajo en autobús por la vieja carretera de Santa Lucía. Objetivo: explorar las montañas de los alrededores. Al atardecer, arribamos al rancho del abuelo de Leandro, dormimos sobre un pajal acondicionado por el viejo, allí vivía con una vieja loca que andaba por todos los rincones y la cocina de fogón de piedra con sus interminables e inaudibles jerigonzas, en ininterrumpidos soliloquios. Antes de dormir, ni bollitos pelones, ni caraotas ni frijoles, sólo café en un pocillo de peltre esconchao. Al amanecer y despertarnos, otro buche de café en el mismo pocillo de peltre esconchao, mientras la vieja seguía atizando las brasas del fogón y soplando la candela sin nada que cocinar. El viejo sale para el conuco con su buche de café y regresará, aproximadamente, a las cuatro de la tarde, para otro buche de café. Leandro y yo nos internamos en las montañas, hundidos en su verdes, infinitos y altos muros vegetales, sin otro paisaje más que bosques de gigantescos árboles y el sol que nos alumbraba muy cálido y radiante. Hondo respiramos y de un imprevisto salto nos elevamos por los aires, sobre un tapiz de loros y guacamayas, entonces, repentinamente, comprendimos, sin saber cómo, porqué al abuelo de Leandro le bastaba un buche de café por la madrugada y otro al fin de la tarde y su reencuentro con su vieja de conversaciones a solas por todos los rincones de su rancho, a todas horas. Vivían en el aire, les bastaba el aire y posiblemente levitaban dormidos todas las noches y se convertían en torditos de cerrados ojos viajeros. Mediados de los ochenta, en Aragüita, a orillas del lago de los tacariguas. En este barrio, recién fundado por los desamparados de Guacara, después del trazado de calles fundacionales solíamos reunirnos con los activistas comunitarios del lugar en casa del negro Montoya, bajo la dirección de Roseliano Serrades, caudillo y perito itinerante en ocupaciones de tierras baldías y de controvertidos propietarios, en compañía del gordo José Alexander Ferrer, pintor de carteles políticos, siempre metido en una toma, en la Universidad de Carabobo y en la calle, baleado después el 5 de septiembre de 1984, a medianoche, en la calle Rojas Queipo, de Valencia, pegado contra un casillero de electricidad. Con un tiro en sus pulmones murió después de treinta días de agonía el 16 de octubre del mismo año. Regresaba de tomar una casa vieja, abandonada en el centro de Valencia, para residencia de muchachas universitarias pobres. Los fines de semana, al finalizar estas reuniones, las colombianas estremecían sus ranchos con el movimiento de sus cinturas y el cepilleo del piso de cemento con sus sandalias al ritmo de cumbias y vallenatos; algo perdía uno entre tanto baile y cerveza, yo perdí un reloj que me regalara mi padre, así como un viejo Volkswagen azul, obsequiado también por mi padre al inicio de mis estudios de Derecho, en el que me movía por Valencia, Naguanagua, Guacara y barrios aledaños, hasta que comenzó a fallarme y tenía que andar empujándolo por calles y avenidas, por lo cual finalmente lo vendí por cuatro lochas a un vecino que sabía de mecánica. Éste no le encontró reparación, me lo devolvió, me dijo que ese carro estaba envenenao y me pidió sus reales. Roseliano me lo quitó fiao, en casa de las colombianas, yo se lo cedí. Luego, en una pea nocturna lo pegó contra un poste de electricidad en un basurero de Guacara, allí lo abandonó como chatarra y nunca me lo pagó. Montoya jamás y nunca nos sirvió un buche de café. Al final de una tarde llegó el día y la hora de burlarnos de Montoya, tan tacaño. Bueno vale, ¿no vas a servirnos alguna vez un cafecito? Nos dio la espalda y se fue a la cocina, vino con una bandeja de pocillos de peltre esconchaos. Sorpresas que da la vida, todos escupimos con asco el primer trago de lo que resultó ser ron de culebra morrona. Más nunca volvimos a reunirnos en casa del negro Montoya y preferimos hacerlo en casas de las colombianas, escuchando cumbias y vallenatos entre tragos de cerveza, cepillao de vientres y caderas y sudoraciones con el termómetro a nivel del lago de los tacariguas, bajo el vaho de los oscuros peces San Pedro, muertos en sus orillas, envenenados por los desechos de tantas cloacas volcadas en sus aguas. Así, ya de madrugada, para la despedida, el omnipresente buche de café en pocillo de peltre esconchao, a orillas del fogón de leña.
PERRO QUE COME MANTECA
“Perro que come manteca, mete la lengua en tapara”, era refrán que sellaba las mariposas o volantes que comenzaron apareciendo de madrugada en las aceras de las esquinas de Aragua de Barcelona, en ese despertar de conmoción tras la reciente caída de la dictadura de Pérez Jiménez. Para nadie era un secreto en ese pueblo viejo que esas papeletas contenían la pócima mortal del veneno de la rencilla entre Diego Antonio Arreaza Lander, Palillo, quien por primera vez asomó cabeza al frente de la multitud al amanecer del 23 de enero del 58, para pedir, frente a las rejas de la policía, la entrega de la comandancia, y el viejo Juez que no estaba dispuesto a entregar su despacho de Salomón y Mercader de Venecia entre campesinos y pobres de solemnidad. ¿Quién metió la lengua en tapara? eso nunca se sabe ni se sabrá y fue en una de esas calles donde se encontraron “Justo Brito y Juan Tabare/, dos hombres de pelo en pecho/ como no pare otra mae “y se enfrentaron a tiros “por una palomita de Paulina Colmenares”. Terminó en la cárcel del barrio Portugal de Barcelona Diego Antonio Arreaza Lander, sobrino de los poetas Alonso Arreaza y José Tadeo Arreaza Calatrava. Todo fue un enfrentamiento, según se decía, sin que constara en declaraciones judiciales de veracidad insospechable, entre guardaespaldas de un lado y del otro, pero la responsabilidad penal por la muerte del guardaespaldas del viejo Juez amo de cabras y de vacas realengas recayó sobre Diego Antonio Arreaza Lander, aunque nadie se atrevió a tomar partido en plena calle y menos en un juzgado, porque la muerte era asunto de machos, todos allí lo eran, pero se respetaban mutuamente y testimoniar en contra de un pariente de los Monagas, nieto del General Diego Arreaza Monagas, ex Ministro del Taita Gómez, autor de la más conocida “ Historia de Aragua de Barcelona”, era asunto de riesgo imponderable, de mucho cuidado. Los rumores, consejas y chismes abrían las ventanas y las puertas como viento pútrido. Pero mejor dejar dirimir esta batalla entre los jinetes sin cabeza y las ánimas del purgatorio que tomaron las noches del pueblo después de la batalla más sangrienta de nuestra guerra civil de 1814 en esa villa. Sin probanzas en su contra, Diego Antonio Arreaza Lander salió de la prisión, se retiró a su hato Uverito, en la carretera de la Margarita del llano y esperó la epoca de quesear para pisar las calles de la villa nuevamente. En la entrada del cementerio de Aragua de Barcelona está la tumba de Diego Antonio Arreaza Lander y más allá deben estar las del juez de las cabras y las de los guardaespaldas de ambos, cubiertas de polvo y olvido.
BRAVO DE LOS PÉREZ
Familiares, amigos y coterráneos de Luis Alberto Hernández ( 24/12/48 -26/9/69) conmemoran cada aniversario de su detención, torturas, asesinato y desaparición forzada, en Aragua de Barcelona el 26 de septiembre de 1969, por obra criminal de un grupo paramilitar del Servicio de Inteligencia de las Fuerzas Armadas (SIFA), actualmente Dirección de Inteligencia Militar (DIM), Años después, el martes (ni te cases ni te embarques) 13 de junio de 1972 fui hecho prisionero y sometido a torturas (electricidad, golpes, ahogamiento, quemaduras con cigarrillos encendidos, aislamiento, incomunicación, y privación de sueño) por ese mismo grupo conocido como “Gang de la Muerte”, por lo que conocí personalmente su ensañamiento sin escrúpulos y sin límite alguno frente al sufrimiento de sus víctimas. Era la práctica de la doctrina de Seguridad Nacional, impuesta y guiada desde el Pentágono, a través del Departamento de estado del gobierno de los Estados Unidos de América.
El 30 de octubre de 1969 fue publicado en el diario El Nacional un remitido de varios presos políticos recluidos en la Cárcel de La Pica, estado Monagas, en el cual denunciaban las torturas, asesinato y desaparición forzada de Luis Alberto Hernández, estudiante de Sociología, de la Universidad Central de Venezuela (UCV) y las torturas contra quienes junto a él habían sido detenidos por el Gang de la muerte en Aragua de Barcelona. Entre los que suscribían dicho remitido estaban los nombres de mis amigos Diego Antonio Arreaza Lander, Miguel Pinto y El poetica, El musiquito, Eduardo Sifontes. Luego conocería el testimonio dramático de Angel Vivas Guayamo, detenido en compañía de Luis Alberto Hernández, en el cruce de las calles Juncal y Bermúdez, de Aragua de Barcelona. Se dijo que “pateloro” (por una patica tembleca), lugareño y visitante frecuente de la vieja villa y quién se hizo pasar entre los jóvenes de este pueblo como izquierdista, los delató a todos y provocó la redada y allanamientos de la DIM allí. “Pateloro”, poco tiempo después en la placita “Buenos Aires”, de Barcelona, como agente de la Digepol, intentó bajar una bandera de las Fuerzas Armadas de Liberación (FALN) colgada de un farol y provocó el estallido de la bomba “cazabobo” instalada debajo de un banco de cemento y unida a esa bandera por un hilo de nylon muy fino; la súbita explosión acabó con su vida.
La mañana de aquel día, 30 de octubre de 1969, se iniciaba una huelga de maestros, a nivel nacional; me encontraba leyendo el citado periódico en el patio andaluz de la Facultad de Derecho de la Universidad de Carabobo, sentado en el pedestal del licenciado Miguel José Sanz y ante el llamado a la protesta de Franklin Morales, un amigo de luchas juveniles, nosotros dos dimos inicios a una pedrea contra un jeep del ejército que pasaba patrullando las calles. Franklin Morales resultó con varias heridas y más gravemente herido salió el estudiante de derecho Freddy Rodríguez, con una bala de FALN incrustrada en uno de sus pulmones, en el corredor del zaguán ubicado detrás del portón de entrada a la Facultad. La masiva movilización estudiantil desde Bárbula y los liceos recorrió las calles de Valencia, incluso subiéndose a los tanques; desafiando a los soldados y sus oficiales durante todo ese santo día, y se concentró frente al hospital central de esta ciudad. Freddy Rodríguez, con un balazo de FALN incrustrado en un pulmón, recibió la salvación de su vida, divina y milagrosamente, contra todo pronóstico negativo que apesadumbraba a los estudiantes congregados a las puertas del hospital Enrique Tejera, donde era intervenido quirúrgicamente. Digo y repito, santo día, porque ese día 30 de octubre de 1969, supimos que había sido crucificado y sacrificado un joven inocente, el cual no tenía participación alguna en guerrillas y mucho menos en los enfrentamientos armados que se habían producido el 22 y el 23 de septiembre de ese año 1969 en las cercanías de Aragua de Maturín y en el crucero de Aragua de Barcelona con Anaco y Barcelona el 24 de septiembre de ese mismo 1969 (emboscada del destacamento guerrillero “ Gatico Amundaray”, del Frente Guerrillero Antonio José de Sucre (FGAJS), contra una alcabala del ejército que realizaba la operación Origen y destino en ese lugar conocido como Kilómetro noventa) . Sobran testimonios de sus coterráneos de Aragua de Barcelona confirmando que la noche del 25 de septiembre de ese año 1969, Luis Alberto Hernández, en breves vacaciones estudiantiles de la escuela de Sociología la UCV, asistió a una fiesta de graduación de estudiantes del liceo Narciso Fragachán y amaneció cantando serenatas junto a su amigo Ángel Vivas Guayamo, frente a las puertas y ventanas de sus amigas en esta población llanera. De serenatero ya lo habíamos conocido: en el grupo de amigos que yo acostumbraba acompañar, liderizado por José Teobaldo Porras Cardier, Una noche le oí a Luis Alberto Hernández cantar “Humanidad” y “Casas de Cartón”, del cantautor venezolano Alí Primera. Las escuchaba por primera vez y era un regalo de Luis Alberto Hernández, fruto de su incipiente cosecha universitaria. Inocente sí, pero joven idealista y patriótico. Como a todos los de esos años sesenta, nos apasionaba el boxeo, el ejercicio físico, las carreras de bicicleta, los maratones, pero a él, en la profundidad de los ojos, en la verticalidad de su torso, en el hablar firme y pausado se adivinaba que atesoraba riqueza de ideas y de sentimientos, amor por su pueblo y por su tierra, cariño y respeto por sus tradiciones y valores y podía cantar con toda su inspiración y fuerza frente a las ventanas de las muchachas:: “yo vengo regando flores por todo el camino real/ regálame tus amores/ para venirte a buscar”. Viajó a Caracas, para cursar estudios universitarios, pero siempre con la ilusión de sembrar ideas en su patria y en su pueblo natal, por eso se envolvió en la bandera de Venezuela y en la bandera de la liberación nacional y el socialismo y con ellas fue tejiendo la seda de sus ilusiones y su dedicación voluntaria para servir al prójimo, a la humanidad y por ende a sus compatriotas y coterráneos. Cargaba en su frente el sello de una consigna de Marx en esos días de renovación universitaria en París y en todas las universidades de todo el mundo: “No basta interpretar al mundo, es necesario transformarlo”.
Pensando en Luis Alberto Hernández, a los jóvenes que hoy viajan, trabajan y estudian en diversos confines del planeta, y aquí y ahora en Aragua de Barcelona, podríamos recordarles dos consejos; uno, confidencia personal del poeta venezolano Eugenio Montejo, fallecido en 2008: “ es bueno viajar por el mundo, pero debemos regresar a sembrar lo aprendido”; otro, en diálogo del papa Francisco con los jóvenes de Burkina Fasso, un país africano, que en ese momento padecía una guerra civil, a ellos les dijo: “Ustedes tienen como símbolo al banano, sean como el banano, con raíces fuertes, no deserten de sus responsabilidades”.
Idealista, patriótico y socialista, Luis Alberto Hernández, fue bravo y valiente de los Pérez de Aragua de Barcelona, hijo de Salvador Pérez y de doña Rosa Emilia Hernández. Pensamos en el Salvador y en la Rosa que no podían sino dar un hijo de nombre Luis, que etimológicamente, derivado bien del alemán o bien del francés, significa “hombre brillante en la batalla” y también “alguien que sabe mucho” y Alberto, derivado también del alemán: “brillante por su nobleza”.
El 18 de agosto de 1814, heroísmo y tragedia se juntaron e imbricaron en la batalla de Aragua de Barcelona; ese día en los montes de los alrededores de esta villa fue capturado por las tropas realistas un adolescente que tendría la edad aproximada de ese año e integrado a sus filas. Después del arribo de Pablo Morillo con sus tropas españolas a Venezuela, tras escuchar un bando del jefe peninsular solicitando para su guardia personal gente blanquita y bien perfilada, Braulio Fernández, como se llamaba aquél adolescente, en diálogo con su comandante Torrealba, mientras orinaban a orillas del río Unare, decidió junto a su jefe desertar de las tropas realistas para incorporarse a las filas de los patriotas, así lo hicieron y aquel adolescente de 1814 se convirtió en el más célebre soldado que contara su historia personal en las batallas por nuestra independencia, con un lenguaje inconfundiblemente meztizo, popular, venezolano del siglo XIX. Al dictar a sus hijos, casi agonizante, el 6 de febrero 1887, en Anaco de San Francisco, su autobiografía, editada en Píritu, el año de 1895 y que luego publicara Monte Ävila Editores en “Antología de la literatura marginal” y reeditara especialmente el Congreso Nacional de nuestra República, bajo los auspicios del poeta Caupolicán Ovalles, como “¡ALTO ESA PATRIA, HASTA SEGUNDA ORDEN!, dice haber nacido en Chaguaramal de Zaraza, con ancestros de los Pérez de Aragua de Barcelona. Pues, bien, los hermanos Ramón Pérez y Salvador Pérez ganaron fama de bravos entre los bravos, indomables en la pelea. De allí también los ancestros de Luis Alberto Hernández, hijo de Salvador Pérez y de doña Rosa Emilia Hernández, que los Herrnández también fueron bravos en esta tierra. Hay quien cuenta que al momento de su detención, Luis Alberto Hernández se fajó a pelear con tres de los miembros del grupo paramilitar o “Gang de la muerte”, que intentaban capturarlo y sólo con golpes de cachazos de pistola pudieron atontarlo y meterlo en el auto de los criminales de la seguridad de estado. Angel Vivas Guayamo, a su vez, narró en entrevista testimonial que Luis Alberto Hernández, desde la maleta del automóvil de sus captores, gritaba a éstos: “¿Esta es la pacificación del gobierno?”. Lo sacaban desde la maleta del automóvil, lo golpeaban hasta su desmayo y lo volvían a encerrar en esa maleta. Así, hasta que los golpes y la asfixia le reventaron el aire de sus pulmones, entre estertores de graves respiraciones entrecortadas y roncas como las de un animal en el interior de la maleta del auto y acabaron con su santa vida, como lo hicieron con Cristo, Salvador y Redentor los sicarios del sanedrín y los soldados romanos. “No hay amor más grande que el de aquel que dio la vida por sus amigos”, dice el evangelista San Juan. Mientras entregaba su vida, sin temor, Luis Alberto Hernández seguramente pensaba en sus amigos y en sus padres. San Alfonso de Ligorio, en su “Práctica de amor a Jesucristo”, su más reconocido libro, dice que si a un amigo no lo recuerdan sus amigos seguramente se afligiría. Pero, si sus amigos lo recuerdan, se alegraría. La amistad es confianza, comunicación y unión; así la han definido Santo Tomás de Aquino, San Francisco de Sales y San Alfonso de Ligorio. Lo desprenden del Evangelio de San Juan. Dijo Jesús: “Os he llamado amigos porque todo lo que oí a mi Padre os lo he dicho”. Sócrates, antes de beber la cicuta, pidió a su mujer Xantipa, que saliera, mandó a llamar a sus amigos discípulos y les confió que su último deseo sobre la tierra era ser poeta y que no moriría definitivamente, hablándoles seguidamente sobre la inmortalidad del alma. Jesús o Cristo (“El Salvador”, “El Mesías”, “El ungido de Dios”), en medio de su “Pasión”, celebró la “Última cena” y dando origen a la Eucaristía, compartiendo el pan y el vino como su propio cuerpo, dijo a sus discípulos: “Hagan esto en conmemoración mía”. Al congregarse anualmente, de alguna (s) manera(s) familiares, amigos y coterráneos de Luis Alberto Hernández, para conmemorar cada aniversario de su sacrificio, el sacrificio de un inocente y de un justo, nos inquietamos y preguntamos ¿Cuánta injusticia no hay en este mundo de guerras, pobreza y destrucción del ambiente? Pero la justicia divina, parcial e imparcial, está por encima de la injusticia humana, la misma que sacrificó a Luis Alberto Hernández y sumió en el dolor hondo, inconsolable y oscuro, hasta la muerte, a su madre Rosa Emilia Hernández. Al juntamos en cualquier lugar para conmemorar a un inocente y a un justo, bajo la sombra de ese cotoperiz legendario del cruce de las calles Juncal y Anzoátegui de Aragua de Barcelona, el mismo en el que Bolívar amarró su caballo y desde el cual trota el jinete sin cabeza por las calles de arena y piedra, en el silencio de la medianoche, por la calle Anzoátegui de la villa de Aragua, recordamos otro día de 1965, en el cual un joven obrero de la fábrica de aceite de Alonso Arreaza Calatrava colocó una bandera de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN) sobre la copa de ese árbol que hoy nos cobija bajo sus hojas y sus frutos, si es que todavía los da,, para conmemorar la vida y pasión de Luis Alberto Hernández. “Barriga e puta”, apelativo de aquel joven, audaz y valiente banderante, montaría sin miedo alguno el caballo del jinete sin cabeza, a medianoche y se retiraría velozmente hasta su casa en los confines de la calle Libertad, a pocos pasos del río Aragua, perdido su rastro por la policía.
PROFUNDIDAD DE LA MIRADA
Noviembre de 1972. Huelga nacional de hambre de presos políticos, impulsada principalmente desde la cárcel de Sabaneta, Maracaibo, por Jorge Rodríguez, hundido siempre en un tambor de agua frente al calor insoportable del lugar, y en el cuartel San Carlos por David Nieves Banch, madrugador cocinero de plátanos asados para compartir de celda en celda. Principales organizaciones clandestinas y guerrilleras participantes: Organización de Revolucionarios (OR), Partido de la Revolución Venezolana (PRV.FALN) y Bandera Roja (BR). Documentos, declaraciones, pintas en paredes, relaciones políticas, movilización de familiares desde la Asociación de defensa de los derechos humanos, presidida por Agustín Calzadilla y el Comité por la amnistía dirigido por Laura de Prada. Caletas que pudiesen burlar las requisas militares. Correo clandestino. Revista “Rocinante”, bajo dirección del poeta Edmundo Aray, con dossier especial sobre la represión y presos políticos en Venezuela, especial informe o reporte de Jorge Rodríguez al respecto y fotografía del mismo Jorge en el centro del encartado en forma de Dazibao. En el pabellón A-2 del cuartel San Carlos me designan como su representante ante las autoridades militares. Carta de Julio Escalona desde la clandestinidad: “cuando te entrevistes con las autoridades militares, nunca les bajes la mirada. Fija tu mirada frente a frente”. Baleamiento y muerte del joven poeta Hugo Alexander Alzolay, en una calle del Manicomio, Caracas, al realizar una pinta en solidaridad con los presos políticos en huelga de hambre. Intervención de la Cruz Roja Internacional. Decisiones políticas: liberación de Jorge Rodríguez, David Nieves Banch y de los cubanos Gil Castellanos y Manuel Espinoza (“Manolín”) detenidos, el primero tras el desembarco en la playa de Machurucuto, junto a guerrilleros venezolanos, entre ellos Moisés Moleiro y Héctor Pérez Marcano, y el segundo, en un enfrentamiento armado con los agentes de seguridad del estado en avenida Chacao, de Caracas, donde muere el lider guerrillero del PRV-FALN Félix Farías). Reinicio inmediato de huelga de hambre frente a la desaparición forzada y asesinato de Noel Rodríguez a mandarriazos detrás de loa cabeza, por un agente de la Dirección de Inteligencia Militar (DIM), en su cuartel general. Década de los ochenta o de los noventa. Humberto Mendoza, odontólogo, profesor de la Universidad de Carabobo y dirigente de su Asociación de profesores, se entrevista en San Juan de los Morros con el Doctor José Francisco Torrealba, “el sabio Torrealba”, científico que venció al chipo y el mal de Chagas por primera vez en nuestro país. Recuerda Humberto Mendoza, en la revista Utopía y Praxis, una lección inolvidable del “sabio Torrealba”: “Mira de frente, si al otro se le mueve la parapara del ojo, está mintiendo, es un embustero”. Mediados de los noventa, primera entrevista, en La Habana, Cuba, de Hugo Chávez Frías con Fidel Castro. Rememora Chávez: Fidel nunca me quitó los ojos de encima, todo el tiempo me veía fijamente a mis ojos. Miraba y examinaba mi sinceridad. Asunto de profundidad de la mirada.
LA FELICIDAD HUMANA
SHAKESPEARE, en sus “Sonetos”, uno tras otro, repite hasta el cansancio: si no dejas descendencia, tu hermosura morirá para siempre y las sucesivas generaciones te olvidarán eternamente. Los árabes, civilizadores ocupantes de Hispania durante siglos, en lo que esta última llamó Edad Media para borrarlos de la historia y del mapa, se anticiparon a Shakespeare y resolvieron el asunto con un par de proverbios: “En la vida se debe sembrar un árbol, tener un hijo y escribir un libro”. Eso fue lo que me respondió el viejo libanés Kassen Kablán un día de 1969 ó 1970 en Morón. Estaba en una trastienda de su negocio, acostado en una hamaca. Escribía en un block de páginas a rayas. Le pregunté qué estaba haciendo. De inmediato me respondió: “Escribiendo un libro, porque ya he sembrado árboles, tenido hijos y sólo me falta escribir este libro, según el proverbio árabe acerca de lo que debe hacer un hombre en la vida”. Más tarde, con ayuda de su hijo Nacir Kablán, en la clandestinidad del PRV-FALN para ese momento, principios de los años setenta, lo corrigió, lo imprimió y, con un maletín cargado de ejemplares de su autoría, lo vendió de puerta en puerta. No era para menos, el libro se llamó La felicidad humana, fue un negocio exitoso y mucho con mujeres que, en la tienda y en su casa, aceptaron entregarle la llave del cofre de su más hondo secreto a cambio de otro mayor: “La felicidad humana”. Años después, Fadi Kallad, ungido cónsul honorario del Líbano y analista político internacional me comentó un proverbio árabe que dice: “Si se tiene un hijo, no se muere”. No creo que Kassen Kablán tan ocupado en su negocio y en la venta, calle por calle, de “La felicidad humana”, hubiese leído alguna vez los “Sonetos” de Shakespeare, ni falta que le hizo.
POETA, MÚSICO Y PINTOR
Por menudito, delgadito y aéreo, poética, musiquito y pintor, así le conocimos en su temprana juventud, sin que nunca dejara de serlo por acelerada muerte a los veintiocho años y el cariño que trascendió entre nosotros, así le llamamos y así le seguimos y seguiremos llamando mientras vivamos quienes fuimos sus amigos. El pintor maduró tiempo después de nuestros distintos rumbos en la vida. Porque prevalece nuestro cariño, mayor ahora, porque su poesía crece con nuestro tiempo de lectura y nos sorprende cada vez más, así resuena con nuestro eco esperanzado. Eduardo Sifontes nació pobre (1946) en una casita de bahareque con alicaída puertecita de madera rústica, en el barrio “Camino nuevo”, de Barcelona; vivió pobre, como tal se educó en una escuela granja de Fe y Alegría, donde aprendió a tocar el claarinete y con el sueldito de integrante de la banda musical del estado Anzoátegui restaba del poquito de pan para su madre y hermanos unos pocos bolívares para comprar un libro de poesía y otro de política y una telita y pinturita para sus estudios en la escuela de artes plásticas Armando Reverón. Para las noches, después de la retreta, podía comprar alguna botella de ron y embriagarse en medio de las calles de viento de pescado muerto y viejas casonas arruinadas de Barcelona y los ranchos de los barriales y alrededores de su casita de famiia y antes de llegar a ella por la madrugada, mear el cielo con un verso de Rimbaud y cualquier estatua y acostarse sobre un banco de la placita “La Chica”, donde solía caerse y morirse de la pea el poeta Tomás Ignacio Potentine, el mismo de nuestras últimas guerras civiles, su ron con pólvora antes de entrar en batalla, y del grandioso canto a Bolívar. Al día siguiente, mecanografiaría el esténcil con un texto político y un poema, aullando sobre los muertos de Vietnam, untaría la tinta sobre la tela de la batea y editaría su periódico clandestino de la juventud del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (JMIR).En la escuela de artes plásticas Armando Reverón, donde Eduardo Sifontes estudiaba en el primer lustro de los sesenta del siglo XX, por un momento bajo la dirección de Luis Luksic, destituido luego por comunista, había una efervescencia de la vanguardia y el compromiso político, lecturas y ecos de “Tabla Redonda”, “ El Techo de la ballena”, “Cal”, “Trópico Uno”, la cercanía maestra de Gustavo Pereira y José Lira Sosa, la emergencia de Luis José Bonilla, una lectura inmediata de los cuatro puntos cardinales de la poesía universal (San Juan de Cruz, Omar Khayamm, Whitman, Rimbaud, Bretón, Maiakovsky, Neruda, Vallejo, la poesía beatnik, Elliot, hasta los límites de Ho Chi Minh y Mao Tse Tung, etc), la pintura clásica y contemporánea universal (El Bosco, Goya, Cézanne, Van Gogh, Gauguin, Toulouse Lautrec, Gustav Klimt, Reverón, Picasso, Jesús Soto, Cruz Diez, Alejandro Otero, Pollok , Luksic, “el chino Hung”, Jacobo Borges, etc.); los grabados de Gladys Meneses, la escultura de Pedro Barreto, la pintura y escultura de Gilberto Bejarano, etc.. Bajo su cielo y arco iris, entre el arte y la política, el contexto de la guerra fría polarizada entre USA y la URSS, la revolución china y la cubana, Vietnam, la confrontación violenta con el gobierno de Betancourt, Leoni, Caldera, envolvía los escritores y artistas de la región en una tormenta de pasiones, ilusiones y ebriedades guiando la lectura de marxismo, existencialismo, futurismo y surrealismo. Los primeros poemas de Eduardo Sifontes aparecen publicados, hacia 1964, aproximadamente, en una plaquette y una breve antología del Círculo Ariosto (Bajo la refriega), acompañados de poemas de Gustavo Pereira, Luis José Bonilla y Rita Valdivia (posteriormente muerta en combate contra el ejército, en La Paz). Gustavo Pereira le publicaría también a Eduardo Sifontes en “Trópico Uno” y, posteriormente, en una antología de Jóvenes poetas de Anzoátegui, Sucre y Nva. Esparta (Fundarte. Caracas.1979). En 1969, en tiempos de renovación Universitaria, Eduardo Sifontes se une a los estudiantes que toman esa universidad exigiendo autonomía universitaria. Sus principales dirigentes y Eduardo Sifontes son hechos prisioneros y sometidos a torturas en el Teatro de operaciones antiguerrilleras de Cocollar (Edo. Sucre). A Eduardo Sifontes lo pasan a la cárcel de La Pica, estado Monagas. En 1973, Monte Ávila publica su Rituales, definido como narraciones cortas, breve extensión de fragmentos de técnica minimalista y lenguaje coloquial identificado con un universo de lectores jóvenes y de los sectores populares. En 1974, a sus 28 años, Eduardo Sifontes muere como vivió: pobre y torturado (esta vez fagocitado por el cáncer) en el hospital “Luis Razetti”, de su Barcelona. En 1975, la Dirección de Cultura de la UCV edita los poemas de “Las Conjuraciones”. En 2024, Editorial El perro y la rana con “Relevo de Guardia” compila poemas y narraciones breves de Eduardo Sifontes, los ya publicados y los mayoritariamente inéditos, como libros y otros sueltos en revistas. Eduardo Sifontes es sin duda la revelación de un gran poeta venezolano, aún no reconocido como tal por el canon de la literatura tradicional. En un salón Michelena de Valencia, a mediados de los sesenta, hizo lo que sólo a él se le podía ocurrir: dentro de un marco de madera colocó una bola explosiva con su mecha encendida y encima una bandera rojinegra.
LA PEDREGOSA Y DOLOROSA RUTA DE JORGE, DAVID Y AGUSTÍN
Una foto de visita y despedida para una tragedia
Empiezo por una imagen feliz que recoge todo su tránsito y es quizá su despedida para un viaje incierto: una fotografía en Carora, de pie, junto a su madre, Eloína, con sus arrugas de vieja pobre, pero sonriente, contenta con la vuelta del hijo que se ha hecho hombre, cosmopolita por universitario y mundano, viajado, con esa foto envuelto en un abrigo de cuello levantado, en un puente del Sena y París moderno y lejano al fondo, con su leyenda juvenil de político rebelde, lúcido, vibrante y arriesgado. Pasado el primer momento de la sorpresiva visita, ¡llegó Jorge! dijo alguien, uno de sus hermanos, levantándose de la silla de armadura de metal, tejida de cintas plásticas ella salió de la cocina ahumada y grasosa, entre sorprendida, azorada y alegre, a compartir la risa del recién adentrado, restregándose las manos contra su vestido de puntos negros (en extraño vaticinio), contra sus bolsillos, pasándoselas por sus hundidas sienes y mejillas, para limpiarse y adecentar el rostro, abrazándolo, chocando la cabeza contra su pecho, más pequeñita, ya con una curva incipiente en su espalda, ¡hijo!, con las inevitables lágrimas del corazón descamisado, y él, junto a ella, en mangas de camisa blanca, enrolladas hasta los bíceps , si es que así se le pueden llamar, porque no los tenía muy fuertes, más bien flacos, esmirriados, cercano, pero con una diferencia no sólo de altura, sino de esos inevitables centímetros de años de vida que los separaban, con la sonrisa que no llegaba a risa, con cierto aire distante de quien se despegará pronto y se marchará de inmediato, marcado por una agenda de citas y contactos clandestinos que lo aventaban por carreteras, calles, caseríos, caminos, montes, montañas, litorales, apartamentos, casas, ranchos, conucos, campamentos, para reuniones con estudiantes recién salidos de su adolescencia, campesinos ladinos, obreros renegridos, guerrilleros alborozados por su visita o cautelosos y recelosos frente al habla de la convicción, su descubierta, despliegue, ataque, réplica y contraataque, con ironía y humor, a veces sarcástico y muchas veces recordando momentos y frases contradictorias de sus adversarios, rematando con un refrán o un decir popular. Al fondo de esta fotografía, que no puedo mirar en este momento porque la regalé a Lala, una camarada, en La Luz, uno de nuestros barrios en Naguanagua, en uno de sus cumpleaños, en su casa de bloques sin frisar, que es como la eterna casa de nuestro partido socialista radical y comunitario, con nombre, sin nombre, con bandera y logotipo, sin bandera y logotipo, despartidizado, comunitarizado, familiarizado, corrientizado, parrandizado, con sus muertos del recuerdo, con su Jorge y el suspiro que sigue a su nombre, su gordo y siempre jovial José Alexánder Ferrer, que despedimos para siempre en la resolana y el piedrero de yerba rústica del cementerio de Acarigua, con sus vivos amigos que acuden frente a la misma piedra del patio, la misma salita de sillas de armadura de metal y de cojines y flores de plástico, la misma torta empegostada de nevazúcar y rayada con irregulares círculos rojos y romos, con la misma vela de a locha, guardada por la vieja y ya difunta madre, con el mismo parrandazo de cumpleaños el primer día de año nuevo. En esta fotografía, digo antes de que se me pierda el hilo de la memoria y del cuento, hay una orilla de río seco, el Morere, un arenal, pero con el reflejo de unos pocitos, con piedras, piedritas y cujisales, oscuros en la foto en blanco y negro y un cerrito de monte ralo, despeinado, al fondo y no recuerdo otra cosa; por allí cerca, quedaba, en Carora, una casa de bahareque y de techo de paja, donde nació Jorge, en verdad no sé si la vi aquel día de mi visita posterior al asesinato de Jorge, o si es el recuerdo que se confunde con mi visión de viaje en una de esas fotografías que reunió Norelky Meza para el libro sobre Jorge. Todavía cargo la sequedad y la irritación en los ojos, el arenal y el piedrero de lo que fue ese río Morere, pero que no deja de retornar con fuerza imprevista, inaudita furia que lo arrastra todo y conserva unas ruinas de una capilla, hasta una arcada había, no sé si existe todavía; a un costado occidental quedaba un cerrito de pobre, un cujisal , un caminito de cruces de madera, seguramente de cují, arriba estaban las tres cruces de madera rústica, sin lijar, con un betún verde desteñido, en El Calvario, de Cristo y de Jorge Rodríguez, adonde él había subido de niño a recoger frutillas y a tirar piedras hacia abajo, tratando de llegar cada vez más lejos o a volar papagayos, con colas de pedazos de trapo y una hojilla amarrada en su extremo final, para un rugido más fuerte y para cortar el hilo de cualquier volador o papagayo que se atravesase en el aire. Lo que quería decirles es que cuando Eloína estaba allí, al lado de Jorge, recordaba su muchachito con su paltó de graduado de bachiller en Barquisimeto, el único que había tenido hasta entonces, había engordado una cochina y con su venta había reunido la plata para mandársela y lo comprara, ¡ qué inteligente!, allí con ese paltó, con la camisa blanca de la graduación, abierta y sin corbata, con su cabeza levemente inclinada hacia arriba, pero no tanto, porque miraba y se dirigía a unos muchachos, con el puño cerrado y levantado a la altura de de su frente, como a unos treinta centímetros de ésta; pero más se parecía a nosotros, los caroreños , con el sombrero de cogollo, un micrófono en la mano, con su cuñaíto sosteniendo un judas, el analfabetismo, para quemarlo allí en la plazoleta del Edificio Nacional, en Barquisimeto, ¡tan lindo mi muchacho!, en su campaña alfabetizadora, tomando los nombres de esas señoras que no conocían ni la o por lo redondo, más bonito con Delsy Gómez, tan jovencita y bella, con su corona y su velo de novia, y mi muchachito con paltó y una flor en el ojal de su bolsillo delantero. La verdá, hastaí, porque ese guarito mío después se metió a cabeza caliente y comenzó aparecé en los periódicos, en manifestaciones, gritando consignas, detrás de una pancarta, agarrándola fuertemente, yo me sentía orgullosa, bueno porque iba al lado de los estudiantes de la federación de centros universitarios y del rector ese, con apellido de italiano, Bianco, pero no me abandonaban el susto y la preocupación, ya no podía dormir, rezando a mis santos en su altar, en la esquina de mi cuarto, las velas a las ánimas amanecían con la esperma aún caliente, alrededor de mi cama y toa la noche era un rumor de ánimas, como si ellas también estuviesen rezando por mi muchachito. No sé qué pensar, porque la señora Eloína no era habladora, más bien callada y tímida, allí estaba, a un costado del ataúd de Jorge, de perfil, como para que no se le viera, con las sienes encanecidas y hundidas, como si se hubiese quedado sin aire por dentro. Quienes caían presos, en manos de las bandas llamadas de divisiones de captura, pero en verdad de torturas, asesinatos y desapariciones, o iban a parar con su alma en vilo, a sus sótanos, corrales, tiendas de campaña, bañeras, huecos, aljibes y tanques de camiones cisternas, o simplemente el piso de sus camionetas, o de sus helicópteros, en cuarteles, teatros operacionales, casas secretas, lo primero en qué pensaban era en cómo escaparse, fugarse, correr hacia el fondo de un barranco, de una quebrada, tirarse del vehículo en marcha, escalar una pared, todo eso aparecía en los sueños entrecortados, a veces tramados con el vello del pubis o los senos de una mujer, si era el caso de un hombre, pero siempre sueños rotos y deseos frustrados. El jueves 22 de julio de 1976, bajando una escalera de la iglesia de San Pedro, Caracas, Agustín Calzadilla y yo asistimos a un contacto con Jorge, a medianoche. Nos comunica desaparición de David Nieves desde el miércoles. Le recomiendo pasar a la clandestinidad, el próximo objetivo de la policía sería él. Antes, ese mismo jueves a las 8 p.m., aproximadamente, en la misma calle trasera de la iglesia de San Pedro, en Los Chaguaramos, Caracas, él había notificado la “desaparición” de David a su compañera, Sara Godoy, le pidió fortaleza, comunicarse con Enriqueta de Nieves, madre de David, para la denuncia pública y gestiones del caso, de ahora en adelante debía mantener comunicación con Agustín Calzadilla, ¿me vas a abandonar? Pregunta Sara. No, te estaré acompañando, responde Jorge. El viernes 23 de julio de 1976, Sara espera llamada de reporte de Jorge de once a doce del mediodía. Inesperadamente, a las 9 am., llega Sonia Gabaldón, compañera entonces de Julio Escalona, al consultorio odontológico de Sara, se entera de su expectativa, Sara, vista la gravedad de la situación, le dice que se vaya ¿Qué haces aquí?, Sonia desconocía la situación y mecanismo de contacto de Sara con Jorge y, nerviosa por la situación, coge a fumar, espera y se retira para notificar a Julio. Jorge se reporta luego, según lo acordado a las 11 am., aproximadamente. Promesa de nuevo reporte de Jorge a las 5 pm. Jorge no llama, no llama, se repite Sara, muy tensa, continúa en su espera, en su consultorio odontológico hasta las once de la noche. Se retira para encontrarse con sus amigas Berenice Rondón y Lilia Frías, les informa la situación. Ambas conocían a David. Lilia estudiaba letras y había visto, en el rectorado de la UCV volantes con la foto de David. Emperatriz, declara y denuncia la “desaparición” de su hermano en el diario El Nacional. A las cuatro de la mañana del sábado 24 de julio la Disip allana la residencia donde vive Sara y la detiene. También allanan la residencia de sus amigas Berenice y Lilia, a la misma hora, 4 pm., trasladan a todas ellas a la sede principal de esta policía en Los Chaguaramos, de Caracas. Un Disip, en franelilla, somete a interrogatorio a Sara, cerca de seis horas ininterrumpidas, llega otro Disip con la cédula de identidad de Sara y muestra una libretica y exclama: “ya dimos con el código de seguridad de los teléfonos, es el de esta cédula”. Sara descubre de inmediato la tarjeta de cifrados de David, “ellos lo tienen”, piensa rápido y dice: “Quiero hablar con el director de la Disip”, su interrogador se levanta, se pone una camisa blanca y dice: “Yo soy el director”. Era el director de la Disip, Arístides Lander Flores. Sara dice “David Nieves es mi compañero, está “desaparecido” desde el miércoles, sé que ustedes lo tienen, ustedes tienen a David”. Lo niegan. Sara, Berenice y Lilia son recluidas en unos cubículos de una sala, donde sus movimientos son observados permanentemente desde el otro lado de los espejos. Sara logra montarse en un pequeño peldaño y ve a Fernando Barrientos, conocido suyo y apoyo de David. Con mímica le pregunta por David y de inmediato, si está vivo, con mímica Fernando responde afirmativamente, Sí. Fernando Barrientos fue detenido a las cinco de la mañana del 25 de julio de 1976, con una golpiza lo sacaron de su residencia. Antes de que lo bajaran a los tigritos del sótano, lo mantenían recluido en un cuarto con otros detenidos Luis Lander, hijo, entre ellos . A las cinco de la tarde del 23 de julio de 1976, lo primero que hizo Jorge, cuando llegué a la cita en la casa de la Liga Socialista, fue decirme con los ojos bien abiertos ¡Poeta, estamos rodeados! Allí comenzó el cerco y la prisión con fuga frustrada. Ya Jorge había vivido esta sensación, planificado antes, con la complicidad de su abogado Agustín Calzadilla, su fuga de la cárcel de Sabaneta, en Maracaibo, durante su breve internamiento en una clínica, en medio de una aguda faringitis, fracasó en su empeño porque lo devolvieron a su celda antes de tiempo. Ahora creía que saliendo juntos y tomando la colita de “Cucho” (Cruz Moreno, dirigente del Movimiento estudiantil de unidad con el pueblo (MEUP), en su Volkswagen, podía evadirse del cerco policial y trasladarse hasta el carro recién comprado por su esposa Delsy Gómez; lo había dejado estacionado cerca de la avenida Sucre, a una cuadra del Retén de Catia, después de la bajadita de la casa de la Liga Socialista, en Alta Vista. Al descender a la avenida Sucre, un motorizado detuvo la marcha del vehículo donde íbamos, apuntándonos con una pistola nuevemilímetros. Nos rodearon rápidamente, ¡manos arriba!, ¡bájense del carro!¡ manos contra la pared!, nos ordenaron a gritos y en horrible coro, al bajarnos con las manos en alto, Jorge tiró el maletín con correspondencia de la dirección política clandestina, entre el chasis del carro y la acera, ¡el maletín, agarren el maletín!, gritaron los policías, aniquilando todo intento de salvación. ¿Cuántas veces más pensaría, tramaría y soñaría Jorge con escaparse? Después de separarlo de nosotros, primero a una cuadra del retén de Catia y de trasbordarlo para otro vehículo en la autopista Caracas-La Guaira ¿para dónde fueron? ¿para dónde se lo llevaron? ¿qué hicieron con él? ¿qué le harán? ¿qué le hicieron? A Cruz Moreno, “Cucho”, estudiante de periodismo, a Marisol Laprea, estudiante de Sociología, Ana Alvira Pérez, estudiante de Psicología y a mí nos trasladaron hasta el cuartel de la DISIP, en Los Chaguaramos, de Caracas. López Sisco, alias Giovanni, cuya identidad desconocía para ese momento, se acercó a nosotros, parados con las manos contra la pared y las piernas abiertas, como desoladas e indefensas lagartijas, para decirnos que vendría luego a conversar con nosotros, mientras nos saqueaban los bolsillos (monedas, llaves, carteras, cortaúñas, lápices) nos palmoteaban todo el cuerpo, nos quitaban los cinturones, para que no nos ahorcáramos, decían con sus voces imperativas y amenazantes. El domingo 25 de julio de ese mismo año 1976, al anochecer, siento un tropel de pasos, de botas, se oye el chasquido de los interruptores de la luz eléctrica y todo queda a oscuras, absolutamente oscuro todo, no es posible distinguir ningún objeto ni persona, sacan a empujones al italiano detenido en el tigrito de al lado. Oigo al italiano ¿qué pasa?, con voz acogotada, ¿qué pasa?, suenan los golpes y empujones “¡A ti no te importa lo que pasa en este país!” Le grita alguien. Escucho caer un bulto en el tigrito que ocupaba el italiano. Percibo un golpe de colchoneta contra el piso. Otros pasos resuenan atropellados, en carrera, desde la escalera que baja al sótano donde nos encontramos en medio de una noche trancá. ¡Doctor, tuvo un yeyo! dice, acezante, uno de los esbirros. Pasos aglomerados, luego cerrado silencio, se retiran escaleras arriba, no se escucha más nada. El italiano, cuyo rostro no vi nunca, me había contado, desde su tigrito hasta mi tigrito (cada uno tenía el suyo, para no moverse más allá de su propio cuerpo, vertical u horizontal), ¿por qué le dirán tigrito ?, debe ser porque esto es un zoológico para la policía, así pretenden que lo sintamos y vivamos, para deprimirnos y rendirnos. El siguiente día, el italiano es devuelto a su tigrito, al lado del mío, me relató que lo habían detenido tras ser perseguido por una patrulla de la Disip y caerse a tiros con ellos, en la plaza de Las tres gracias, frente a la Universidad Central de Venezuela. ¿Por qué se cayó a tiros con la policía? Misterio indescifrable, porque no tenía vinculación política ni delictiva alguna. Años después me contó Francisco Expedito Cedeño, secuestrado y torturado por esta misma policía, antes y para el momento de lo acontecido al italiano, que él le daba clases a una novia de este italiano y encontraron su teléfono en el manual de matemáticas que utilizaba Francisco para sus lecciones diarias. Sólo por eso. ¿Bolas del italiano? ¿se creyó perseguido por delincuentes comunes y optó por batirse en retirada y a tiros? ¿sería que le tenía una desconocida arrechera a la policía? Santo misterio.
Dignidad, coraje y amor frente a la felonía
Carmelo Laborit, presidente de la Liga Socialista, Agustín Calzadilla, presidente de la Asociación de los Derechos Humanos y Oscar Battaglini, ambos dirigentes del comité nacional de la Liga Socialista pasan la mañana del lunes en comunicación con parlamentarios, entre ellos José Vicente Rangel y otros dirigentes políticos en denuncia y búsqueda de Jorge Rodríguez. Luego, Agustín Calzadilla recibe una llamada de Carmelo Laborit, le comunica que le había llamado el diputado José Vicente Rangel confirmándole el asesinato de Jorge Rodríguez. Agustín y Carmelo acuerdan verse y de inmediato asisten a la morgue de Bello Monte, Luego llega el diputado José Vicente Rangel . El cadáver de Jorge Rodríguez estaba en una fría cava, la abren y lo colocan sobre una manta en el piso. Confirman las torturas. Llega José Vicente Rangel. Agustín llama a Delsy Gómez, esposa de Jorge. Llega ella, conmovida en llanto, con la ropa, una franela azul oscura para cubrir el cadáver de su marido. Agustín recibe de un médico, secretamente, una copia de los resultados de la autopsia. Allí frente al cadáver y con el informe de la autopsia confirman las torturas recibidas por Jorge. Ese informe de autopsia, reproducido por Agustín, será entregado luego a los periodistas que se congregaron frente al tribunal militar donde David Nieves asistiría para rendir declaración indagatoria. Dice Agustín Calzadilla en su discurso de orden pronunciado en la sesión solemne del cabildo del distrito metropolitano de Caracas en homenaje a Jorge Rodríguez el 25 de julio de 2005: “…examinamos su cadáver: alrededor del pecho y el abdomen presentaba un gran hematoma que como un círculo rosado cubría toda esa parte del cuerpo. En la barbilla presentaba círculos negros al igual que surcos de marcada consideración en las muñecas, lo que nos lleva a la convicción de que fue sometido a la picana eléctrica y que además fue colgado y golpeado con un bate hasta hacerle estallar las vísceras , tal como reportó el informe forense. Tenía inflamados y quemados los testículos y el pene dando la impresión de que le introdujeron un objeto de metal para aplicarle corriente eléctrica. Hace pocos años me enteré de que le fracturaron la dentadura con un alicate” y continúa: “ … en la defensa que hice de David Nieves, otro sobreviviente sometido a crueles torturas… afirmo que en el expediente aparecen vinculados en el asesinato bajo torturas de Jorge Rodríguez, además de los disipoles que el gobierno presentó públicamente , para calmar la ira popular, las siguientes personas: Hugo Enrique Núñez y Manuel Ramón García, quienes practicaron su detención. Igualmente tienen que ver con este hecho incalificable Ramón Antonio Guareguán , jefe de aprehendidos , Juan Bautista Bello Díaz, jefe del departamento legal , Henry López Sisco, el abominable jefe de operaciones antisubversivas y Jesús Rafael Villamizar de la misma dirección antisubversiva, Arístides Lander y Humberto Giffuni, director yi subdirector de la Disip, a la orden de los cuales estaba Jorge Rodríguez, y a quien debían garantizar su derecho a la vida. También tienen responsabilidad en este horrendo crimen Octavio Lepage, ministro del interior y Carlos Andrés Pérez, por cuanto los ministros son órganos directos del presidente y Lepage informaba diariamente a Pérez sobre el detenido por el secuestro de William Frank Niehous, tal y como aparece en las actas procesales” ( Agustín Calzadilla. Hacia el socialismo revolucionario. Reflexiones y propuestas. Fondo editorial febrero rebelde. Caracas. Venezuela. 2006).
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El lunes 26 de julio de 1976, estoy en el sótano de la Disip, en Los Chaguaramos, Caracas, parado, con la cabeza entre las rejas del tigrito, agarrado con ambas manos a los barrotes de la celda. Por la escalera que hasta allí bajaba, desciende y entra David Nieves Banch, rodeado por un grupo de policías apretujados y apurados. David se detiene sorprendido, frente a mí, se me acerca, toma fuertemente mi cabeza entre sus manos y comienza a besarme la frente. Llora un poco, con alegría y luego sigue hacia el tigrito que le tienen destinado. Desde allí me cuenta su odisea, su secuestro, torturas, desde la madrugada del miércoles 21 de julio de 1976, hasta la madrugada del viernes 23 de julio de 1976 “… con las cuerdas delgadas me amarraron la mano derecha de algo fuerte, hicieron lo mismo con los pies, dejándome una mano libre. CERMEÑO me dijo: Esta es para que te rasques; era una nueva forma de humillarme. Nuevamente oí los gritos de la otra persona a quien torturaban. No tenía noción ninguna del tiempo, parecía estar solo, cuando de pronto sentí de nuevo golpes y casi al instante, HENRY LÓPEZ SISCO dijo: Déjenlo tranquilo, ya el otro está hablando y JORGE RODRÍGUEZ si nos va a decir dónde está NIEHOUS” ( un gerente de la Owens Illinois, secuestrado por los “Comandos Revolucionarios Argimiro Gabaldón “) Me imaginaba que era muy tarde en la noche o comienzos de la madrugada del viernes 23 de julio, trataron de acostarme en una cama, todo movimiento del dorso me ocasionaba dolor, acostarme fue doloroso; cuando finalmente estuve en posición horizontal, sentí una punzada, grité, ese grito me ocasionó otra contracción en el estómago, que provocaba otro dolor, comprendí que no debía moverme, que tendría que tragarme toda mi congoja sin sollozar (…) Llegó alguien que fungía de médico, sentí que colocaron algo frío en mi costado izquierdo, algo que semejaba un estetoscopio, me dijeron: “ No te muevas”, me inyectaron y sentí que los dolores desaparecían lentamente y luego sentí sueño”. ” Dejaron de presentarme las fotos de Jorge y la tuya ( la de Juan Medina Figueredo, con lentes, sin lentes, repetidas veces, nuevamente con lentes, sin lentes) para que las reconociera.” ¿Por cuál círculo del infierno andaría Jorge a esta hora? Le tocaba turno en el potro de los tormentos en este instante sin fin. Luego, el lunes 26 de julio, a David lo sacaron hasta un campamento antiguerrillero, en los límites de Miranda y Guárico, “…íbamos a San José de Guaribe (…) llegamos a un improvisado campamento militar y me trasladaron a una camioneta (…) se arremolinaban los soldados para verme, (…) Ya en el aire (en un helicóptero) (…) el teniente coronel señalaba los distintos sitios donde pasábamos; que yo recuerde indicaba a Batatales, Río Negro y otros (…) No demoró el Gordo (disipol) en amenazarme con tirarme del helicóptero (…)señalaron una casa vieja afirmando que esa era la casa de SALOM MEZA (diputado) y me conminaron a que yo dijese que allí estaba NIEHOUS (…)”. ¿Por cuál de nuestros aires hirvientes, bajo aspas, amarrado, colgado por las muñecas, por los tobillos, por las axilas, balanceado desde un helicóptero, pasarían rasante a Jorge contra los árboles de esa u otra montaña? En una de sus alocuciones, el comandante Chávez dijo que vio a Jorge agonizante en un helicóptero parado en un campamento militar, alguien le dijo: es un dirigente estudiantil, está moribundo. Ante las amenazas del disipol con tirarlo desde el aire, David se rió a carcajadas. El oficial le dijo al policía: ¡vamos a bajar, no te das cuenta de que este hombre no va a hablar! Bajaron, después lo trasladaron en una avioneta hasta el aeropuerto de La Carlota y de allí, directo a la Disip. A Berenice Rondón la visita su padre y le dice que en la UCV están velando un cadáver y acierta al decir: es de un apellido…Rodríguez. Sara dice: ¡ese es Jorge!. El martes 27 de julio, la abogada Esperanza Martinóv y el doctor Víctor Hoyer, comisionados de la fiscalía general de la República se presentaron a la DISIP y preguntó la fiscal ante los cubículos de la sala de los espejos, ¿dónde está Sara Godoy?, Salió y se presentó Sara de Inmediato. Víctor Hoyer era paciente en su consultorio odontológico y para evitar su reconocimiento y evidencia de compromiso con ella, comenzó a mirar para otro lado, Sara captó y compartió su actitud, cuidando su delicada situación. Rápidamente Sara denunció la detención de su marido David por la Disip, la fiscal preguntó ¿qué sabes de Jorge? ¡lo mataron! responde Sara, permítame hablar con David, la fiscal Martinov ordenó “traigan a David Nieves” El consultor jurídico de la DISIP, objetó: “no se estila, no está permitido por el reglamento”. La fiscal replicó fuerte, “se lo estoy pidiendo en nombre de la fiscalía”. Trajeron a David, Sara y David se abrazaron emocionados. Sara, con desespero, sin mediar palabra ni diálogo alguno abre la camisa y baja el pantalón a David, quemaduras y ulceraciones en el abdomen y por debajo, David, por pudor se sube rápidamente el pantalón “mi amor, mataron a Jorge” y el abrazo entonces fue de llanto y desconsuelo mutuos. “Con razón mataron a Jorge”, comentó sorprendida y conmovida la fiscal. Dijo al consultor jurídico de la Disip, en forma muy inteligente y considerada con Sara y David: “Usted me invitó a almorzar, salgamos” y consiguió dejar a David y a Sara juntos por otro rato., procurando hablarse con discreción y voz baja, aunque custodiados por tres policías. Regresa la Fiscal, antes su secretaria había tomado declaraciones a Sara, ahora toman declaración a David y regresan a Sara a su celda. De vuelta David al tigrito, me llama llorando: ¡Poeta, mataron a Jorge! ¡Él no aguantó la tortura, yo soy más fuerte que él, era más joven que yo, ya yo he vivido bastante! Luego de su llanto sobrevino un largo silencio, interrumpido para decir, sin contener nuevamente el llanto: cada veinticinco de julio lo recordaremos donde estemos. ¿Cómo reconstruir la ruta infernal por donde empujaban a Jorge hacia el abismo del dolor y del horror? Sara recuperó su libertad y a partir de entonces, los policías de la Disip se le aparecían a toda hora por todas partes, en todo momento y lugar, en el estacionamiento, en el consultorio, en la calle, su objetivo, sin lograrlo, era inmovilizarla y aterrorizarla. Después de mi propia excarcelación, otros me repitieron varias veces que la estudiante de Psicología, Ana Alvira Pérez, lo había visto pasar el sábado 24 de julio al anochecer, frente a la celda donde ella se encontraba, caminaba con la mirada extraviada, en silencio, según y que ella había dicho. No puedo pensar que Jorge sufriese entonces un calvario menor que el vivido por David Nieves. Podemos reconstruir las torturas sufridas por Jorge como una repetición de las aplicadas a David Nieves. Recordamos fragmentariamente el relato de David en la Declaración indagatoria ante el Tribunal III de Primera Instancia, en fecha 10 de agosto de 1976: “ Una vez dentro del carro, continuaron los golpes (…) un sujeto delgado, de pelo negro y bigotes del mismo color, me insultaba y amenazaba con una escopeta (…) golpes en el pecho (…) me acostaron en el piso trasero, me vendaron los ojos con un pañuelo y ataron mis manos hacia atrás (…) en peso me levantaron para meterme en otro lugar (…) pude darme cuenta que estaba en una camioneta algo vieja (…) boca abajo, vendado y manos amarradas hacia atrás , comenzaron a torturarme (…) amarrados de los dedos pulgares un par de cables, el silencio fue roto por mí al sentir un fuerte corrientazo; en ese momento gritar fue mi mejor desahogo de múltiples, muchos corrientazos que me seguían aplicando ( …) Por primera vez, me dijeron: es sólo el comienzo; agregaron a la corriente “nuevos” métodos de “ ablandamiento”; la punta de los dedos la apretaban fuertemente con una cuerda que supongo era de nylon, la quitaban, regresaba la electricidad. Sentía luego el calor y la quemadura de los cigarrillos que acercaban a la punta de los dedos; volvía la corriente; la electricidad hace que uno se tenga que mover en distintas direcciones, el cuerpo humano por sí solo se sacude, brinca, no sabría decir si era el mismo instinto que originaba esos movimientos como una manera de liberarme de la corriente” ¿Cuántas, innumerables, incesantes, eternas vueltas de los verdugos (con carcajadas) a la manilla del teléfono, cosiendo con agujas de electricidad la lengua cortada, sangrante viscosa y acre, los ojos epilépticos, la cabeza como una piedra de huesos y de carne contra el piso, las sienes estremecidas en el vórtice de un huracán, vibrando en un acelerador de partículas atómicas? ¿o amarrado por abiertas extremidades sobre el jergón de metal, encapuchado, con adhesivos sobre los ojos y sobre la boca? ¿O colgado del techo, por las muñecas, por los tobillos, como Francisco Expedito Cedeño, “El amiguito”? ¿Hasta cuándo a Jorge, cuántas veces sumergieron su cabeza, ahogándolo, en el dique de La Mariposa, en un tambor o un balde o un wáter o en el mar (David y Francisco Expedito escuchaban el rumor del oleaje en la casa o en el rancho de … ¿Arrecifes?, en el litoral guaireño, que identificaron por el ruido de los aviones al pasar, amordazados los ojos y la boca, contra el piso de un automóvil, por los alrededores del aeropuerto) ¿Hasta cuándo coñazos, carajazos? “De abajo vienen los golpes/ y de arriba la instrucción. / También se supo que a golpes/ le abrieron el corazón/ y ese corazón abierto/ es nuestra mejor escuela/ en él se aprende la historia/ la historia de Venezuela/”, cantaba Gloria Martí, con su guitarra, con su rostro brillando como aura santa sobre su vestido negro. ¿Cuántas quemaduras de cigarro en los pies, en las manos, en las tetillas, en los testículos? ¿cuántos batazos por las espaldas, por las costillas, por el estómago, por los brazos, por las piernas? Esas marcas indelebles ulceraban, tumoraban con hematomas el cadáver desnudo en la morgue, frente a Carmelo Laborit, el viejo del mar, con la barba curtida en la clandestinidad, cárceles y exilios, que fue a morirse de tristeza, como un alcatraz, en Río Caribe, en la misma casita de bahareque donde había nacido, y el abogado Agustín Calzadilla, Presidente de la Asociación de Defensa de los Derechos Humanos, ambos pálidos de espanto y cólera, y así está registrado en el protocolo de autopsia y en el acta de defunción,. La verdad, Carmelo Laborit ya había perdido la respiración y el habla mucho antes de llegar a la morgue, donde caminó como un muerto más. Había estado con Agustín Calzadilla y Oscar Battaglini en visita a parlamentarios y dirigentes políticos en denuncias y solicitud de información sobre la desaparición forzada de Jorge. Hasta que Carmelo llama a Agustín y le dice que José Vicente Rangel le informó que a Jorge lo mataron y su cadáver se encuentra en la morgue. Hasta allá se van y llegan. El cadáver de Jorge se encuentra en una cava. De allí lo sacan, tienden una manta en el suelo, allí colocan el cadáver y observan horrorizados las marcas de las torturas. El martes 27 de julio de 1976, velatorio de Jorge Rodríguez en el aula magna de la UCV. Oscuro y triste aire, mujeres enlutadas, de pañuelos para el llanto y la mucosidad. Presencia de familiares, Delsy Gómez, viuda, Jorge y Delsy Eloína Rodríguez, hijos, Eloína Rodríguez, madre, Carmen Alicia, hermana. En la guardia de honor Carmelo Laborit, Agustín Calzadilla, Cruz Moreno (de la LS), Miguel Layrisse, rector de la UCV,José Vicente Rangel, Salom Meza Espinoza, Américo Martín, Ezequiel Vivas Terán, Adolfo Herrera, diputados. Silencio, rostros rigurosos y grave eco bajo l
El martes 27 de julio de 1976, velatorio de Jorge Rodríguez en el aula magna de la UCV. Oscuro y triste aire, mujeres enlutadas, de pañuelos para el llanto y la mucosidad. Presencia de familiares, Delsy Gómez, viuda, Jorge y Delsy Eloína Rodríguez, hijos, Eloína Rodríguez, madre, Carmen Alicia, hermana. En la guardia de honor Carmelo Laborit, Agustín Calzadilla, Cruz Moreno (de la LS), Miguel Layrisse, rector de la UCV,José Vicente Rangel, Salom Meza Espinoza, Américo Martín, Ezequiel Vivas Terán, Adolfo Herrera, diputados. Silencio, rostros rigurosos y grave eco bajo los móviles de Calder. Palabras de despedida de Miguel Layrisse, rector de la UCV. Poema de Jorge Rodríguez, hijo: “ Los que hoy te apartaron del camino/ no saben que están abriendo cien más” Marcha por la avenida Victoria, de Caracas, hacia el Cementerio general del sur, balazos , balacera contra los manifestantes, para aterrorizarlos y disolver a los que gritan airados y pisan firmes, carreras y dispersión, llamado de Martha Ortega de pie frente al féretro solitario, bajo ruidosos balazos, en medio de la avenida, vengan, vengan, concentrémonos y volvamos a la marcha, “pastelito”, (Simón Zambrano) , el primero que vuelve al lado de Marta y clama por retornar a la concentración, se reanuda la marcha. Tardé años para ver finalmente el video de Lepage, con un cigarrillo guindando de sus belfos, para encenderlo, esparcir el humo y declarar, como si nada, pero tartamudo, incierto, errático y contradictorio: “Me encontraba anoche en mi despacho preparando esta rueda de prensa cuando recibí en… de…la eh …en la… la (sic) la noticia, la horrible noticia, de que estaba muerto en un calabozo de la Disip, Jorge Rodríguez, de muerte repentina. De muerte natural o muerte repentina”. Una noche no le había bastado para ordenar su declaración ante los medios. Dar y darse tiempo, toda una noche, detrás de una manera de restar importancia al asesinato. Entonces, ¿quiénes son los asesinos? Son muchos, pero bastan el testimonio del exdirector de la Disip, Arístides Lander, en esas funciones para entonces, como consta en alegato del mismo Agustín Calzadilla: “Ante otra pregunta del Instructor en el sentido de si “enteró usted” frecuentemente al ministro del interior sobre el caso Niehous. Respondió: “lo informaba diariamente y aún lo hago, además de presentar mi cuenta los lunes de cada semana”. Sigue incansable y con admirable valor, el mismo Calzadilla, tantas veces amenazado de muerte por la policía, también detenido por ella: “En este expediente aparecen vinculados directa o indirectamente en la muerte de Jorge Rodríguez las siguientes personas: Hugo Enrique Núñez y Manuel Ramón García, folio sesenta y nueve (69) Anexo “CH”. Quienes practicaron la detención de Rodríguez saliendo de una reunión de la casa de la Liga Socialista en Caracas. Ellos dicen que pasaron a Rodríguez y a sus cuatro compañeros de organización A LA ORDEN DE LA SUPERIORIDAD. Es muy extraño, pues, que el asesinato de Jorge Rodríguez sea un hecho aislado, que se le ocurrió a cuatro disipoles que hasta ahora el país no ha logrado ver quiénes son. Igualmente tienen que ver con este hecho, Ramón Antonio Guareguán, Jefe de Aprehendidos, Juan Bautista Bello Díaz, Jefe del Departamento legal, Henry López Sisco, Jefe de Operaciones Antisubversivas; el Director y sub-Director de la Disip Arístides Lander y Humberto Giufunni, por ser las máximas autoridades de la Disip (…) si Arístides Lander informa al Ministro Lepage diariamente sobre el caso Niehous (…) ¿ quién más que el Doctor Lepage estaba enterado de la detención de Jorge Rodríguez (...)? Y está también seriamente comprometida la responsabilidad política del presidente de la República (Carlos Andrés Pérez), porque de acuerdo con la Constitución los ministros del despacho son sus órganos directos”. Con inaudito, insólito, inusitado, extraño, raro, inconcebible coraje de un abogado con espondilitis (contraída y doblada la columna) en ese oscuro, gris, sangriento, amenazante, borrascoso, infernal momento sellado con la calavera del terrorismo de estado como tridente del diablo, Agustín Calzadilla se levanta en su estribo y se monta en el caballo del apocalipsis para retar a duelo mortal a los torturadores, sicarios, verdugos, hienas, de frente y desarmado: “ Estoy seguro que ni Rivas Vásquez, ni su carnal Arístides Lander aguantan un pellizco. Porque son cobardes, porque sólo torturan a hombres que no tienen cómo defenderse. Quiero denunciar ante este Tribunal que igualmente he sido amenazado de muerte, y que estoy siendo hostigado permanentemente por agentes de los Cuerpos de Seguridad del Estado. Ello no me atemoriza, que si lo que se pretende es hacerme callar en las denuncias que hemos venido haciendo sobre el asesinato de Jorge Rodríguez y sobre la institucionalización de la tortura en el país, se equivocan. Seguiremos adelante”. David Nieves, desafiante desde esa foto donde levanta los puños en alto, con las muñecas esposadas, forcejeando contra los policías militares que tratan de contenerlo y someterlo, grita: “¿Qué autoridad moral puede tener una persona que asesina o envía a alguien a matar, que tortura o envía a alguien a torturar?” Se levanta, se yergue frente a militares, políticos, empresarios, policías, medios, frente a los que lo amurallan, encarcelan y quieren callarlo, incomunicarlo y aislarlo del pueblo, de los familiares que están en la calle, de los vecinos que están en los edificios de enfrente o en las casas que dan contra las garitas y los paredones de atrás de esta fortaleza colonial, grita desde un calabozo del cuartel San Carlos, para que lo escuchen, aunque sea en murmullo, en vibración y granada de rayos de luz que se refracta en el patio de la prisión: “ Toda esta historia ha sido regada con sangre, como la de Jorge Rodríguez y contribuye a que podamos enjuiciar a este sistema”. Después camina por la celda lóbrega y húmeda donde lo mantienen incomunicado, frente a la fotografía de Pancho Villa, con su traje ranchero y una frase de macho guerrero y mexicano ( “ Por la revolución hay que dar aunque nomás sea la vida”), conversa consigo mismo, en voz alta, que va multiplicando hasta gritar nuevamente: “ Puedo citar a muchos muertos, grandes muertos, hermosos muertos para adornar con su belleza agonizante páginas enteras; pero he tomado a uno como ejemplo (…) porque a Jorge me unía una gran amistad, una hermanable camaradería y no habrá momento de mi vida en el que yo no lo levante entre mis brazos, por los aires y baile tirándolo como un globo de colores y como serpentinas, tocando pitos y lanzando mi sombrero al cielo, porque su nombre es una fiesta nacional del hombre bueno, decente, valiente, fiel, solidario, leal, amigo y camarada por sobre todas las cosas y gritaré mil veces como si estallaran cohetes y fuegos artificiales, ¡Viva Jorge Rodríguez! ¡Viva el 25 de julio de su vida inmortal de pájaro viajero!”.
LA DELACIÓN: “Ya el otro está hablando y Jorge Rodríguez sí nos va a decir donde está Niehous” oyó David Nieves Banch que dijo Henry López Sisco aquella funesta madrugada en la que la delación de ese “otro”, Iván Padilla, detenido junto a David Nieves Banch, inició la entrega de otros camaradas, entre ellos de Francisco Expedito Cedeño, a las ocho de la mañana, al presentarse a buscar algún mensaje en la estafeta en una calle de Coche, Caracas, sitio de exclusivo conocimiento de Iván Padilla. Frente a la sala de los espejos en la DISP, de Los Chaguaramos de Caracas, Francisco Expedito Cedeño, furioso, le dio una patada a Iván Padilla. Delatado, Jorge Rodríguez fue crucificado y con su silencio salvó muchas vidas de camaradas y amigos. Posteriormente, ya encarcelado Iván Padilla en el cuartel San Carlos, de Caracas, y yo actuando como secretario general (encargado) de la Liga Socialista, recibí a través de Norelky Meza, del comité nacional de nuestra organización y miembro de la Asociación de Derechos Humanos, permanente visitante solidaria con los presos políticos recluidos en el cuartel San Carlos, una carta de una cuartilla en la cual Iván Pailla confesaba que una madrugada, en medio de las torturas, la sed lo agobiaba, pidió agua y le trajeron agua con sal, lo que le provocó una reacción de sobresalto y malestar, momento en el que sus torturadores le dijeron que iban a traer para torturarlas frente a él a su mujer y a su propia hija, una niña de pocos meses de nacida, por lo que allí en ese momento se “quebró” y sucumbió ante sus torturadores. No entró en ningún otro detalle, por lo cual intentó encubrir su responsabilidad en la detención y asesinato de Jorge Rodríguez y en la detención y torturas de otros camaradas.Esa carta la remití de inmediato al comité político militar de la Organización de Revolucionarios” (OR). David Nieves Banch lo denunciaría como delator en declaraciones al periodista Clodosvaldo Hernández y también en carta suscrita desde el cuartel San Carlos en compañía de otros militantes revolucionarios.
NOTAS:
1) Fragmentos del relato de David Nieves Banch sobre las torturas que sufriera tras su detención el 23 de Julio de 1976 constan en el libro Nieves, David. La tortura y el crimen político. Recursos de un sistema en apuros. Poseidón Editores. Caracas 1979.
2) Igualmente, las declaraciones del abogado Agustín Calzadilla, defensor de David Nieves Banchs, constan en la declaración indagatoria de este último ante el Tribunal III de Primera Instancia Militar, de fecha 10 de agosto de 1976
“CUANDO NOMBRO LA POESÍA, NOMBRO AL HOMBRE”
El carnaval de aquel día, 16 de febrero de 1985, comenzó con un violento redoble de tambor y réquiem, más bajo y pausado al fondo de la tarde paralítica. Con un golpe de maracas contra el suelo y los matorrales cimbrados por el viento de polvo bajo el sol de Paraguaná, una negra vieja, de cuarteado rostro y garganta, vestido largo y ajado, cabellos recogidos y cubiertos con un pañuelo morado, aguanta la intemperie y la resolana quemante frente a su rancho y el remolinear de hojas sucias de papel, telas rotas, pedazos de plástico guindados y abandonados sobre las ramas secas y quemadas del cujisal y las espinas de los cactus y tunas. En la madrugada de ese sábado, la muerte aparatosa y violenta embistió desde un automóvil que se desplazaba en sentido contrario al vehículo conducido por Alí Primera, en la autopista, frente a los bloques de la urbanización El Valle, de Caracas. Fue un solo golpe rudo y violento, sanguinario contra su cuerpo fuerte de tanto cargar leña en su infancia, pelear, limpiar botas, cantar y navegar en los mares de la vida y del amor. En un soio asalto murió contra las cuerdas el niño boxeador, el niño cantor, el niño poeta.
“Velero será siempre el hombre
y el mar es la vida intensa”
Con los recuerdos en pleamar, alzó su última mirada hacia el sol de la noche, tumbando la paja de los montes bajos y ralos, levantando el polvo de los médanos o de la tierra reseca y quebrada, pisó duro y afirmó el paso. Gritó saludos y groserías y echó a volar los volantines de la esperanza. Miró “el sol a medio cielo” y se quedó dormido, acostado de espaldas sobre el tubo caliente del oleoducto en las afueras de Punta Cardón. Se le hinchó el rostro hasta reventar, se le quemó la barba y cuando levantaron su cadáver, marcado con sangre, sobre metal quedó escrito un “epitafio a la amargura”. Al barrio La Vela, desde el día de su muerte, el pueblo le cambió el nombre y decidió, soberanamente, llamarlo Alí Primera, porque fue pobre y murió pobre, porque su gloria era hablar con los pobres, porque siempre retornaba y cantaba su Paraguanera y nunca tuvo miedo de gritar y cantar contra quienes violaban la patria y murió y prodigó su solidaridad sin mezquindades. Pasó frente a la cerca de la refinería donde seguía mandando el gringo y gritó “Go Home”, escupió y apareció ángel negro, con risa estruendosa y orgullosa, rascándose el cabello ensortijado y chicharrón, revoloteado por los pájaros: cruzó la puerta de la empalizada de su pequeña casa en Las Piedras, golpeó con un puñetazo la mesa de madera rústica y se declaró muerto, para burlarse de todos. Pan era su cadáver sonoro para los hambrientos. Mamá Pancha, la rezandera, no pudo levantar su cuerpo de letanías y llovieron flores aventadas desde Las Piedras, el lago de Maracaibo, el valle del Momboy, el cerro Galicia, el Delta del Orinoco, la isla de Margarita, los ranchos de San Agustín y el sombrero de maíz de Sandino y Farabundo Martí. En los calabozos entonaron sus canciones para vencer la incomunicación, la tortura y la vida incierta. Para Alí, cantor de Livia Gouverneur, Alberto Lovera, Fabricio Ojeda, Che Guevara, Camilo Torres, todos ellos “tienen un solo nombre” en el corazón del pueblo y nombrando a uno nombraba a todos. Después de Andrés Eloy Blanco y “su traicionada poesía”, sólo Alí Primera ha sonado y resonado en tantas casas, ranchos, barrios y caseríos de Venezuela, sólo sus versos son entonados con tanta alegría y cariño, con una particular memoria musical en uno u otro confín de nuestra República. Por eso, en la Plaza del Rectorado y el Aula Magna de la UCV no hubo espacio suficiente para la muchedumbre y su llanto, ni tiempo requerido para tantas despedidas. Por la carretera, los campesinos, obreros, jóvenes, mujeres y niños detenían el paso del féretro de Alí Primera, con flores, banderas de Venezuela y el puño izquierdo en alto. En Coro, la muchedumbre se apretujaba y no cabía en la plaza y en Punto Fijo se acabó la fiesta del carnaval.
Augusto Roa Bastos, un notable escritor paraguayo, en “Nonato”, uno de sus relatos, cuenta la sorprendente muerte de un campesino perseguido por el ejército. Una noche, después de una fiesta, el campesino llegó borracho y cayó desde su caballo, con su guitarra en banderola, muriendo al aplastar su cabeza contra una roca, a las puertas de su casa. Antes, había pedido que, si moría, en cualquier momento, lo enterraran con su guitarra. Su mujer tuvo que volver trizas la guitarra contra el suelo para poder acomodarla en el cajón, junto al difunto. Después de abatir a tiros al loro atrevido que los insultaba con la voz de su amo, los soldados violaron a la mujer del proscripto, en estado de greavidez. Leí este relato la misma madrugada del domingo en la cual Alí Primera salió camino del cementerio, más allá de Puerto Cumarebo, La Vela, Coro y Punta Cardón. No podía evitar a “Nonato” y su mujer, con una muerte parecida a las mujeres torturados y ejecutadas por el ejército en la Sierra de Coro o en las montañas de oriente, en las campañas y cercos antiguerrilleros. Después de sortear tantos riesgos y enemigos, Alí Primera murió inesperadamente como el rebelde campesino del relato de Roa Bastos, por accidente, con la misma pasión con la que vivió siempre; su guitarra no cabía en la urna y prefirió dejarla a su mujer y a sus hijos y siguió cantando para siempre con sus hermanos, entre la multitud, en las esquinas de la casa donde velaban los restos del Cantor del Pueblo. “Los que mueren por la vida/ no pueden llamarse muertos”.
¿QUIÉN SE NOS VA?
Para conocer a “Vicente” bastó un día de septiembre de 1970. Era mi último trasbordo, en compañía de Oswaldo Martínez, joven coriano y estudiante de derecho, con destino a la guerrilla del idealismo, con un diario de compañeros del Che, en Bolivia. Por primera vez me encontraba con “Vicente”. Nos tocaría cruzar la noche, avanzando entre carreteras del llano, evadiendo alcabalas, a toda velocidad, con un carro inmenso y viejo, era el “Flecha Veloz”, que parecía dejar el motor y el chasis sobre el asfalto, Él manejaba exultante, sin ningún temor y nos contagiaba su alegría. En la madrugada llegamos a los alrededores de Puerto Píritu. Nos compró un par de cervezas en un bar restaurante de la carretera y nos dejó en una playa, pidiendo que lo esperásemos. Fue un día muy largo, tan largo como el mar de esa playa, caminando y conversando con Oswaldo sobre arenas blanquísimas. Al anochecer ¡por fin! llegó Vicente. Nos mandó a cerrar los ojos y más adelante sentimos el ruido del portón de un garaje que se abría y cerraba. Nos mandó abrir los ojos y pasamos a una habitación, donde dormiríamos. Al amanecer del día siguiente, nuevamente a cerrar los ojos, para salir de la casa. En la carretera se detuvo, abrió el capó del vehículo, nos ordenó que saliéramos, corriéramos y cruzáramos el monte. Lo hicimos y en medio de árboles y matorrales nos dijeron, en voz baja, ¡epa¡¡ epa! y paramos la carrera. Allí se encontraban dos guerrilleros con sus fusiles. Nos entregaron a cada uno una camisa pintada de verde, jedionda a monte y sudor y nos dijeron que nos la pusiéramos. Así arribamos con paso apresurado al campamento El Alambre. La primera noche no pude dormir, con los jejenes picándo sin reposo y con los sonidos vegetales y animales del bosque. La consigna de emergencia “Café”. Grité, para que me oyeran todos ¡café! ¡café! Todos saltaron del chinchorro al suelo, agarrando sus fusiles. Alarma falsa con mirada desaprobatoria de los guerrilleros. Tiempo después de pasar noches a la expectativa, con la contraseña de emergencia, para el caso de presencia del ejército y días con mucha cautela y silencio para no llamar la atención de los campesinos vecinos del lugar, nos tocaría todo un día de camino bajo la lluvia, con Julio Escalona y un baqueano, por una montaña, sobre la huella de un tigre, hasta arribar, anocheciendo, al caserío Aguas Calientes, en cuyos montes cercanos instalamos otro campamento. Después de tirarnos a los estanques de aguas termales, con nuestros uniformes y botas puestas, caímos muertos de cansancio sobre los chinchorrros. Aproximadamente un par de meses después, volveríamos a un contacto en la carretera; yo estaba del lado del monte, acurrucado, con una carabina; se detuvo un carro frente a la señal que, con una lata de refresco, habíamos puesto en la orilla de la vía; salió su chofer, silbó la contraseña y me dijo que saliera. Me ordenó que me montara en un camioncito y arrancamos en medio de la oscuridad de la noche y la carretera, con destino desconocido para mí. Iba otra vez al lado de “Vicente”, con su alegría y su optimismo. Después de muchos cruces, me ordenó que me bajara y me escondiera en un monte, a la orilla de la carretera. Otra vez, con mi vieja carabina, a esperar en la espesura, en medio de la incertidumbre, horas y horas, sin que pasara ni un alma, ni un carro, ni un animal. Al fin retornó “Vicente” y, luego de un trecho de carretera, nos dejó entre unas peñas; un guerrillero me montó sobre las ancas de un caballo y paso a paso, sobre un camino empedrado, bajo la luna, mi ano y mis nalgas magullados por los huesos móviles del anca del animal, fuimos a dar a un campamento entre algunos arbustos. Estábamos por los lados de Guanape o Valle de Guanape, indiscernible para mí, entre pequeños ganaderos que nos permitirían saciar nuestra hambre con queso fresco y nuestra sed, con leche recién ordeñada. Otro par de meses y volveríamos a la compañía de “Vicente” y su risa, sobre su camioncito, hasta Puerto La Cruz y “el cuartelito”, en Guanire. Una oleada represiva, provocada por la delación de un exguerrillero, que entregó a la Disip a David Nieves, también del correaje logístico de la guerrilla de oriente y quien se hacía llamar “el zurdo”, para despistar a la policía- y, al “Negro” Vallés, terminó en nuestra retirada y reagrupamiento guerrillero en los barrios y montañas de Petare. “Vicente”, con sus acostumbrados buen humor y perspicacia, bajo la dirección inmediata de Julio Escalona (de incesante correspondencia y acuciosas lecturas de documentos, compartidos a costa de insomnio, monte adentro), se compró un rancho y se ubicó allí, muy dichoso, recién casado con su joven esposa, en el barrio San Blas, con un malandro y marihuanero de vecino y amigo recién avenido. “Vicente” no dejó de cumplir su oficio de chofer clandestino, hasta finalmente trasladar las armas del grupo, que terminamos enterrando en un rancho, en el cual me tocó vivir en compañía de El Compa y su “negra Josefina”, en un cerro del barrio Maca. “Vicente” dirigía nuestro grupo, organizaba los campamentos para las reuniones y los depósitos de alimentos, uniformes verde oliva y armas, todo enterrado. Hasta que nuevamente soplaron los vientos silbantes y oscuros de la represión. Detuvieron al “Compa”. Pasó eso, logramos rescatar al “Compa con una maniobra jurídica de Agustín Calzadilla, presidente de LA Asociación de Defensa de los Derechos Humanos y una operación armada de traslado y trasbordo, Con. “Vicente” y Julio Escalona me reunía en un sótano, de allí mismo, de Maca, que “Vicente”, ahora recién casado, había alquilado para vivir con su mujer, María Alexia Castillo. Temeroso de que la inundación de la quebrada de Maca arrastrara nuestro rancho y de que la policía nos confundiera con los malandros que allí tiraban los autos robados, me mudé a un sótano, en una casa del barrio Julián Blanco. Se arremolinó otra tormenta represiva, por una delación de otro exguerrillero y sobrevinieron sobre mí las torturas y la incertidumbre de mi vida, salvada por una llamada de “Vicente” hasta el hogar de mi madre, quien se comunicó, esa misma e indefinida medianoche, con mi tío Francisco Arreaza, gobernador del estado Anzoátegui. Éste último se encontraba en una fiesta, en Barcelona y de inmediato llamó al director de la Dirección de Inteligencia Militar (DIM), ubicada detrás del Cuartel San Carlos y a eso atribuyo que finalmente no me asesinaran o trasladaran a un campamento antiguerrillero para continuar con los tormentos, mi ejecución y mi desaparición física. Salí de la cárcel del cuartel San Carlos y una mañana me encontré, en un abasto de Valencia, con la esposa de “Vicente”. Me contó que, mientras estábamos detenidos y desaparecidos, ellos, con la policía detrás de sus pasos, vivieron días de carreras inciertas en Caracas, durmiendo en el interior de un Volkswagen, en una calle cualquiera, donde los agarrase la noche. Ella se encontraba grávida, como usualmente decimos embarazada. Lograron exiliarse en el Chile de Allende. Este fue derrocado y asesinado. Se refugiaron en nuestra embajada en Santiago y lograron su repatriación junto a todos los que allí se apretujaban temerosos de la orgía de sangre que afuera escenificaban, bajo las órdenes de Pinochet y la CIA, con toque de queda, razzias y hogueras de libros. El hijo, que había cobijado en su vientre María, recibió el nombre de “Vladimir”, el mismo que yo había usado como seudónimo en la clandestinidad, junto a ellos, en homenaje a mi amistad y fidelidad. Ella me condujo hasta su hogar. En la sala estaba “Vicente”, con una braga de mecánico, echado sobre un sofá. Hablaba muy poco y había abandonado su risa y su optimismo. En el fondo y en penumbras había despedido a “Vicente.” Ahora era Jorge Méndez, envenenado por el vaho de la depresión. Entre frases entrecortadas y balbuceos, me confesó que, tras nuestra detención, sintió, luego de anteriores reveses y escapes, el frío de la derrota definitiva, sin perspectiva alguna de recuperación; se le cayeron el mundo y su horizonte. A la salida, su esposa me confió que ahora, en medio de su desencanto y depresión, se habituaba al alcohol. No volvimos a vernos durante un par de décadas. Pasaron “el Caracazo” del 89, el golpe militar del 4 de febrero del 92, y, en medio de la Revolución Bolivariana, un mensaje telefónico de una amiga me informa del cáncer de Jorge Méndez. Está desahuciado y agoniza, me confirma “el Compa Lolo”. Marcaba los números telefónicos que me dieron para comunicarme con Jorge Méndez, no obtenía respuesta y no sabía qué hacer; ahora temía la desaparición inconcebible de “Vicente”. Mientras viviese podía encender su recuerdo, con seguridad, aunque hubiésemos dejado de vernos. Si moría, el polvo podía hacerle perder veracidad o certidumbre a su leyenda, que bien podía ser la mía. Pregunté al “Compa Lolo” si Vicente vivía o moría o se nos había muerto; aseguró, frente a mi pavor, que murió cerca del 20 de febrero del 2011, en otro aniversario de la Federación.
“VICENTE” ¡QUE SE MUERE JORGE!
¿Cómo aceptar lo inevitable?
Si te mueres, te ocultas invisible
en mis entresijos
¿o soy yo mismo, de olvido desbarrancado?
¡Tú, Jorge!, no eres “Vicente”, seudónimo, risa,
ni rompes la noche y sus carreteras.
“Vicente”, todavía duermes en un Volskwagen,
en una calle cualquiera de Caracas,
bajo el acoso.
¡Tú, Jorge!, dejaste a pie tu seudónimo,
“Vicente Guerrero”
y volaste sobre el Amazonas y el Pacífico,
herido de exilio y desencanto.
Tú Jorge, mueres con los tizones de “Vicente”
apagados en tus ojos,
por la herida desbarrancado.
¡Jorge!, vamos al encuentro de “Vicente”,
sobre el desierto de las tumbas caídas,
con luces rojas sobre la noche
de lejanas albuferas de Uchire.
LLANO HIJO DE LA LLANURA
Venía de las llanuras de Tucupido y llano él en su andar, habla, trato, amistad, trabajo y sonrisa, cabestrero de sus ilusiones llegó a la Universal Central de Venezuela y tocado, lo tocaron o deslumbraron y se envolvió en la pasión política con la juventud del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (JMIR). Inició estudios de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la cual era Decano Elías El Juri, El picure. En la residencia universitaria Stalingrado se entregó en cuerpo y alma al trabajo de la propaganda de dicha organización política y cuando el ejército allanó la UCV y cerró dicha residencia se mudó al sótano de la biblioteca junto al pintor Mauro Bello y allí se fue hundiendo entre inagotables tinta y papel, multígrafo, batea, silkscreem, afiches, pancartas y murales, mientras Mauro Bello entre trago y trago de ron y cerveza pintaba sus lienzos sobre Vietnam y los héroes y mártires de la revolución venezolana. Trabajó muy duro como secretario de propaganda y dirigente de los estudiantes en la escuela de Economía. Viajó también a otras universidades para contribuir con su labor de propaganda en la disputa electoral de la dirección de la federación de centros universitarios y centros de estudiantes, y también en la designación de delegados de los estudiantes al respectivo consejo universitario. Hacia 1966, un grupo de dirigentes estudiantiles, entre los cuales destacaban Julio Escalona, Marcos Gómez, Nicolás Beltrán, Arnoldo González Padrino y otros jóvenes, subió a las montañas del oriente venezolano para integrarse a la guerrilla del Frente guerrillero Antonio José de Sucre (FGAJS), José Aquino Carpio también lo hizo y se extravió en el camino hacia las montañas del Turimiquire, pero ello fue su más exigente y mejor entrenamiento y aprendizaje de monte, sigilo y contacto campesino, siguiendo la huella de los animales y humanos, el rumbo de la pica, el agua de las pisadas del ganado, quebradas, ríos y pozas, las fases lunares, los anuncios de lluvia y tormenta en el grito de los araguatos, el olor del sangregao y el cedro, tiempo de la siembra y la cosecha, los frutos silvestres, alimentarse con las iguanas y sus huevos, el maíz tierno, el ocumo y resiembra de su planta, patillas y melones entre rastrojales , prender la candela del fogón de leña seca, entrar en contacto con campesinos perdidos en esas montañas del Turimiquire, con un rancho, la mujer y los barrigoncitos, disfrutar de su café, arepa huevo frito, caraota y casabe hecho por ellos mismos con su propio sebucán, compartir el trabajo familiar en el conuco y el sigilo de las pisadas de los guerrilleros que al fin encontró después de seis meses perdido como ánima sola, con mapa, brújula, estrella polar y trato de llanero, sin caballo, cabestro y soga, pero de llano, afable, amigable y solidario trato, en su mejor aprendizaje de la vida entre los pobres o empobrecidos como gusta decir a otros, palabra esta última que no era de trato usual entonces ni lo es ahora. Entre 1968 y 1969 se divide el FGAJS, la disidencia encabezada por la dirección de la JMIR y Fernando Soto Rojas toma otro rumbo, cuestionando el foquismo de la comandancia del FGAJS y el reformismo de la dirección del MIR. Aquino y quienes fundarían e integrarían la dirección de la Organización de Revolucionarios (OR) y del destacamento guerrillero José Félix Ribas se concentraron en una casa alquilada por Elías El Juri (El Picure de las parrandas navideñas con su cuatro y Jorge Rodríguez en la UCV, y exresponsable también de la logística con el FGAJS), en Club del campo, ubicado en la carretera panamericana, en la vía de San Antonio de los Altos y Los Teques. Aquino trabajaba con el multígrafo en la reproducción de los documentos políticos. El Picure lo recuerda: “Era muy humilde, sencillo, trabajador, revolucionario integral, siempre estaba echándole bolas a sus tareas y acostumbraba cargar y mimar a mi niñito. Después de “Club del campo” nos fuimos para un campamento en “El Alambre”, en los alrededores de Píritu”. En Valencia, Oswaldo Martínez y yo, estudiantes de derecho en Universidad de Carabobo, nos comprometemos con Jorge Rodríguez a integrarnos a la guerrilla. José Aquino llega acá en un Volkswagen para definir nuestro viaje al oriente de la república, siempre sonriente y amistoso, y días después, en septiembre de 1970, Oswaldo y yo viajamos con “Joaquín” hasta un punto de encuentro de la autopista regional del centro con la carretera del llano, donde Saúl Bernal nos recibió, nos encomendó la entrega de un libro de compañeros del Che en Bolivia y nos condujo al trasbordo hasta el auto de “Vicente” , quién con su facundia y buen humor nos trasladó toda la noche por la carretera del llano, a toda velocidad en esa limosina vieja que llamaba Flecha Veloz y parecía una plataforma volante sobre la carretera asfaltada y ahuecada, en medio de la noche. Ya por la mañana nos brindó unas cervezas en un bar restaurant de la carretera de la costa y nos dejó en la playa, advirtiendo que más tarde vendría por nosotros; al fin, llegó al anochecer. “Cierren los ojos” y entramos en el garaje de una casa donde dormimos y al amanecer, nuevamente “cierren los ojos” y retorno a la carretera de la costa por esos laos de Píritu. Paró el carro, abrió el capó, “salgan, corran hacia el monte”. Un par de guerrilleros nos condujo hasta el campamento del “Alambre”. Aquino estaba allí y comenzó nuestro entrenamiento, búsqueda del agua en la quebrada, encender el fogón con palos secos, corte y costura de un morral con lona de camión, etc. Tras atravesar todo el día un camino de montaña en compañía de Julio Escalona y un baqueano campesino, llegamos al caserío de Aguas Calientes por los lados de Clarines, me lancé con mi verde y jedionda vestimenta, con todo y botas, a un pozo de aguas termales y luego colgué la hamaca y me tiré a dormir. Al día siguiente mi tobillo y empeine del pie amanecen hinchados y, prácticamente, no puedo caminar con el dolor que me afecta al intentarlo. Aquino dirige: provisiones alimentarias, en sacos, en una cueva frente al campamento, enseñanza de mapa y brújula, caseríos, carreteras, senderos, palo quemado de referencia, y yo que no entendía nada sobre retiradas y puntos de contacto en caso de encuentro con el ejército y de quedar solo me perdería sin saber qué hacer ni para dónde coger. Por la noche, a lo lejos se encendían las luces de las orillas de la laguna de Uchire. Un día, salimos con Elías El Juri bajo la guía de José Aquino Carpio, monte adentro, en dirección de retorno al Alambre. Llenamos las cantimploras en una quebrada, atravesamos la carretera uno por uno de un lado al otro y nos hundimos en la oscuridad del follaje. Entre unos palos espaciados, apenas vislumbrados con una linterna, siempre en dirección de la luz hacia el piso, Aquino decidió que acampáramos allí. Aquino juntó unas ramas y encendió un pequeño fogón de palos de leña secos. Nos dijo que en la otra orilla de la carretera había una bomba de gasolina y un bar restaurant. Sacó del morral su ropa de paisano y cambió su vestimenta. Decidió ir de compras allí, para traer algo de comer y beber, seguramente unos panes, refrescos y las omnipresentes sardinas. Nos indicó que, a su retorno y ya cercano a nosotros nos avisaría, golpeando tres veces el tronco de un árbol con un palo. Debíamos responderle de igual manera para su orientación nocturna. Al poco rato de irse Aquino, comenzamos a oír ruidos en el monte y algunos palos que caían. Pasaba el tiempo y Aquino no llegaba. No discerníamos entre un ruido y otro, ni nos atrevíamos a tocar palos por temor a generar un ruido que llamase la atención en los alrededores. El Picure me propone que, en medio de esa noche y habiendo perdido antes nuestros anteojos, cegatos los dos, nos amarrásemos el uno al otro por nuestras cinturas, para el caso de una retirada mutua sin Aquino, juntos siempre, nos acompañásemos sin perdernos y extraviarnos para siempre. Palos y palos y no sabíamos si responder, para la orientación de Aquino. Era medianoche, calculo, cuando llegó Aquino furioso, dándole patadas a cuanta rama, palo y perol encontraba en nuestro pequeño campamento, con jerigonzas, reclamando por qué no respondimos a su señal, porque se había perdido en medio de la noche y estuvo varias horas buscando nuestro campamento. Elías y yo enmudecimos y no hablamos ni siquiera cuando compartimos un refresco y un pedazo de pan con Aquino, en un silencio más profundo que el del bosque donde si apenas veíamos nuestros bultos. Elías El Juri siempre me recordará ese incidente cada vez que nos topemos ocasionalmente. En traslados nocturnos por carreteras irreconocibles a esas horas, fuimos arribando a un nuevo campamento, esta vez en las cercanías de Valle de Guanape, en contacto con pequeños ganaderos que nos abastecían de leche y queso. A Elías El Juri, mientras dormía en su chinchorro, colgado entre palos de árboles, le bajó una culebra y le picó la oreja. Un guerrillero cargaba suero antiofídico en su morral y se pudo salvar la vida del Picure. Una noche me retiraría de este campamento, en la grupa de un caballo, como había llegado, con el culo molido por el balanceo de las caderas del animal, pues estaba impedido de caminar, por la hinchazón en un tobillo y el empeine de uno de mis pies. El Juri, cegato como yo, trató de ayudarme a montar al caballo, mientras subía y me acomodaba en la grupa mi carabina se balanceó y golpeó con su culata al Picure, trastabilló, adolorido, casi cae de espaldas contra el suelo. De regreso en un camioncito de estacas conducido en medio de la noche por Vicente, destino desconocido. Al amanecer, un trasbordo, me traslada David Nieves Banch hasta lo que llamaba El Cuartelito: “cierra los ojos”, “abre los ojos”. Era una vivienda en la urbanización popular de Guanire, en Puerto La Cruz, habitada por un enfermero y rodeada por casas de margariteños que se ocupaban de mi alimentación mientras el enfermero cumplía su trabajo en el hospital. Detrás de los muros del patio, las vecinas me llamaban todos los días, “epa, epa”. Me ofrecían un plato de peltre con arepa y pescado y el cafecito negro en un pocillo de peltre. Estaba de nuevo bajo el mando de José Aquino Carpio y en su compañía nos fuimos en una camioneta por puesto hasta Guanta y el caserío Chorrerón y desde allí a pie, por un camino real hasta La Sirena, una elevada cascada que caía en un pozo donde los bañistas, ignorantes de nuestro sigilo, gritaban en grupos alborozados con la caída del agua y la inmersión en su poza. Subíamos a la cima de La Sirena y en uno de sus costados había una cueva que nos servía de depósito de alimentos y de armas. En su frente colgamos entre los árboles nuestros chinchorros para dormir por las noches. Revisión de mapa, brújula y puntos cardinales. Estaba con nosotros el Negro Vallés, hasta ese momento responsable de la OR en Puerto La Cruz y otro par de guerrilleros. Aquino y yo iniciamos una marcha de madrugada, ascendimos una montaña cada vez más alta, llegamos a su cumbre. Estábamos sobre un desfiladero, abajo había un precipicio inmenso, sin fondo, al frente la otra pared, una cuchilla frente a otra cuchilla y abajo el abismo, sólo visibles verdes y verdes alfombras de copas de árboles. Metro y algo más de distancia entre una cuchilla y otra. Aquino me entrega su fusil y su morral. Se lanza en salto mortal de una orilla hasta la otra del desfiladero. Me pide le lance su morral y su fusil, lo hago, uno por uno y los agarra con mucha fuerza y los traslada al costado de su pared. Pide mi fusil, lo lanzo y lo coge con ambas manos, lo coloca en el piso, mi morral lo agarra también en el aire y lo arrima junto al suyo. Me pide que salte, vamos tírate, lo hago y en medio del espacio, grito “me fui”, toma una de mis manos y el brazo de su lado en el aire, me hala y me dice, con voz muy fuerte: “no te fuiste” y me hala hacia sí, piso tierra al otro extremo del abismo, salvado por Aquino. Morral en la espalda, fusil al hombro y a buscar un camino en bajada sin fin al costado de la montaña. Una pica sobre piedras, cuidando todo resbalón y caída. Este es un camino de indígenas. Llegamos abajo casi al amanecer. Campamento y retomar la marcha al día siguiente. Descanso en la cumbre de La Sirena. Un par de días, con nuestro discreto fogón frente a la cueva de las provisiones y los gritos y risotadas, abajo, de los bañistas. Nuevamente mapa y brújula, el río San Pedro de Limón y al descender, Puerto La Cruz. Marcha de madrugada, atravesar la corriente de la cima de La Sirena, rejender monte a machetazos, índice sobre la boca de Aquino, ¡silencio!, en voz muy baja ¡Al suelo, en silencio! Señala un costado del monte, entre los matorrales, un poco a la izquierda de nosotros fornica, está tirando una pareja campesina. Escuchamos sus respiraciones aceleradas y entrecortadas, pequeños quejidos del orgasmo, resoplan y suspiran muy hondo, terminan, se levantan, retoman su vestimenta y se retiran. Aguardamos un poco de tiempo para reiniciar nuestra marcha. En el camino sólo un polvito de harina de maíz o de azúcar en la palma de la mano de cada uno. No podemos hacer fogón. El humo puede llamar la atención de campesinos o patrullas militares. En el camino, un conuco, una mazorca de maíz tierno y jojoto, para masticarlo crudo. Un río de rumorosa corriente al caer la noche. Cerca un rancho campesino. A la orilla del río, sigilosamente, colgamos nuestros chinchorros de nylon de uno a otro extremo, entre un árbol y otro. En la madrugada del siguiente día, oscuro todavía, recogimos nuestros chinchorros, organizamos el morral y marchamos nuevamente, en fila, uno detrás del otro. Poco tiempo transcurrió desde el inicio de nuestra marcha, unos burros comenzaron a relinchar, sin parar, frente a las puertas de un rancho apareció una pareja campesina y nos sorprendió. Rápidamente Aquino mandó a cerrar filas y ordenó que marcháramos, se paró frente a los campesinos. Les saludó, les dijo que éramos una patrulla del ejército. Preguntó si no habían visto guerrilleros por allí, lo negaron, dio las gracias y seguimos desfilando en marcha militar. El Negro Vallés se quejaba de que nunca había pasado tanta hambre. En un pequeño valle nos detuvimos, y por primera vez, después de tres días seguidos, prendimos un fogón y encima de las topias, una olla de bollos pelones. Luego, con el agua enharinada, espolvoreada de Tody, preparamos la más sabrosa bebida de nuestra vida. Reiniciamos la marcha, al pasar una quebrada sufrí un pequeño desmayo y en la cuesta perdí mi reloj pulsera. Al sobrepasar la orilla, un pequeño lechoso, ofrecía el oro y la púrpura de su fruto, que de inmediato compartimos. Vimos relucir a lo lejos la bahía de Puerto La Cruz. Organizamos campamento. Al día siguiente Aquino bajó la cuesta hasta el último rancho de la última calle engranzonada de Chuparín arriba. Los siguientes días fuimos bajando alternadamente a visitar esa familia de un contacto de la guerrilla en oriente, un campesino exrecluta del ejército, que salía todos los días hasta Puerto La Cruz a buscar cualquier trabajo que le permitiera la comida para su numerosa familia. Compartía con nosotros lo poco que conseguía y también lo hacía con la mujer de un ladrón que vivía en el rancho de al lado. La fiesta y la mayor celebración fue cuando subió cerro arriba hasta su rancho, con un saco de maíz sobre las espaldas. Eso fue arepas de budare y sancocho durante toda la semana. Un hermano de nuestro amigo campesino y ex recluta del ejército trabajaba en una carpintería, ubicada en Lecherías y nos informa de los días de pago allí. En medio de nuestra peladera, Aquino decide que asaltemos esa empresa y nos apoderemos del dinero. Para la operación nos desplazamos en el vehículo del “Negro Vallés”, que debíamos empujar para que arrancara y a ratos se apagaba y había que volver a empujarlo. Cada uno, con su arma, a mí me asignaron una granada, nunca había manejado algo así. Pregunté qué hacía con ella y me indicaron como lanzarla si aparecía una patrulla policial. Me aposté en mi lugar correspondiente, miré los cujisales de los cerros de escape, todo sequía, polvo, espinares y resolana. Todos en sus puestos. Llega una contraorden: se suspende la operación, porque detrás de nuestro apostamiento operacional descubrimos un cuartel de Cazadores del ejército. Para subir a nuestro campamento en los cerros aledaños nos concentrábamos de madrugada entre los rieles del viejo ferrocarril de Naricual hasta Guanta. Sobreviene la llamada “Operación Vanguardia”, también “Plomo al hampa”. Para salir de mi refugio antes del amanecer debía esperar que pasaran las patrullas policiales con sus sirenas encendidas. A veces llevaba un revólver, otras veces, sólo un puñal. Apresurado, abría la puerta y rápidamente me dirigía hasta el punto de encuentro entre rieles del viejo tren, donde nos esperaba infaliblemente José Aquino Carpio. En una de nuestras acampadas, por la mañana, Aquino ordena desplegarnos cuidadosamente en movimiento. Rodeamos, sorprendemos y desarmamos al cazador. Lo invitamos a desayunar con nosotros, alrededor del fogón. Aquino le explica nuestra presencia guerrillera y para probar su fidelidad le pide una compra de alimentos en Puerto La cruz, lo esperamos a la vuelta, emboscados, pero llegó cumplida la encomienda fielmente. Nos hicimos amigos y ya teníamos una segunda casa de retaguardia. Allí pasé, solo, meciéndome en una hamaca en el patio, mi 31 de diciembre de 1970. Luego Aquino hizo contacto con un viejo comunista, en el barrio “Las Charas”, vivía en el traspatio de una bodega (en la cual cambiaban huevos de gallina de los vecinos por refrescos) en condición de su vigilante, como remuneración recibía diariamente un bolívar y un paquetico de harina de maíz. Un kilo de cataco por un real y bollitos pelones todos los días., en el desayuno, el almuerzo y la cena. Compartir primero el piso y después el catre del viejito comunista que no se permitió seguir con su exclusividad y se extrañaba de mis cuidados de seguridad, porque el partido estaba legalizado, me repetía. De retorno de una visita al velatorio de mi padre, el dos de enero de 1971, en nuestra casa de la calle Anzoátegui, en Aragua de Barcelona, evadiendo el cerco policial inmediato, guiado entre solares por mis familiares, duermo esa misma noche al lado de mi madre en casa de mi tío Domingo Torrealba, en Santa Rosa. Al día siguiente, en contacto con Aquino, en Las Charas me comunica mi traslado a Caracas. No supe propiamente más de Aquino, hasta su asesinato junto a Carlos Wilfredo García, El Filósofo, mientras custodiaban al gringo William Frank Niehous, gerente de la fábrica de vidrio Owens Illinois, en su condición de agente de la CIA y negociados con el gobierno de Carlos Andrés Pérez. Fue secuestrado por los Comandos revolucionarios Argimiro Gabaldón y retenido por la clandestina OR hasta el incidente en el cual es liberado Niehous y son torturados y asesinados con aplicación de la ley de fuga y tiros de gracia Aquino Carpio y Carlos Wilfredo García, El Filósofo. Sus cadáveres fueron arrastrados por el monte hasta la carretera, amarradas sus manos a la cola de sendos caballos. Tibisay García, hermana del Filósofo, la que de niños, se comunicaba con él, a distancia, con vasitos de cartón unidos entre sí por un largo hilo, comprobó en la morgue de Ciudad Bolívar las torturas que sufrieran los dos jóvenes revolucionarios, desnudos con penes largos y tumefactos como si de caballos se tratase y extremidades hinchadas y descoyuntadas, tiros de gracia por la nuca y la espalda, confirmado todo ello en la morgue por el abogado, docente universitario y militante revolucionario indoblegable Agustín Calzadilla, Presidente de la Asociación de defensa de los derechos humanos, en compañía del diputado José Vicente Rangel, adalidad y generalmente solitario defensor de presos políticos secuestrados y torturados en sedes policiales y militares. Aquino volvió a las llanuras de Tucupido, al cementerio del lugar. A medianoche se le ha visto sentado en el quicio de su casa de familia, en Tinaquillo, leyendo el libro “La revolución federal”, de su pariente y coterráneo Armas Chitty, al que siempre cargaba en su morral, abría, cerraba y guardaba, sin detenerse mucho en su lectura. El viejo y sabio maestro de Soro y de nuestra República, Carlos García Maneiro, padre del Filósofo, sorprendido e impactado por el avance noticioso de la televisión, primero se desmayó de un solo golpe y tiempo después dijo que el gringo Niehous gritaba a los petejotas victimarios “no los maten, no los maten, son buenos, son buenos”. Aquino y Carlos Wilfredo habían cuidado la salud, la alimentación, las lecturas y el diálogo con Niehous, nada de extraño tiene que hubiese gritado “no los maten”, pero la indolencia y bestialidad homicida no los escuchó. Durante el velatorio de Carlos Wilfredo García, “El Filósofo”, se presentaron varios agentes de seguridad, “inteligencia y contrainteligencia”. Al verlos, el viejo maestro Carlos García Maneiro, padre del Filósofo, se abrió con mucha fuerza la camisa y les gritó, con el pecho desnudo: “vengan, vengan, ahora mátenme a mí también, vengan”. Los policías se retiraron de inmediato y no volvieron con sus aviesas intenciones e intimidaciones. El Filósofo, fue primero enterrado en el Cementerio General del Sur y años después su cadáver fue trasladado hasta el cementerio de su Soro natal y residencia de sus padres, Carlos García Maneiro e Isabelina de García, docentes y maestros de toda la vida en varias ciudades del territorio de nuestra República. A su Soro natal también fue trasladado el cadáver de Ronald Morao, El Pecas, víctima de la masacre de Yumare, orquestada y cumplida perversa y macabramente por agentes de la DISIP bajo el mando del torturador y asesino de interminable historial y expediente que aún no se ha levantado por completo, Henry López Sisco. En Soro, en la península de Paria, frente al mar Caribe y las luces de la isla de Trinidad por las noches, han visto conversando en la playa, entre la pleamar y la resaca, a los dos jóvenes nobles, puros, idealistas y patriotas, Carlos Wilfredo García, El Filósofo y Ronald Morao, El Pecas.
EL MECÁNICO VOLADOR
Leí a mis estudiantes del Instituto Universitario de Tecnología de Valencia “Don Vicente Zambrano constructor de aviones en la montaña”, una crónica de nuestro legendario arquitecto Fruto Vivas. Éste, en compañía de una brigada de estudiantes voluntarios de la Facultad de Arquitectura, de la Universidad Central de Venezuela, para la construcción de viviendas, a campesinos que sufrieron el diluvio y la inundación del valle de Boconó, estado Trujillo, en 1980, viajó a las montañas de esta ciudad y visitó el taller de don Vicente Zambrano:
“Y adentro, aún sin terminar, vimos el esqueleto casi listo de un helicóptero (…) un mecánico campesino construyendo un helicóptero colgado del techo. En una tabla una sentencia: Si pregunta no hay respuesta (…)
Nos dijo:
-Lo primero que yo hice fue un avión que voló muy bien y cuando me vine para la finca en la montaña, como la carretera es tan mala, decidí hacer mi helicóptero para bajar al pueblo y llevar a misa a mi mujer y a mi hijo (…)
Silencio y asombro de mis estudiantes y mi promesa de volver sobre el asunto dieron por concluida esta lectura. Dafnis Domínguez y Julio Escalona me confirmaron la presencia de don José Vicente Zambrano en el Primer Congreso Venezolano de Tecnología Popular, celebrado en la Facultad de Ciencias Forestales, de la Universidad de Los Andes, al cual asistí aquel año de 1986. “Estuvo, pero no llevó ninguna máquina, después fui a visitarlo en Boconó”, me comunica por teléfono Julio Escalona, desde Caracas, Dafnis Domínguez, por el mismo medio, desde Barquisimeto, afirma conocer a la viuda de Zambrano, Rosa Amparo Valladares. Casi al finalizar las vacaciones escolares, el martes 30 de agosto de 2011, María Elizabeth y yo, hicimos un huequito en nuestro tiempo común y emprendimos viaje a Boconó, con el propósito de visitar el Museo del Trapiche de los Clavos y ver el helicóptero de don Vicente Zambrano, que allí se exhibía, según la crónica de Fruto Vivas. El avión de Zambrano se encontraba, según esta misma fuente, en el Museo de la Aviación, de Maracay. El miércoles 31 de agosto, por la mañana, visitamos el Museo del Trapiche de los Clavos, una hacienda bicentenaria, que perteneciera a la familia Clavo. Bajo unas muy altas matas de guayaba, estuvo el helicóptero de nuestra búsqueda, pero allí ya no se encontraba, su lugar lo ocupaba un momoy, enfundado en su saco, las manos en los bolsillos, sombrero calado hasta sus orejas, larga y chivuda barba, grave y extraña mirada, desde el trasmundo de los duendes del agua. ” El helicóptero se lo llevó su viuda, está en El Hato, en la montaña, a 1400 metros sobre el nivel del mar”. Al mismo Narciso Meriño, trabajador del Museo del Trapiche de los Clavo, que había desembarcado en este museo el helicóptero, le tocó regresarlo a su lugar de origen en las montañas del Hato, con su cola afuera, (“no pesaba nadita”), en la batea de un camioncito de estacas, marca Toyota, hasta el taller de Vicente Zambrano. Después de varias vueltas por Boconó, en camionetas de pasajeros, sin destino cierto, logramos abordar un jeep de ruta extraurbana, un Toyota, de 12 pasajeros, conducido por José Gregorio (Goyo) Allí, apretados, subíamos y bajábamos, en medio de montañas, por una estrecha carretera de cemento, con surcos horizontales y paralelos para el agarre de las ruedas de los vehículos. Por ambos lados gigantescos árboles, cafetales, cultivos de tomate de árbol, margaritas amarillas del árnica, cayenas, campanitas azules, moradas, amarillas. Ha llovido toda la mañana y hacia el mediodía vuelven la resolana y el calor. En los asientos traseros, viaja con nosotros Víctor Terán. La radio, en transmisión de emergencia, informa que en la quebrada de Corojó se ahogaron un adolescente y también su tío, al intentar rescatarlo. Víctor Terán comenta que allí hay una catarata y unas pozas muy hondas, entre grandes rocas. Ya varias personas se han ahogado allí. “Eso es obra de los momoyes, unos duendes pequeñitos, los espíritus del agua. Si alguien les cae mal, lo ahogan. Si es un duende macho, puede enamorarse de una joven y perseguirla hasta su casa. Si es hembra, puede encantar a un joven. Cuando era un niño, yo los vi. Tengo buen trato con ellos. Si escasea el agua en mi tierra, subo a las fuentes de los manantiales, les coloco chimó, tabaco y una botella de aguardiente; les hablo y de inmediato, el agua comienza a manar. Hace unos años, subí, hasta El Hato. El primer carro por allí, un viejo Pontiac. Zambrano lo desarmó y lo reconstruyó totalmente. Mira, ¡allí era su taller!”. Nos bajamos del jeep, descendimos en zigzag, con el torso inclinado hacia atrás, haciendo equilibrio sobre la carreterita de cemento. Al costado del portón metálico del taller, cerrado, sólo hay un perro. Seguimos bajando hasta el pie de una capilla; en una casa muy bella y moderna, sobre el fondo del valle, encontramos a la viuda de Zambrano, Rosa Amparo Valladares, como su cuidadora. Nos recibe con extrañeza, pero con mucha cortesía. Nos muestra fotos de José Vicente, del aeroplano, del helicóptero, de un automóvil, modelo año 1928, todo construido por él. Subimos un poco, Rosa Amparo, junto a su hijo Carlos, también herrero y mecánico, al igual que su padre, nos abre el portón del taller de Zambrano, para mostrarnos los aparatos de la creación del viejo. Él había nacido en el caserío Tirandá, de Tostós, pueblito del municipio Boconó, en 1922. Su padre era mecánico y herrero y le dejó ese oficio como herencia. Hacia 1940, divisó un avión sobre el cielo de Boconó, esa noche tuvo un sueño y dibujó los planos del aeroplano. Su trabajo no le permitía tiempo para la fabricación de este aparato. Por falta de recursos, pasó un tiempo en silencio y con sus planos archivados; no fue sino veintidós años después, en 1962, cuando terminó de construir su avioneta y se fue a volarla en el cerro de La Orchila, que se topa con las nubes, al este de Mosquey. Presentó problemas técnicos. Bajó con su aparato y luego intentó volarlo en el aeropuerto de Boconó. La avioneta arrancó, pero cayó en la hendidura de un caño, mientras corría para elevarse y chocó con una mata de aguacate.
Fruto Vivas recoge una versión más viva y quizás fantasiosa, del habla misma de Zambrano:
“- Y yo soy mecánico y no sabía nada de aviones, busqué toda la información que pude y decidí aquí en Boconó hacer un avión, ya que en Venezuela nadie que yo sepa había construido uno. Me busqué un motorcito Volkswagen que no usaba agua, allá por los años cuarenta, y con aluminio fabriqué la cabina y las alas, y con los campesinos de la parte alta de Boconó, en un campo vacío, lo limpiamos, lo alargamos y fabricamos la pista para despegar. El avión lo volé sobre los barrios de Boconó, y cuando quise aterrizar, el avión se me enredó en un árbol y no me pasó nada a mí. Recogí los restos del avión, lo armé de nuevo y lo guardé aquí en la montaña muchos años (…)”
El realismo militar, con su armadura de hierro, parece imponerse, más adelante, en la crónica del mismo Fruto Vivas:
“(…) llegó un transporte y llevaron el avión con las alas desplegadas al aeropuerto de Maracay, y fue así como un piloto experimentado de la aviación venezolana voló el avión ante la presencia incrédula de miles de espectadores. Le hizo un record de treinta y seis horas de vuelo, y hoy el avión de don Vicente Zambrano está en el Museo de la Aviación, en Maracay, como el primer avión hecho en Venezuela por un mecánico campesino de la montaña”
Rosa Amparo Valladares prosigue su relato: “Cuando eso, él estaba casado con Rosa Amparo Carrillo, pero se separaron y ella murió en Barquisimeto. Cuando lo conocí, me tiró el carro encima, pa llamame la atención. Yo le pregunté que, si se iba a casar con la misma mujer, porque la otra se llamaba Rosa Amparo y yo también. Y él me respondió que los apellidos eran diferentes. Le voy a decir la verdá, él tomaba mucho aguardiente, día tras día, no prosperaba y yo decidí volver a mi caserío, acá en El Hato y él no tuvo más remedio que venirse. Me enseñó a fabricá los bloques, yo trabajaba haciéndolos, en los días de trabajo de la semana y él subía hasta acá y los pegaba, sábados y domingos, hasta que levantamos la casa y él se vino y fabricó su taller”. Al helicóptero lo mantenía amarrado a unas cabillas, lo elevaba, pero no lograba resolver el manejo de su dirección en el aire. Una vez, nos cuenta Víctor Terán, nuestro compañero de viaje en el jeep Toyota conducido por “Goyo”, una pareja de estudiantes enamorados se montó allí, prendió este aparato y Vicente tuvo que correr para apagarlo, porque ya se estaban despegando del suelo las cabillas, a las cuales estaba amarrado el helicóptero, que amenazaba con volar, con su parejita a bordo.
Fruto Vivas vuelve con su propio testimonio:
“El primer día que don Vicente probó el helicóptero, este se elevó y se pegó contra el techo del taller y la cabina se quedó dando vueltas con las hélices pegadas al zinc. Un compadre le dijo: -Vicente, apaga esa vaina. Y él le contestó: -Carajo, déjeme, ¿no ve que estoy volando el helicóptero de don Vicente? Voló perfectamente (…)”
En su temprana juventud, don José Vicente Zambrano compró un carro viejo del año 28, por treinta bolívares. Avanzada su madurez, sintió nostalgia por su viejo cacharrito; decidió construirlo e hizo los dibujos de su plano; lo fabricó, lo arrancó y lo echó a rodar. Lo llamó, cariñosamente, Pancho y allí está en el abandonado taller, con su rojo escarlata, su gran radiador frontal, los faros encima de sus volados guardafangos de ambos lados y su airoso y suelto gran parabrisas rectangular, su volante listo para tomar cualquier dirección. “Cualquiera no puede conducirlo, porque tiene una maquinaria especial”, advierte Rosa Amparo Valladares. Zambrano, además de mecánico y herrero, fue arquitecto. Para llegar al Hato y bajar hasta Boconó, construyó el puente que cruza la quebrada de Las Segovias, con sus arcadas rectangulares, como puertas de entrada y salida, y sus vallas laterales de estructura metálica enrejada; también talló la pila de roca bautismal que se encuentra frente al altar de la Virgen del Carmen, ahuecando y moldeando su medio punto, que, bajo los vitrales triangulares de Jesús, vigilante desde lo alto de las paredes de la moderna iglesia El Carmen, de Boconó. Fue músico, tocaba un viejo violín andino y tan pronto vio un arpa, la fabricó y la tocó. En su enfermedad, vendió el arpa y el violín. Ahora, Rosa Amparo Valladares quiere saber a quien se los vendió, para comprarlos y recuperarlos, pero no logra dar con su paradero. “Lo que no hace Zambrano, no lo hace nadie”, decían para la época, en Boconó, como una manera de expresar que lo que nadie podía hacer, sí lo hacía Zambrano, quién se fue a Bailadores, para conocer a su conterráneo don Luis Zambrano, para almorzar con él, conocer y celebrar sus generadores eléctricos, cortadoras de fresas, tolvas, otras maravillosas invenciones y compartir frases ingeniosas y sabias.
Frente a esas altas montañas de Boconó (“entre ríos”, en lengua Cuyca), nació Fabricio Ojeda, presidente de la Junta Patriótica que derrocó al dictador Marcos Pérez Jiménez, también andino, de Michelena, donde su culto, quizá por razones de autoritarismo ancestral, por lo mismo que por esos laos llaman a Gómez taita, lo mantiene con una estatua gigante, con uniforme militar y bastón de mando, a la entrada de esta última población, al pie del páramo de Boca de Monte. Fabricio Ojeda renunció a su diputación, se hizo guerrillero, en andanzas por esas montañas, hasta que lo hicieron prisionero en el litoral guaireño y lo ahorcaron agentes del Servicio de Inteligencia de las Fuerzas Armadas (SIFA), en un calabozo del llamado Palacio Blanco, mejor oscuro, del Ministerio de la Defensa, el 21 de junio de 1966, frente al Palacio de Miraflores, donde despachaba el inefable presidente adeco Raúl Leoni. Cuando, en 1962, José Vicente Zambrano intentaba volar su avioneta, quizá Fabricio marchaba sobre los techos de su Boconó natal, y enfilaba por los cerros de Mosquey, para ver volar el aeroplano como un papagayo de su infancia. José Vicente Zambrano llamó a su helicóptero El Simón Bolívar y así lo escribió en rojo, en letras cursivas, encima de su carapacho metálico, quizá pensando en el patriotismo de su paisano Fabricio Ojeda. Boconó es un sólo bajar hasta el encuentro de la brisa y la corriente jabonosa y rocosa de los ríos Burate, Boconó y Negro, mientras la iglesia de San Alejo, frente a la plaza Bolívar, día y noche repica sus campanas ininterrumpidamente durante un cuarto de hora; media hora después dos campanadas y una cada hora en particular, con su correspondiente número de repiques, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho y así sucesivamente, aletargadas sólo por el rumor del agua y el viento y ahora con el ruido del tráfico creciente de vehículos. Todo es bajar y subir, bajar hasta las iglesias del Carmen y San Alejo y los puentes sobre los ríos de torrentera y subir hasta las sabanas, el Mosquey y las grandes lagunas, por donde Vicente Zambrano ascendía, nadaba y volaba. Arriba también se encuentra el cementerio, entre el monte. De alguna manera, es venirse desde La Orchila, que no es una isla, pero la recuerda, las lagunas y ríos, con los momoyes, hasta la mar enmontada del morir. Porái abandonó este mundo don Vicente Zambrano, en 1997. Por allí andan sus sueños, diciendo ¡Patria!, como contraseña del que no vende su vida, “porque la vida de un hombre no tiene precio”, como le respondió a la comisión del Ministerio de la Defensa que le ofreció comprarle su avión: “-Entonces, ¿qué le decimos al general? Dígale que como el Ministerio no tiene toda la plata que cuesta el avión, que se lo regalo, que es un regalo a mi país”
JULIO VALERO ROA SEMBRÓ EL COMPROMISO Y LA SOLIDARIDAD REVOLUCIONARIA
Julio en junio, ahoritica, se acaba de ir con su voz de locutor y de profesor. Militante revolucionario de toda su vida, de los que puso y expuso sus ojos, sus brazos, sus piernas, su corazón, su sangre y su aliento, sobre todo su afecto, su alegría y su solidaridad, guardó silencio y se fue, se fue dándole vueltas a un árbol donde se paran los guaros, cogió arena del río Turbio, se llevó un cuatro de Barquisimeto y apenas se despidió, dejándonos sus viejos cuadernos, con nuestras lágrimas inevitables de la despedida que no pudo ser. Fue de los que se alzaron en Puerto Cabello, en otro junio de 1962, torturado en el cuartel de blindados de Valencia y confinado en la cárcel de la Isla de Tacarigua, siguió siendo militante del MIR, de la OR, de la Liga Socialista, dirigente gremial de los educadores; sabíamos que, en Barquisimeto, todo revolucionario tenía familia, casa, pan y fiesta en su casa, a cualquier hora, a toda hora, sin pedir permiso. La tuvieron sus compadres Alí Primera y Servando Garcés, sus camaradas y amigos, tantos que perdemos la cuenta, Jorge Rodríguez, David Nieves, Miguel Díaz Zárraga, Dafnis Domínguez, William López, Guillermo Torín y todos nosotros. Los que pasamos por la avenida Venezuela, por el Obelisco y seguimos hacia Quíbor, El Tocuyo y Sanare, respiramos su aliento ronco en el aire de Barquisimeto; mientras en la radio suena un golpe tocuyano de Pío Alvarado, y el tamunangue de San Antonio, empuñamos nuestro garrote, de pura vera, cogemos hacia La Rosita, de Palo Verde, pa que “ El caimán de Sanare”, nos eche el cuento imposible y embustero de cómo fue que te moriste, Julio Valero Roa, sin que nos dejaras el pañuelo, pa secanos las lágrimas, chico, sin que nos despidiéramos. ¿No será que estás bailando la Saragoza y nos juegas una de tus bromas del Día de los Inocentes?
ARCO IRIS DE JESÚS ARNALDO MARRERO
Cuando lanzó su primer grito y abrió los ojos en el mundo Jesús Arnaldo Marrero, Nano, en Caracas, en la barriada de San Agustín, el 25 de diciembre de 1946, Venezuela había elegido la constituyente que presidiría el poeta Andrés Eloy Blanco y consagraría constitucionalmente el voto universal, directo y secreto para todos los venezolanos y venezolanas mayores de edad y, al mismo tiempo, se celebraba la natividad del manso galileo, del Ávila bajaban la Luz Divina, las flores y los aguinaldos de los parranderos , por lo que sus padres Francisco Marrero y Ana Romero de Marrero, decidieron para su varoncito el nombre de Jesús (en hebreo Yeshúa, Dios salva o el Salvador, Mesías o Ungido del Señor y en griego Christós, con similar significado). Los deseos de sus padres eran los de un hijo que se haría un hombre recto, bueno y, con mayor ambición, un hombre justo, recordando las bienaventuranzas para el hombre justo. Conforme a sus deseos, Jesús Arnaldo Marrero, “Nano”, lo fue, en el arco iris de su vida, hasta su propio sacrificio.
En su juventud, en los años sesenta, residenciada su familia en la parroquia San José, de Valencia, frente a un hijo de un cotoperiz centenario y una cruz redentora, “Nano” cursó estudios en el liceo Pedro Gual, oyendo los poemas de Andrés Eloy Blanco y escuchando los ecos, principalmente juveniles, de la rebelión del naciente Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). Hizo entonces causa común con Arnoldo González Padrino, quien luego presidiría el centro de estudiantes del liceo Martín J. Sanabria, de la misma ciudad y también, hacia 1965, recibió su bautismo de fuego en el Frente guerrillero Antonio José de Sucre (FGAJS).
Aún sin abandonar la candidez de los inocentes, con el sueño de inmortalidad de los jóvenes ( que proclamara varios años después el poeta cubano Reynaldo Arenas), Nano se conmovió con las ensoñaciones del guerrillero, con la misma emoción de los patriotas y justicieros que se hicieron guerrilleros en los llanos y montañas venezolanas con Páez, los Monagas, Sotillo, Cedeño, Tigre encaramao, Zamora, Arévalo Cedeño, Maisanta, Fabricio Ojeda y Argimiro Gabaldón, entre tantos de legión innumerable. Fue así, como, en los cerros de Guataparo, en Valencia, con su sueño de guerrillero bisoño, se propuso practicar tiro con una escopeta de cacería y se voló un par de dedos de una mano, por lo cual se le conocería como “ El mocho Marrero”.
Un día, cuando yo cursaba estudios en la facultad de Derecho de la Universidad de Carabobo, visité su hogar y desde la sala de visitas, pude observarlo, mientras, en el patio de su casa, rastrillaba una pistola 45, para una operación militar de la Unidad Táctica de Combate del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, de la cual formaba parte.
Testimonio de Arnoldo González Padrino (17 de diciembre de 2015)
“A Nano lo conocí en el liceo Pedro Gual, de Valencia, hacia 1961, aproximadamente, él tendría unos catorce años. Nelson Arenas, de la juventud del MIR, me conectó con Nano. Una alianza de la juventud del MIR con la juventud comunista se impuso en la directiva del centro de estudiantes del Pedro Gual. Nano y yo nos hicimos compañeros y amigos. Al conocerlo, ya le decían el Mocho Marrero y escuché que se puso a inventar un componente químico para ponérselo a un chopo y ahí se voló un dedo de una de sus manos...
Él era muy disciplinado; nos formamos en una disciplina férrea que tomaba muy en cuenta el factor tiempo; el viejo Fernando Soto Rojas nos decía que llegáramos unos minutos antes, inspeccionen bien la zona y permanezcan allí sólo diez minutos. Antes de nuestra experiencia guerrillera, ya Nano era muy disciplinado.
En el comité de Base nos rotábamos la convocatoria y la dirección de la reunión; el definía el tiempo de la reunión e intervenciones; además, era muy apegado a las medidas de seguridad; a veces, con ingenuidad. Una vez, salimos de la residencia universitaria Humberto Méndez Figueredo y, abruptamente, saltó a la acera de enfrente; días después, le pregunté la razón de ese salto y me dijo: son medidas de seguridad. Era muy dinámico, el abogado penalista Rafael León Granadillo le puso el nombre de comandante Calambrina, por sus constantes movimientos.
En el liceo “Pedro Gual” existía una rubia muy bella, de madre yugoslava, se llamaba María Elena Pavelich, natural de Valencia; ella se incorporó a la juventud del MIR; todos los militantes de la izquierda nos la disputábamos, entre ellos Nano y yo; ella y yo nos hicimos novios. Desde la guerrilla, yo le escribía y esas cartas se las entregaba Omar, hermano de Nano. Cuando me fui para la guerrilla, no supe más de Nano hasta después de su fuga del cuartel San Carlos.
Al regresar de México, Nano vino en compañía de su esposa Pilar Rivero Laborde y se encontraba en condiciones económicas muy precarias; no se insertó productivamente y regresó a Méjico. Conocí a Mariana, hija de Nano y de Pilar, quien se hizo muy amiga de mi hija Palestina; Nano adoraba Palestina y se la ponía de ejemplo a Mariana.
Luego me enteré de su incorporación a Fundelec, que surgió como propuesta de Alí Rodríguez Araque, en su tiempo de presidente de PDVSA. Lo vi en el velatorio de su madre y luego, por casualidad, una vez que venía con Omar y Pilar”
Testimonio de Pilar Rivero Laborde (19 de noviembre de 2015)
“Conocí a Jesús en junio de 1981 en La Habana, en un tour de una semana a Pinar del Río. Él había llegado a México en 1979 y estudiaba Economía en la Universidad del Valle de México, una universidad privada. Trabajaba en la mañana en una oficina que cronometraba noticieros televisivos, era su oficio cuando llegó. En el momento de conocerlo en Cuba, supe que en México laboraba como vendedor junto con un amigo. Graciela Castro y Noel Camilo, su pareja e hijo, respectivamente, vivían en Ciudad de México. Camilo nació el 31 de diciembre de 1973, él tendría unos ocho años para el momento de yo conocer a Jesús..
En Cuba, a mí me tocó el hotel Riviera, a Jesús el hotel Nacional; coincidimos en la misma excursión; los egresados de Ciencias Políticas y Sociales querían conocer la experiencia cubana y mi papá acordó con una médico del Seguro Social que me acompañase. Jesús iba con un amigo y yo le ofrecí jugo de naranja a los niños que les acompañaban y empezamos a conversar por primera vez.
Al regresar a La Habana, cambiamos de plan y acompañé a Jesús a ver a Domingo León, exguerrillero urbano venezolano, parapléjico por herida de bala en su columna vertebral y luego, a encontrarnos con Leobaldo Solórzano, también exguerrillero venezolano y preso político fugado junto con Jesús de la cárcel del cuartel San Carlos, el cual estaba casado con una cubana, con quien tenía un niño de aproximadamente nueve años, quien convenció a su padre de que fuéramos al zoológico. También conocí al médico que acompañó al Che en su viaje desde Argentina en motocicleta, a quien Jesús le regaló un vino Cinzano. Jesús llamaba “Dominguito” a Domingo León. Todos ellos hablaban de seudónimos y de historias desconocidas para mí.
Jesús se preocupó porque iban a cambiar a Domingo del hotel Nacional, donde podía hacer sus ejercicios físicos y tenía su propia cocina. Me contó cómo había sido herido en Caracas. Lo vimos una sola vez. Con Leobaldo, fuimos a la playa, luego al Tropicana, me pareció un espectáculo majestuoso, las bailarinas bajaban desde los árboles en forma muy sorprendente. A Leobaldo lo vimos cuando visitamos al zoológico y otro día cuando fuimos a la playa y al Tropicana. Estaba admirada del nivel de compromiso de Domingo y de Leobaldo y que arriesgaran su vida y salieran de su país en condiciones de tanto riesgo. Hablaban de política internacional, de corrientes políticas vietnamitas, albanesas, de lo cual, yo, que había estudiado Ciencias Políticas, era tan ignorante. También me impresionó la celebración del 26 de julio, tanto por los festejos populares y también porque en las plazas había cajas y cajas de cerveza amontonadas. Ese día se sintió más libertad de movimiento para los cubanos, quienes tenían limitaciones para entrar a hoteles, restaurantes y tiendas, con exclusividad para turistas, de las cuales había muy pocas. Recuerdo que no me había percatado de la falta de dos falanges en los dedos meñique y anular de una mano de Jesús, lo noté en una oportunidad en la que, al pasar sobre unas piedras, me tendió la mano.
Hicimos un grupo con unos cubanos, en la piscina del hotel; ellos sólo estudiaban a Marx y a Lenin, y decían que sólo después de formarse, estudiarían a otros autores. Ello me llamó la atención y lo comentamos entre Jesús, su amigo Carlos ,estudiante de Sociología, y yo. Me deslumbró la experiencia política y guerrillera de los venezolanos; sólo había conocido a estudiantes con militancia política, pero sin experiencia de lucha armada.
Fuimos en La Habana a una discoteca muy oscura, con música de boleros y bailé con Jesús, aunque nunca he sido muy buena para bailar e íbamos un poco más allá de la relación amistosa. Nuestra relación amorosa se estableció en La Habana. En México, Jesús y yo estuvimos viéndonos un tiempo, nos vimos todo el año 1981; era muy generoso, siempre me llevaba flores e íbamos a los lugares donde se tomaba buen café express, en el centro de la ciudad; luego suspendimos nuestro encuentro y sólo después de Jesús resolver su situación amorosa con su pareja, nos reencontramos en 1982 y acordamos casarnos. Mi padre le prestó una chaqueta de piel y yo tenía un vestido que me había hecho yo misma.
Mi padre era médico y atendía una familia de pasteleros que todos los años nos regalaban el “Pan de muertos”, el pastel de navidad y la Rosca de reyes, con ella resolvimos fácilmente la torta de matrimonio. El “Pan de muertos” es un pan esponjocito y tiene unas canillitas de huevo. El pastel de navidad tiene la figura de un tronco de árbol, relleno de mermelada de fresa y cubierto de chocolate. La rosca de reyes es azucarada con tres o cuatro pequeños niños Jesús. Al partir la torta, a quién le salga el niño Jesús se compromete a los tamales, para el dos de febrero, día de La Candelaria; todo México, en el centro y sur de Méjico, come tamales.
Al casarnos, nos mudamos a una casa que Jesús había rentado en el pueblo de San Bartolo Amellalco, un pueblo internado dentro de Ciudad de Méjico. está a pie de monte; este pueblo tenía un manantial y había un decreto presidencial que supeditaba el uso del agua por la ciudad a la satisfacción previa de las necesidades del pueblo. Nos instalamos en aquella casa de dos plantas, con alfombra y tapices; ella se distinguía por verse desde todos los accesos del pueblo; le decían la casa amarilla, una especie de casa de clase media, entre casas con jacalitos (casa campesina de zinc con paredes de adobe). La calle no estaba asfaltada y era transitada por vacas y borregos en su camino para pastar. Esa casa la alquilaron entre Jesús y Tim Edwards (un joven inglés, que fue compañero de Omar, hermano de Jesús, en un propedéutico de una maestría).
La prima de Tim vivía en ese pueblo, en una casa más céntrica; nuestra casa ni siquiera tenía número; la dirección era camino viejo a Mixcoal; contamos las casas, desde la esquina y le colocamos número 17. Estaba inmensamente feliz, desde el principio supe que era el amor de mi vida. Omar no estudió la maestría, regresó a Venezuela y Jesús quedó con la amistad de Tim; esa casa la consiguieron en el año 1982. Nos casamos el 18 de diciembre de 1982. Tim viajó a Inglaterra y regresó luego, un mes después o algo así; allí vivíamos los tres, Jesús y yo teníamos la habitación principal, la grande, y otra la ocupaba Tim, historiador de Oxford, quien vino a conocer América Latina y decidió quedarse. Tim corría maratones; en caminatas por la montaña; conocimos a Julieta y a María, que vivían en el pueblo; Julieta trabajaba en la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional Autónoma de Méjico. Tim se mudó a vivir con ella. Íbamos temprano a caminar y luego desayunábamos en casa de Julieta, ella preparaba ensaladas y freía huevos de las gallinas de una vecina. Tim hacía pan integral; almorzábamos con ensalada, quesos y guisados (plato que aquí, en Venezuela, llaman seco, pollo con papa, carne a la marinera); conversábamos y nos agarraba la noche; luego nos íbamos a la casa. Tim llevó un perro, un setter irlandés, rojo, lindísimo, lo llamó Chipotle, un chile rojo. El perro iba a la montaña y se entrenaba para correr maratones, como el amo.
Hice una amistad con Fernando, un antropólogo, quien desarrollaba un programa de alfabetización, Tim se incorporó y al pasar por una casa, lo mordió un ganso y no se podía sentar. Un círculo de alfabetización duró un tiempo en nuestra casa. Chiplote se mudó con Tim; pasamos un desempleo patético, sobrevivíamos con una doble beca del Instituto de la Juventud (INJUVE) para hacer análisis hemerográficos de coyuntura; con eso sobrevivíamos, porque Jesús había trabajado en una constructora, haciendo proyectos de inversión en el campo, teníamos una beca del INJUVE y yo trabajé en una investigación para un proyecto de instalación de un rastro TIF, en la huasteca hidalguense (un rastro es un matadero). Había un corral de cerdos, andaban en un pasadizo, luego los degollaban, pero el rastro TIF, en el cual trabajaba, era de vacas (un matadero de alta tecnología). En la costa del golfo, el ganado tenía que cruzar la sierra madre oriental, bajar y luego era beneficiado. La idea era que fuera beneficiado en la huasteca, o sea, en la misma sierra.
Empezamos a asistir a reuniones del movimiento urbano popular, de una organización, OIR-línea de masas; conseguimos la doble beca e íbamos al otro extremo de la ciudad, a San Miguel Teotongo, población del oriente de la Ciudad de Méjico, ubicada en una montañita o cerrito poco consolidado. Había una lucha abierta por los servicios; estas reuniones populares eran un poco cerradas. Años después, promoverían grandes marchas del Frente contra la carestía y la austeridad (1988-1989), que llegaron a reunir más de un millón de personas en el Zócalo. Participaban CEMPA (Central Campesina Independiente), CNTE (Central Nacional de Trabajadores de Educación), MUP (Movimiento Urbano Popular). Eran muchas organizaciones de inquilinos, barrios enteros. Jesús y yo participábamos en la lucha por la vivienda; nos cambiamos, para esta actividad de San Miguel de Teotongo, hasta una urbanización popular. Estando allí, hubo una redada policial, para llevarse a los jóvenes; a Jesús las mujeres del barrio lo pescaron del cinturón y lo salvaron de que se lo llevara la policía.
Se constituyó la Asociación de Estudiantes Venezolanos, muy desigual, entre pobres y ricos, con intereses políticos muy contrapuestos; fue posteriormente cuando se constituyó el Comité de Solidaridad Simón Bolívar, entre cuyos integrantes figuraban Joel Pérez Marcano, Rodrigo José Lucena Alvarado, Alcides Hurtado, hijo (el más jovencito de todos), Alina, la panameña, y Jesús”.
En la candela del foco guerrillero
A finales de los sesenta del siglo pasado, tras la Revolución cubana y el desafío quijotesco del Che Guevara, contra el imperialismo estadounidense, en África y América Latina, se mantenían encendidos nuestras ideales, ilusiones y ánimo levantisco; y asimismo, ocurrió tras la ejecución del Che por la CIA en Valle Grande, Bolivia, luego de su captura, herido, en la quebrada del Yuro. A pesar de la derrota que ello significó, continuó la efervescencia del foco guerrillero difundido en el libro homónimo de Regis Debray. “Nano” hizo causa común con los “debrayanos” y tras la división del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, se alistó en el Frente Guerrillero “Antonio José de Sucre”, dirigido por la Bandera Roja de entonces, participando en sus combates militares en las montañas de oriente y en sus operaciones urbanas y suburbanas. El uniforme guerrillero lo guardaba en el morral y vestido de paisano, por los lados de la carretera entre Onoto y San Pablo, del estado Anzoátegui, se entrevistaba con su madre Ana, su hermana Marlene y su hermano Omar. Por esos mismos lares se ocupó de organizar un sindicato de campesinos, con cuyos dirigentes se reunía por las noches, desplazándose en una bicicleta.
Capturado por la Disip, padeció torturas, entre ellas descargas eléctricas mientras se encontraba atado encima de un jergón, dirigidas por el terrorista cubano anticastrista, agente de la CIA, Luis Posadas Carriles, autor, entre otros abominables crímenes, de la voladura del avión de Cubana de Aviación, donde murieron 73 deportistas cubanos, también de la muerte de siete guerrilleros y la tortura contra sus mujeres (particularmente las hermanas Esquivel) y niños, uno de ellos aún en el vientre materno, en la Victoria, del estado Aragua.
Reencuentro con Nano
Me reencontré con Jesús Arnaldo Marrero en el Cuartel San Carlos, en 1972, ambos como prisioneros políticos enjuiciados por presunta rebelión militar; sobre su rostro y ánimo pesaba el trauma de los torturados, por lo que no era muy locuaz y extrovertido, por lo menos no lo fue durante cierto tiempo. Graciela Castro, esposa entonces de Nano, estaba embarazada y el 31 de diciembre de 1973 dio a luz el primer hijo de Jesús Arnaldo, Noel Camilo Marrero Castro.
Yo salí en libertad, luego de dos años de cárcel, gracias a la solidaridad de los estudiantes de la Universidad de Carabobo y las iniciativas políticas de la Asociación de Defensa de los Derechos Humanos, presidida por el abogado Agustín Calzadilla y también de mi Organización de Revolucionarios (OR), liderada por Julio Escalona, Jorge Rodríguez, Fernando Soto Rojas, Marcos Gómez y David Nieves Banch.
Luego, Jesús Arnaldo Marrero comenzó a participar de un plan de fuga que yo desconocía: la construcción de un túnel, desde el pabellón A2 del cuartel San Carlos, que habíamos compartido como presos, hasta la casa de la familia Cuicas, en las cercanías del Panteón Nacional. Este plan de fuga liderado por Bandera Roja y acompañado por el Partido de la Revolución Venezolana (PRV_FALN) se cumplió exitosamente el 18 de enero de 1975, al final de la temporada del Magallanes y los Leones de Caracas.
Nano fue de los últimos en salir al aire libre y a la libertad conquistada; ya los centinelas del cuartel San Carlos habían dado la alarma y disparaban a los que huían; Nano no encontró un vehículo en el cual movilizarse, como lo habían hecho otros de sus compañeros que habían salido antes; accionó su pistola e intercambiando disparos con los centinelas del cuartel y agentes de la Dirección de Inteligencia Militar, se lanzó por el lecho de una quebrada y fue a dar al centro comercial de Sabana Grande, donde tomó contacto con su organización.
Ya en el Frente Guerrillero “Antonio José de Sucre”, hizo causa común con su jefe principal, Carlos Betancourt, constituyendo junto a otros guerrilleros y militantes, Bandera Roja Marxista Leninista, que combatiría contra varios puestos militares en el oriente de nuestra República. Finalmente, se acogió al proceso de pacificación, fue sobreseída la causa contra Carlos Betancourt y Jesús Arnaldo Marrero. A través de las gestiones del presidente de la Liga Socialista, Carmelo Laborit y del diputado David Nieves Banch, obtuvo un salvoconducto que le permitió viajar al exilio en Méjico.
Apertura y siembra de luces
Jesús Arnaldo Marrero abrió las puertas de su hogar en México para brindar acogida y hospitalidad a toda la izquierda venezolana y a sus amigos venezolanos; así, por su casa pasaron Douglas Bravo y Julio Escalona, entre otros revolucionarios.. A su retorno a Venezuela, demostró la apertura, amplitud de miras, gentileza y solidaridad que había acrisolado en nuestro país y en México. Aquí, en Venezuela, continuó profundizando su aprendizaje, su visión política y económica en dirección ecológica, estudiando energías limpias y alternativas en Cuba y fundando el programa Siembra de Luz, adscrito a Fundelec, con el deliberado propósito de saldar su deuda de gratitud con los campesinos e indígenas que le habían brindado refugio y apoyo en las montañas y caseríos de nuestro país, durante su tránsito guerrillero y abrir fuentes alternas de abastecimiento energético para nuestro Venezuela. Se dedicó en cuerpo y alma a instalar paneles solares que suministrasen energía a escuelas, centros de salud y de abastecimiento de agua en apartados rincones de nuestro país, como en las montañas del Turimiquire, en el ribazo del río Masparro y en la península de Perijá, sin que nada lo detuviera, enfrentando la incomprensión y la ignorancia de funcionarios públicos que sólo tenían ojos para la energía de combustibles fósiles como el petróleo, venciendo los obstáculos de la naturaleza, subiendo empinados caminos y cuestas, atravesando ríos crecidos, etc. Sobre el lomo de caballos, mulas y burros, conduciendo jeeps, pickups, camiones, utilizando lanchas y helicópteros acarreaba paneles solares, torres y hélices de energía eólica e inventaba conexiones entre una y otra fuente de suministro energético. Incansable también en su labor pedagógica sobre soluciones alternativas, repetía en nuestra tierra el camino y la transhumancia de Don Simón Rodríguez, sembrando y difundiendo luces, para fundar naciones verdaderamente republicanas, libres e independientes.
Nunca se detuvo en su esfuerzo perseverante y tenaz al servicio de su país y de los pobres y más necesitados de Venezuela, a pesar del cáncer pulmonar que le agobíó durante años. De su siembra quedó una pequeña, pero invalorable muestra de su visión pionera, idealista, patriótica y justiciera. Ojalá retomásemos su empeño y abriésemos una nueva senda, un nuevo horizonte energético que pueda liberarnos de la dependencia petrolera y de la omnipresente Central hidroeléctrica de Guri.
En su apertura frente a las diferencias y a las distintas visiones de mundo, formas y estilos de vida, nunca se negó a considerar la existencia de un mundo espiritual invisible más allá del mundo de las conocidas partículas elementales y vio con mucho respeto y aceptación las prácticas de la religiosidad aborigen, de los campesinos y de la cultura popular. Si bien no llegó a suscribir o adscribirse a religión y práctica espiritual alguna, no es menos cierto que su inquietud le llevó a estudiar la fuerza de la palabra a través de la programación neurolingüística e incluso recibió con mansedumbre la Luz Divina, a través de la imposición de la mano, conocida como Arte de Mahikari, en varias oportunidades (de lo cual puedo brindar testimonio).
Cuando abandonó este mundo, el seis (06) de agosto de 2015, aún brillaba y sigue alumbrando todavía el arcoíris de su caminar, su conversación, su altruismo y sus preguntas. Hoy extrañamos, sentimos nostalgia por la amistad, la amabilidad, la generosidad, la apertura y la actitud crítica, el afán permanente de aprendizaje del pueblo y de toda fuente de conocimiento, sabiduría, solidaridad, afectividad, la gratitud y el buen humor de Jesús Arnaldo Marrero y su franca y valiente disposición a enfrentar dificultades yriesgos, hasta el sacrificio de sí mismo, con el pecho abierto, como tan claramente proclamaba el poeta guerrillero Roque Dalton que debía hacerse, aunque fuese como “ Pulgarcito” o si lo preferimos, como David frente a Goliath.
EL SIETE LEGUAS
El siete leguas le llamaron por los zapatones que recorrían todo el país, sin nunca parar, ni descanso alguno, de extremo a extremo, de oriente a centro y occidente de Venezuela y en todo lugar donde hubiese no sólo militantes revolucionarios sino dirigentes políticos, sindicales y estudiantiles de diversos perfil, adscripción y quehacer, amigos de tanto tránsito que había conocido en la cárcel de Ciudad Bolívar, durante la dictadura Pérez jimenista, en las décadas de la democracia representativa del Pacto de Punto Fijo, durante su confinamiento en el penal de la Isla del Burro en la entonces llamada Laguna de Valencia y la huelga de hambre en ese penal, su destierro y viajes de salud a Italia y en su condición de presidente de la Liga Socialista (LS). Marxistaleninista se definió durante todo el tiempo de mis contactos y reuniones con él y en sus cartas con los estudiantes y todo militante revolucionario con los cuales sostuvo comunicación. A propósito de definiciones ideológicas, recuerdo “los marxismos” de la nueva izquierda, Dussel y su lectura marxista desde América Latina (montaña textual para mí edad muy difícil de escalar), pienso en el fenómeno actual de los BRICS, confluencia de países del llamado Sur Global, del este y del oeste, de comunistas, cristianos ortodoxos y católicos, islamistas, hinduistas y su común acuerdo en el propósito de independencia y soberanía, seguridad global, coexistencia pacífica de diferentes civilizaciones y culturas, libre de pretenciones hegemónicas. Recuerdo también el discurso de Fidel en la Cumbre de Río: la contradicción principal hoy no es entre capital y trabajo, sino entre capital y vida (lo que hoy Gustavo Petro recoge en su particular discurso). Asimismo, en vuelta a Fidel, en una de sus últimas entrevistas sentenció: loa causa principal de la derrota de la revolución en América Latina fue la división del campo socialista internacional, entre la URSS y China y la división de las izquierdas en esta región del mundo con tantas condiciones objetivas para la revolución. La barba novecentista, ajena a toda hojilla y navaja de barbero, era el singular espejo de Carmelo Laborit, su carta de presentación y habla misma. En Oriente y en Caracas, particularmente, tenía sus propios seguidores, admiradores, fieles discípulos y amigos. “Libertador de Oriente” le llamó David Nieves Banch, en comunes andanzas clandestinas, con mucho cariño de bromista y quién, al parecer, fuera de su esposa, Josefina, con la cual concibió una hija, Josefinita y de Flor, compañera de sus últimos tiempos, fue quien más le conoció entre tantos viajes por ciudades y carreteras, contactos y reuniones clandestinas. A sabiendas de su seriedad proverbial, David no perdía tiempo en aguijonearle con sus salidas. En una carretera, por ejemplo, le dijo una vez: detrás de aquella curva, al voltear, vamos a encontrar un caballo blanco. Así provocaba su sorpresa y a veces su sonrisa detrás de su santa barba. Carmelo Laborit procuraba siempre estar cerca de toda literatura. En una oportunidad llegó a mi refugio, en un apartamento de San Agustín, comentando el primer premio del Concurso anual de cuentos del diario El Nacional, otorgado en esa oportunidad a La Luna no es pan de horno, de Laura Antillano. Revolucionario profesional toda su vida, no tenía sentido de la propiedad privada, aunque la respetaba, al fin de cuentas era socialista y comunista. Si encontraba unos juguetes en una casa o apartamento de clase media, podía llevárselos para regalarlos a los niños de una familia de camaradas con precariedad económica. En contactos y reuniones podía tomar un libro y otro de la biblioteca del hogar que servía de sede, llevarlo consigo y regalarlo a un camarada. En una cita conmigo en Caracas, en La Pastora, en el hogar de la familia del economista Roberto Gómez, funcionario del Banco Central de Venezuela, al terminar nuestro diálogo tomó de la biblioteca un libro y un diccionario de economía, el primero para él y el otro me lo entregó y dijo: este es para ti. Yo, contentísimo por contar, a partir de ese momento, con un manual auxiliar en esa disciplina tan desconocida para mí. Pasaron décadas, Roberto Gómez se mudó a Barquisimeto con su familia, siguió trabajando allí en el citado banco y el libro siempre conmigo. Murió Roberto, en unas vacaciones con su familia, ahogado en extrañas circunstancias que hicieron temer y pensar a su esposa en un atentado criminal. Mi amigo y camarada Dafnis Domínguez tenía relación con esa familia, le entregué dicho diccionario de economía junto con una carta de condolencias a la familia de Roberto, pidiendo también disculpas por apropiarme de tal libro y rogando aceptasen su devolución. Dafnis cumplió fielmente su encomienda. Bastaba verlo de frente, tener breves noticias biográficas suyas y escucharlo para reconocer la grandeza de su integridad ética y política, su solidaridad con los trabajadores y los pobres de la tierra, con sus camaradas y familiares, su circunspección, su ausencia marcada de egocentrismo y egoísmo, su discreta presencia, su distancia frente a un mal crónico de la izquierda, que hizo decir a Moisés Moleiro que el corrillo tenía un gustico. Carmelo, como a secas y cariñosamente le llamábamos, fue incapaz de incurrir en maledicencias y chismes o chísmenes, mucho menos mentiras. Nunca escurrió el bulto en su compromiso político, siempre echao palante, jamás y nunca dejó de estar presente donde debía estar y decir lo que comprometía su vida e integridad física y su honor. Leal y solidario siempre. A raíz de mi detención y torturas en Petare , el martes 13 de junio de 1972, en horas de la mañana, por el “Gang de la muerte”, adscrito a la Dirección de Inteligencia Militar (DIM), su continuidad posterior en el quinto piso de esta organización de espionaje, contraespionaje y seguridad estatal, y mi incomunicación de esos días, siempre estuvo en contacto y con orientación permanente a mi familia, hasta lograr que la movilización comunicacional y política, en medio de la censura y la estrechez del campo de acción política de entonces , permitieran mi visita familiar, el cese de la mayor intensidad de las torturas y mi pase a la prisión del Cuartel San Carlos. En compañía de Carmelo, siempre añduvieron, firmes e indeclinables, Agustín Calzadilla y Norelky Meza de la Asociación de Defensa de los Derechos Humanos y todos los integrantes del Comité Nacional de la Liga Socialista. El momento más duro de la vida de Carmelo Laborit fue cuando por intermediación del Diputado José Vicente Rangel alcanzó a saber, en compañía de Félix Roque, que Jorge Rodríguez había sido asesinado. Su rostro no pudo ocultar la turbulencia interior y se tornó oscuro, invadido por la noche, herido por la punta y el filo de un relámpago y su espada de fuego invisible. Toda la vorágine del dolor creció en él, en la morgue, en compañía de Agustín Calzadilla, frente al cadáver de Jorge Rodríguez, secretario general de la Liga Socialista (LS), desnudo, con sus vísceras, costillas y testículos estrangulados. Carmelo no se amedrentó y dirigió junto a la clandestina dirección de la OR, el comité nacional de la LS y la Asociación de defensa de los derechos humanos la denuncia y lucha contra la represión y el crimen político, impulsando un despliegue inusitado de propaganda y movilización por la libertad de David Nieves, hasta entonces desaparecido por la DISIP y de quienes habíamos sido detenidos junto a Jorge Rodríguez por ese mismo cuerpo policial al atardecer y anochecer del viernes 23 de julio de 1976. Carmelo tuvo asimismo una milagrosa salvación de emboscadas y persecuciones durante su clandestinidad a la vuelta de su destierro en Italia y su integración en la OR. Cuando la emboscada guerrillera al ejército en el crucero de Aragua de Barcelona, Anaco y Barcelona y la detención, asesinato y desaparición forzada del estudiante universitario Luis Alberto Hernández, detenido por el Gang de la muerte en el pueblo de Aragua de Barcelona, Carmelo había recorrido antes esos predios en actividades clandestinas de apoyo político y logístico a las fuerzas revolucionarias y logró salir ileso del cerco policial y militar. No en vano era El Libertador de oriente. En Occidente, hacia 1970 y 71 se desató una feroz persecución, detención y torturas contra la dirección de la OR, sus militantes y amigos en el campo y la ciudad. Contra Carmelo armaron una emboscada en Los Humocaros, pero él no asistió a la cita prevista con quien se convirtió en delator de sus camaradas y llevó hasta allí a sus captores. Carmelo se salvó milagrosamente de la muerte. Durante el gobierno de Luis Herrera Campins, gracias a sus relaciones políticas fungió activa y positivamente de enlace para el retorno a la actividad política abierta de los dirigentes de la OR Julio Escalona, Marcos Gómez y Fernando Soto Rojas. Finalmente, después de tantas batallas, el cáncer lo hirió de muerte y como los alcatraces fue a morirse en la misma casa de bahareque donde había nacido, frente al mar de Río Caribe, en silencio, sin quejas e inculpaciones. En santa paz con su santa barba y sus mismos zapatones de siete leguas. Murió lejos y cerca, aquél a quién había conocido bajo la resolana petrolera de Anaco, con su eterna barba profética, en un pleno sindical, cuando yo era un adolescente descalzo y sin camisa y allí mismo Vladimir Acosta se tiraba un discurso maoísta.
SUEÑO DE BARRO
De Hugo Ávila Mora, militante revolucionario, politólogo y su pasión por la construcción de casas de adobes de barro y de granjas y aldeas agroecológicas tuve noticias definidas en la Universidad de los Andes, en Mérida, durante la celebración del Primer Congreso Venezolano de Tecnología Popular, en la Facultad de Ciencias Forestales, organizado por Julio Escalona, Ricaurte Leonett, Guido Ochoa, Douglas Rojas, Dafnis Domínguez y el miamo Hugo Ávila Mora, bajo el patrocinio del Rector Pedro Rincón Gutiérrez. Posteriormente tuve oportunidad de visitarlo en Boca de Tocuyo, en su casa construida junto con América Noel y su hijo David (salvados ambos milagrosamente del naufragio del grupo Madera en el Orinoco) con la técnica tradicional del barro y materiales reciclables como el vidrio. Allí tenía su centro de experimentación, de enseñanza y aprendizaje y tuvimos oportunidad de dialogar alrededor de la Ecología del Bienestar producto de las experiencias de Julio Escalona y sus amigos con movimientos populares locales en diversas partes del país. Un Alcatraz recién llegado de la playa se presentó entre nosotros, paseándose en medio de nuestro diálogo. Así fui conociendo, con el tiempo, la experiencia política y social, el discernimiento y sapiencia de Hugo Ávila Mora, exdirigente universitario de la juventud del MIR y su Distrito 14, en la clandestinidad de los sesenta, en compañía de militantes revolucionarios de dicha organización política como Nicolás Beltrán y José Amenodoro Romero Guanipa (Lolo). Tantas ilusiones y pasiones de amor por el pueblo y las comunas culminó el 2022 con su muerte en el hospital de Maracay, después de un periplo, con la indigencia a cuestas, iniciado en los alrededores de San Félix y Puerto Ordaz, y después de que en el fundo de su refugio le robaran todos sus elementos de vida y trabajo (gallinas, ovejos, herramientas agrícolas, planta eléctrica, máquina manual de fabricar adobes de barro, que lo acompañó en su dilatado periplo entre Mérida y Caripe y desde allí hasta su último refugio).Fue encontrado al borde de la inanición en su apartamento en Puerto Ordaz. Trasladado en una ambulancia hasta Caracas y, finalmente, a Maracay. Un incendio dentro de un garaje que le servía de refugio en esta última ciudad, junto a su hijo homónimo, Huguito, acabó con todo, la ropa, su laptop, su documentación, sus escritos y fue resguardado de la intemperie por algunos amigos que se asociaron para ello. Todo su sueño comunitario de aldeas agroecológicas, casas de adobes de barro, fundos autosostenibles en espiral y círculos concéntricos de energía y vida agroalimentaria, sabiduría y alegría compartidas había sido quebrado y los restos de la vidriera rota quedaron esparcidos en los montes de su último refugio en una parcela suburbana, desde donde se llevaron en un saco todos sus sueños. Hugo Avila Mora fue atendido con amor misericordioso por Jorge Rath, Eva Nistal, sus hijos y otros amigos en el hospital de Maracay. Allí se quedó solo, ausente, mirando fijo su rostro envejecido en el espejo de una laguna de aguas estancadas y sucias, sin canto de pájaros y de gallitos de agua sobre la bora. Quizá en su laberinto proseguía sus largas, filosóficas y políticas conversaciones teléfonicas o de sus visitas a Dafnis Domínguez, empeñado en su discurso de política, economía, historia y educación liberadora. Quizá llamaba o recibió la visita de su amigo y compañero de militancia política Nicolás Beltrán, fusilado como inocente cordero por su propia guerrilla, en el oriente de nuestro país. Hugo trataba de recordar y la memoria se le escabullía y quizá se preguntó, finalmente, quién podría recoger su entierrado y emborronado testamento, su sueño de soluciones comunitarias doblado como un pañuelo de despedida en sus rotos bolsillos. Se adentró en el túnel del trasmundo, enceguecidos los ojos por la oscuridad y al salir cerró sus ojos ante el esplendor de la Luz que se irradiaba sobre las aguas y su oleaje. Afuera quedamos nosotros, sabiendo muy poco e ignorantes de la profundidad de su experiencia y desenlace, qué fue de su vida personal, familiar y comunitaria, con un ojo abierto y otro cerrado, interesado y mezquino. Afuera del hospital, del velatorio y el último adiós, sólo queda una pancarta arrastrada por un remolino. Se retiran los amigos extraordinarios y solidarios hasta el final con Hugo Ávila Mora, entre ellos Jorge Rath, Eva Nistal, Héctor Soto, Socorro Hernández y otros que no divisamos a lo lejos, por la sabia distancia que guardan, actuando en secreto, con su propio brillo, esplendor y virtudes calladas y ocultas.
LE DECÍAN CABEZÓN
El 27 de febrero de 2019, a las seis de la mañana, recibí una llamada telefónica de emergencia de mi hermana Macklensy; llegué a su casa y me encontré a mi hermana menor Adenis Doritza tendida en su cama con las piernas y los pies hacia el piso. Macklensy, mi hermana mayor, consternada, sólo alcanzaba a decirme: “Se fue, se fue”. Adenis Doritza había sufrido el impacto mortal de un accidente cerebro vascular. El 20 de agosto de ese año 2019, mi amigo Sabino Linares me comunicó que Orlando Yajure se fue, con un golpe terrible en su corazón y su cerebro. ¿Para dónde se fue? Aílí sucumbe la razón humana, bastante corta y miope cuando se trata de pensar en el gran orden y armonía del universo, de la naturaleza y la perfección humana, falible por nuestra precariedad temporal y vulnerabilidad, pero tan maravillosa que nos permite el milagro diario de la vida, la majestuosidad del cosmos, la grandeza de la razón, la memoria, la consciencia, el subconsciente y el inconsciente, las posibilidades limitadas e ilimitadas de la ciencia, la belleza y su expresión artística. Si no pensamos más allá del mundo visible y obviamos considerar el mundo invisible tras las partículas elementales que conforman el mundo físico, estaremos siendo miopes. Orlando Yajure se fue y sólo él sabe para dónde. Con él se va parte de la vida que compartimos, vamos muriendo en su cortejo, nos quedan su buen humor, la chispa de su inteligencia, la invaluable y firme decisión de pensar con cabeza propia, su solidaridad y su valentía frente a los riesgos que le tocó asumir. Le debo gratitud por la hospitalidad en su hogar, junto a Norelkis Meza, su esposa entonces, durante mis primeros tiempos en Caricuao, Caracas y de mi integración a la Liga Socialista. Lo mismo me concedió en el hogar de sus padres. Una vez, sería 1976, aproximadamente, frente a la casa de la Liga Socialista, en San Félix, le pedí su carro prestado y al retroceder choqué su Volkswagen amarillo contra un árbol. Él estaba de pie, frente a su volkswagen amarillo, con la cara muy seria, pero, pensé que a los camaradas sólo se les ofrecía disculpas, pero ni eso hice y El Cabezón nada me reclamó ni me cobró nunca ni a mí se me ocurrió pensar que tenía una deuda pendiente. El Cabezón asumió responsabilidades políticas y sus consiguientes riesgos en Caracas, Valencia y Ciudad Guayana. Brilló por su inteligencia y capacidad de análisis coyuntural político y su pensar autónomo. Fue de los líderes de la renovación universitaria de la UCV y del Comité Nacional de la Liga Socialista bajo la dirección de Jorge Rodríguez. Lo conocí por primera vez al viajar junto a él a Mérida en los años iniciales de la clandestina y recién fundada Organización de Revolucionarios (OR), bajo la dirección de Julio Escalona, Jorge Rodríguez, Fernando Soto Rojas, Marcos Gómez, Camelo Laborti, Esther Macías y David Nieves Banch, principalmente. Íbamos a un pleno universitario de esta insurgente organización, bajo la consigna adoptada en su reunión constitutiva en los Andes venezolanos: “Perseveraremos, no nos derrotarán, triunfaremos”, que desde un principio la identificó, así como la Liga Socialista, con Jorge Rodríguez, su líder fundamental, insurgió con la consigna no menos comprometida y retadora: “El socialismo se conquista peleando”. Le decían Cabezón , sería por pensar tanto y ese fue su mayor defecto: intentar pensar con cabeza propia.
¿DÓNDE RESIDE LA GRANDEZA?
¿Dónde reside la grandeza de un hombre? Estamos signados por la mentalidad heróica y clasificatoria. Por los mitos y héroes de la guerra. Podemos pensar en toda la pléyade de griegos y troyanos, guerreros indígenas, navegantes, astronautas, conquistadores y libertadores, héroes y mártires, en los dioses que cumplieron grandes hazañas guerreras como fundadores de naciones y etnias, en los salvadores del género humano frente a diluvios, catástrofes, cataclismos, epidemias y pandemias. Frente a una pared no guardamos silencio y nos acosan las opciones entre el guerrero, el santo, el héroe civil, el maestro desterrado, errante, hambriento y náufrago, los salvadores de semillas o especies originales, evangelistas y taumaturgos, genios de la filosofía, la ciencia, la política, las artes y la literatura. Ahondamos en la dignidad residente en quien dispone de libre arbitrio, razón y espíritu más allá de toda especie conocida en la Tierra. Pensamos y nos obsesionan el Rabí, el Justo, el sembrador, el mercader, el bandido, el obrero, el desempleado, el mendigo, el enfermo, el abandonado, el huérfano, la viuda, el mutilado, los niños, las madres y los padres. ¿Hay alguien que sea prescindible o imprescindible? ¿Cuáles son los límites entre la grandeza y la bajeza? ¿Entre la humanidad y la bestialidad? ¿Entre el discernimiento y el juzgamiento? ¿Entre al amigo y el enemigo? Nuestra tendencia clasificatoria o de juzgamiento no tiene límites, convive o coexiste con nosotros, parecemos condenados a juzgar a propios y extraños, a pesar de las rigurosas advertencias de Sabios, Santos y Mesías. ¿Quién sino yo? Pienso en Bolívar y en San Martín, escépticos o decepcionados, en marcha hacia el autoexilio. También en un hombre sencillo, recto, laborioso y dedicado a su familia, renunciante a toda vida pública y notoria, a nuestros disensos, rencillas, rencores, resentimientos y espíritu de venganza, al ágora o la palestra, al convento, a toda prédica y actuación pública y, dilemático, por lo que decide enclaustrarse en el silencio, el aislamiento, en su propia celda, hogar, familia y pobreza, vivir sólo de sus recuerdos, olvidos y amigos ausentes, callar para siempre hasta encontrarse con la muerte. Pienso en quien cree que se salvará en el recuerdo de familiares, exiguos amigos, hasta que el tiempo borre su nombre de alguna lápida o sus cenizas o su polvo se integren con la Tierra o el Cosmos, sin saber hasta cuándo sobreviviremos, aunque sea en el recuerdo propio y ajeno, o si sus propios descendientes, generación tras generación tendrán noticia de su existencia. Pienso en Atilio Hernández, de apellido tan extendido en nuestro país y cuyo nombre resplandecerá o será recordado por pocos y quién sabe hasta cuándo. Atilio Hernández, que puedo ser yo mismo, de merecer tanto, lo que de él resguardamos de toda profanación en un nicho secreto, en lo más alto de la montaña, donde nadie ha llegado aún. Ascendiendo, bajando, respirando, sin aliento, recordando Mi delirio sobre el Chimborazo, de nuestro Libertador Simón Bolivar. Atilio Hernández fundó con pie y brazos firmes su compromiso cristiano de acción misericordiosa con los trabajadores, a los cuales sirvió fiel y desinteresadamente como abogado laboral, no sólo con puertas y brazos abiertos para los sindicatos de trabajadores, sino para todos y cada uno de los obreros, empleados y todo pobre sobre la tierra, con los cuales fue hermano, maestro, amigo y camarada. Como niño su solidaridad con los más débiles y oprimidos. su inquietud por el destino de los más desamparados de la tierra le condujo políticamente hasta su conversión en miembro (no le gustaba la palabra militante, por su connotación militar) y dirigente de las organizaciones PRV-Ruptura, y la Causa R. Además de su oficio incorruptible como abogado de trabajadores y publicista del derecho laboral a través de sus Notas laborales en el Diario de la Costa, de Puerto Cabello, fue parlamentario y por desacuerdo con la adhesión de la Causa R al golpe de estado contra el presidente Hugo Chávez, en abril de 2002, se retiró de todo compromiso militante e intentó restablecer su oficio laboralista. El desabastecimiento, la hiperdevaluación de nuestra moneda y la violencia en las calles le exigieron atrincherarse en la salvación de su numerosa familia de esposa, nietos y bisnietos y concentrarse en el estudio bíblico. Su salud se quebrantó y se fue muriendo hasta expirar con fe dirigida a Dios, agradecido al espíritu santo por permitirle cumplir su misión en la tierra. Sin saber qué hacer con mi título de abogado, felizmente lo conocí, hacia 1985 y me permitió su compañía y sabias enseñanzas. Más allá de su reclusión y su silencio siempre lo supe mi fiel hermano. El 20 de agosto de 2011 me escribió: “… me gustó la parte de la Ultima Estación de tu libro. Tal vez porque Ninfa, que sabes fue la última esposa de mi padre, vivió 8 meses en un ancianato. No conocía esa cruel realidad.
Depósito de viejitos que se mecen en sus sillas, amarrados, con ganas de salir
a pasear, a encontrarse con los que carecen de tiempo, o de amor, para
asumirlos en su vida cotidiana. Cuando la fui a visitar este año en
Maracaibo había fallecido 15 minutos antes. Asistí pues a sus
exequias. Y me quedé con una sensación amarga de deuda hacia ella”. Luego, en otro de sus mensajes posteriores, me comentó: “En una oportunidad polemicé con el cojo Lira (dirigente sindical y político de la Causa R).. Yo decía que se
trataba de vivir, no de sobrevivir. El decía que vivir suponía
sobrevivir primero. Creo que estos temas nos conectan a la Filosofía.
Leo ahora la Aventura de Pensar, de Fernando Savater, que es un
recorrido pedagógico sobre una selección de los filósofos más
influyentes, a su juicio por supuesto, creo que es un aprendizaje
maravilloso. En nuestra parcela del Torito, con Marle, sembramos
cuidamos y cosechamos frutos de la naturaleza. Es una reconciliación
con Dios por medio de su obra. Los animalitos vadean las alambradas y
nos miran asombrados cuando los espantamos con nuestro espíritu de
propietarios y no de simples usuarios temporales de la tierra tal como
ellos lo hacen pacíficamente sin mayores pretensiones. Saludos a los
tuyos y Dios te conserve para todos nosotros.” Vayan por delante su palabra, su altruismo, sus nobles sentimientos y su permanente solidaridad.
ADIÓS PARA QUIEN SE QUEDA ENTRE LAS PIEDRAS Y LOS RÍOS,
INSOMNE EXPLORADOR DE LA NOCHE
“… David Nieves quién además de sus propios méritos políticos, tiene el pedigree de ser hijo de David y Enriqueta, luchadores populares desde el 36 hasta sus muertes, sin cesar un instante ni en los tiempos dictatoriales ni en los frenesís represivos de la democracia autoritaria. Y uno que fue compañero de luchas y prisiones de los padres y también del hijo siente el orgullo de ser un hermoso hilo conductor que anuda en la misma suerte a unos y a otro en igual dignidad política, que resulta entonces una dignidad histórica” Simón Sáez Mérida (…. Y David se atrevió. David Nieves Branch. Blanca Ibáñez en el camino de Eva Perón. Ediciones Liga Socialista. Junio de 1988. P. 8)
David, “la vida se nos va y nos vamos apagando”, repetía una canción de los tiempos de la renovación universitaria, “viejo, mi querido viejo”, decía otra de los mismos años, pero eso nunca te creíste que lo fueras, ¿viejo yo. En otra de las vueltas y giros de la tierra, recordaba el poeta Eugenio Montejo que estamos en una carrera de relevos donde uno toma la antorcha del otro y continúa la carrera, como en los juegos olímpicos. Tú tomaste la de tus ancestros, viejos luchadores contra la dictadura de Pérez Jiménez, hasta la tortura y la ejecución de uno de ellos por la policía política de entonces, la Seguridad Nacional. Tú, luego, tomaste la antorcha de tantos de la generación de los sesenta, asesinados también por los sucesores de la vieja Seguridad Nacional, el SIFA, la Digepol, que luego mutaron en la DIM y en la DISIP y tomaste, finalmente la antorcha de Jorge Rodríguez, padre. David, ahora dejas tu honda para que otros tomen tu lugar en la lucha contra Goliat. Alguna vez dije que eras el prisionero político que más cárceles, torturas y desapariciones forzadas había sufrido en nuestro país, sin desdoro de su dignidad, en su larga e incansable pelea y resistencia por lo que creías justo y necesario para nuestro país y el mundo. Los justos, para Moisés, eran los que cumplían la Ley estatuida por Yaveh. Para Jesús, los justos serían bienaventurados. Y Marx dijo, recuerdo que se hizo consigna en los tiempos de la renovación universitaria de 1969, en nuestro país, “No basta interpretar el mundo, es necesario transformarlo”. Tú, como en los versos de Antonio Machado, “Caminante no hay camino/camino se hace al andar, fuiste haciendo camino, por las carreteras, por los montes, por ciudades y pueblos, siempre en la clandestinidad, con breves interregnos y grietas de lucha en espacios de legalidad como cuando recorrías barrios y fábricas llamando a votar nulo, recuerdo que te dejaron mudo cuando en un barrio alguien te gritó “y si votamos nulo, ¿por quién votamos? ¿o perdemos nuestro voto?” ¿Qué había en el fondo de tanto coraje y resistencia frente a la tortura, el martirio, la incomunicación y la desaparición forzada? Estaba el recuerdo imborrable de tu madre, cuando te vió salir, creo que, de tu primera prisión, con la frente en alto y sentenció: te prefiero muerto a delator, como las madres espartanas que despedían a sus hijos reiterándoles que volviesen victoriosos o muertos cubiertos con su escudo. Estaban también tus ilusiones, como cuando dijiste que frente a la tortura pensabas en la dictadura del proletariado, lo que nunca entendí. Algo que siempre me pareció increíble fue tu buen humor, frente a cualquier circunstancia. Anden alegres, orientaba Jesús a sus apóstoles. Decía Sukuinushisama, fundador de Sukyo Mahikari, que la gratitud a Dios se demostraba con una sonrisa a la hora de morir. Uno de los presos políticos que te acompañó en la cárcel de La Pica, Miguel Pinto, recordó anoche, en uno de sus mensajes de teléfono, con motivo de la trágica noticia de tu fallecimiento, que no te había visto serio nunca. Sí existe esa foto en la que levantas tus manos esposadas con gesto airado, cuando te trasladan a un tribunal militar. Pero hasta tus últimos días repetías con humor, a sabiendas de la gravedad de tu enfermedad, que tú no serías el primero en irse, seguirías a Julio Escalona y después nos esperarías a nosotros en la bajaíta. Existen dos de tus testimonios que son para enmudecer a cualquiera. En el campamento antiguerrillero de San Pablo, en el estado Anzoátegui, te sacaron de una cisterna donde te mantenían encerrado, aislado del aire y del sol, estabas amarrado, vino un teniente y te dijo: ahora te vas a comer esa piedra que tienes frente a ti, lo que se te ocurrió fue reírte a carcajadas y allí mismo te cayeron a golpes hasta dejarte desmayado. Años después, en el último secuestro que sufriste, te subieron amarrado a un helicóptero, un Disip y un oficial del ejército y el Disip comenzó a interrogarte y frente a tu silencio, finalmente dijo que te lanzarían sobre esas montañas, las del Bachiller y tú comenzaste a reír a carcajadas. El oficial del ejército dijo: no ves que este hombre no va a hablar, vamos a bajar y te trajeron de vuelta luego hasta la Carlota y de allí a los sótanos de la Disip. Porque el escándalo del asesinato de Jorge Rodríguez no permitía mantenerte secuestrado y desaparecido por más tiempo. Semejante hombre era capaz también del llanto desconsolado de un niño, como lo hiciste cuando Esperanza Martinov, representante de la fiscalía general de la República, se presentó a la Disip, solicitó conversar contigo y te comunicó el asesinato de Jorge Rodríguez. Entonces, te devolvieron a tu celda y regresaste envuelto en llanto, llamándome desde tu “tigrito”, para gritarme entre lágrimas y voz desconsolada: “mataron a Jorge, su cuerpo no soportó la tortura”. Pocas horas antes de conocer tan trágica noticia, gritabas a Sara Godoy, detenida también en otra celda: “mi amor, te envío Los versos del Capitán, de Pablo Neruda”. De tus conmociones y llantos finales, puede dar testimonio la poeta Grisel Calzadilla, esposa de Agustìn Calzadilla, el abogado que presidiera loa Asociación de Defensa de los Derechos Humanos en los más peligrosos años de los sesenta, sin que nunca se le enfriara el guarapo. David Nieves Banch, te saludo y te nombro, mientras te pierdes silbando en la noche, abriendo camino entre las estrellas, sin miedo a extraviarte, siempre riéndote y recordando a los amigos que dejaste atrás, en la inmensidad de la noche, yo sé que con picardía cargas tu honda en el bolsillo de atrás, esperando encontrarte a Goliat, en cualquier lugar y momento, para darle en la mera mera frente. ¡Adiós! ¡Adiós! Comenzamos a gritarte, invisible en la lejanía, con la esperanza de tu pronto retorno. ¡Adiós! ¡Adiós!
CABALGATA ENTRE DOS SIGLOS
Julio Escalona nació el 9 de enero de 1938, en el Campo de Carabobo, transcurrido apenas un año de la huelga petrolera del 14 de diciembre de 1936. Nuestro país despertaba de la dictadura de Juan Vicente Gómez, quién asaltó la Presidencia de Venezuela, en 1908, tras la traición y golpe de estado contra su compadre presidente, Cipriano Castro, con apoyo de la flota estadounidense. Castro se enfrentó a los Estados unidos y éstos nunca le permitieron retornar a nuestro país, por lo cual murió en el exilio. La dictadura gomecista inició nuestra era petrolera bajo el dominio anglosajón y liquidó todo intento de una industria nacional del ramo con la negativa de renovación de concesiones a la Petrolia del Táchira. En diciembre de 1935 muere Gómez, se producen en Venezuela estallidos insurreccionales. El General López Contreras, ministro de defensa de Gómez, asume la Presidencia y en conciliación con las organizaciones democráticas, contiene la insurrección popular. Se inicia un ciclo político de creciente organización popular que tiene puntos estelares y reacciones en la multitudinaria manifestación popular de febrero de 1936, la huelga petrolera del 36, la junta cívico militar de octubre de 1945, la constituyente de 1947, las elecciones con sufragio universal, directo y secreto en las cuales resulta triunfador Rómulo Gallegos, y en el golpe militar contra este último en noviembre de 1948. Es en este contexto histórico, económico, social y político en el cual nace Julio Escalona Ojeda en el Campo de Carabobo, entre campesinos que sufrían el acoso y el desplazamiento de sus tierras por la violencia de los terratenientes.
TAL CUAL. FIRMES Y TERCOS
José Elías Escalona, el padre de Julio Escalona Ojeda, como músico popular, narrador oral de resonancias cervantinas y quevedianas y viva memoria de nuestra historia, orientó el espíritu de su hijo con vibrantes lecciones sobre el campo mismo de nuestra batalla decisiva e inmortal. Ya en Valencia, instalado José Elías Escalona aquí con su familia y regentando una bodega en la calle López de esta ciudad, de madrugada junto a su hijo y conduciendo una carreta para abastecerse en el mercado, transmitiría una lección de firmeza y coraje al transgredir el toque de queda (establecido tras el golpe militar que derroca a Gallegos), contraviniendo la disuasión de los soldados en la calle. Como estudiante del liceo Pedro Gual, de esta misma ciudad, Julio Escalona decide, allí mismo, la opción de Filosofía y letras, para aprender a pensar. A través del equipo de sonido de la institución, curiosamente, en plena dictadura Pérez jimenista escuchaba la voz de Andrés Eloy Blanco recitando sus poemas, lo cual avivaba sus primeras inquietudes políticas. En este liceo destaca por la disciplina en sus estudios y participa en su primera manifestación política contra la dictadura de Pérez Jiménez a mediados de los cincuenta. En la Universidad Central de Venezuela, en Caracas, milita en la clandestinidad, en la lucha del Frente Universitario, bajo dirección de la Junta Patriótica, en toda la movilización de calle que tendrá puntos culminantes el 21 de noviembre de 1957 ( más adelante oficializado como Día del Estudiante), la insurrección de la base aérea de Maracay bajo dirección del Coronel Hugo Trejo, la huelga de la prensa y la huelga general que conducen al derrocamiento de la dictadura Pérez jimenista en nuestro país.
PACTOS DE NUEVA YORK Y PUNTO FIJO
El pacto de Nueva York entre Betancourt, Caldera y Villalba, en presunta representación de sus partidos Acción Democrática, COPEI y Unión Republicana Democrática, en procura de torcer el rumbo del pueblo venezolano, y ratificado en Caracas con el Pacto de Punto Fijo entre los mismos partidos, se dirige al control oligárquico y estadounidense del movimiento popular venezolano y de todo ejercicio de la democracia directa y antiimperialista del pueblo en la calle. El auge del movimiento popular venezolano se enlaza con la victoria de los guerrilleros cubanos y la declaratoria del carácter antimperialista y socialista de la revolución cubana bajo dirección de Fidel Castro. El conflicto político frente al gobierno de Rómulo Betancourt, caracterizado por la violencia represiva antipopular, en alianza con la oligarquía y el imperialismo, conduce a la división del partido Acción Democrática y surge el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) que se declara socialista y junto al Partido Comunista de Venezuela, frente al encallejonamiento represivo contra nuestro pueblo, adopta la línea insurreccional. Julio Escalona Ojeda, estudiante y graduado luego en Economía, en el curso de estos acontecimientos se convierte en presidente de la Federación de Centros Universitarios de la Universidad Central de Venezuela y en secretario general de la Juventud del MIR. En 1962 le es dictado auto de detención militar y en 1966 sube a las montañas de oriente y declara, junto a Marcos Gómez: “desde ahora nuestras aulas son las montañas de oriente”. Integrado a la comandancia del Frente Guerrillero Antonio José de Sucre (FGAJS), hacia 1968 participa en el proceso de cuestionamiento interno en el MIR, renuncia a la comandancia del Frente Guerrillero Antonio José de Sucre (FGAJS) y a través del documento suscrito por la célula Dante critica la concepción foquista en la dirección del FGAJS y el burocratismo en la dirección del MIR.
OR Y LIGA SOCIALISTA
En presencia de Douglas Bravo y Alí Rodríguez, de la dirección del PRV-FALN, Julio Escalona alcanza un acuerdo con la comandancia del FGAJS y junto a Fernando Soto Rojas y Marcos Gómez emprende su retirada hacia otro rumbo político y organizativo. Constituyen el destacamento guerrillero “José Félix Rivas”, con propósitos de combinación de las formas de la lucha y organización, con las ciudades y las zonas suburbanas como escenario principal y las montañas como escuela y zona de retaguardia, en abierta confrontación contra el foquismo y el reformismo y en compañía de Jorge Rodríguez, Fernando Soto Rojas, David Nieves Banch, Esther Macías, Miguel Angel Díaz Zárraga, José Zavala y otros militantes revolucionarios constituyen la Organización de Revolucionarios (OR), adoptando la consigna central de esta organización durante toda su existencia: “ Perseveraremos, no nos derrotarán, triunfaremos”. En 1969, el gobierno de Rafael Caldera lanza la llamada “Política de Pacificación” Julio Escalona declara que no se acogerá a la misma mientras no se decrete una amnistía general para todos los presos y perseguidos políticos. A principios de los setenta la OR impulsa la Liga por los derechos del pueblo y el socialismo, luego Liga Socialista por razones de seguridad, con Jorge Rodríguez como secretario general y Carmelo Laborit como presidente. Jorge Rodríguez es asesinado mediante torturas por la DISIP el 25 de Julio de 1976, durante una ofensiva represiva contrarrevolucionaria con motivo del secuestro de William Frank Niehous, agente de la CIA y gerente de la empresa Owens Illinois, de estrecha relación y negocios ilícitos con el gobierno de Carlos Andrés Pérez. Julio Escalona, posteriormente, indultado por el presidente Herrera Campins, en 1979, insurge desde la clandestinidad y se incorpora a la Liga Socialista. Sus relaciones con nuevos movimientos sociales y la búsqueda de la unidad con ellos, en contradicción con la visión tradicional de las “correas de trasmisión” del partido, bajo estrecho centralismo democrático, sin lograr acuerdos para una común coordinación y evaluación de la experiencia compartida provocan su retiro de la Liga Socialista. Orientados y encaminados por Esther Macías, después de una travesía, bajo una tormenta eléctrica, saltando y cayendo en los huecos de la carretera Lara-Zulia, turnándonos en la lectura de un papel impreso, aprendiéndonos frases de la oración en japonés Amatsu Norigoto, el 27 de noviembre de 1994, recibimos el Kenshu (seminario) inicial de Sukyo Mahikari (Suprema Luz de verdad) e iniciamos nuestra práctica espiritualista. Durante el gobierno de Nicolás Maduro Moros; Julio Escalona actúa como embajador alterno de la República Bolivariana de Venezuela en la Organización de Naciones Unidas (ONU) y como miembro de la Asamblea Nacional Constituyente (2017) participa de la política de restablecimiento de la paz impulsada por el presidente Nicolás Maduro Moros frente a la guarimba. Una extensa producción documental y bibliográfica, en la clandestinidad y en su actuación pública posterior caracterizaron la vida y pasión política de Julio Escalona.
HONRAR, HONRA
Cuatro grandes homenajes, entre otros, rinde Julio Rafael, en su libro Geopolítica de la Liberacíón, a igual número de venezolanos inmortales, a Jorge Rodríguez, José Aquino Carpio, Paúl del Río (“Máximo Canales”) y Hugo Chávez Frías. “Nadie tiene amor más grande que aquél que dio su vida por sus amigos”, dice el evangelista San Juan refiriéndose a Cristo. Eso podemos decir de todos los homenajeados arriba nombrados: dieron sus vidas por sus amigos o camaradas y por los pobres de la tierra, por los cuales se jugaron la vida o echaron la suerte, como diría José Martí, el Apóstol de la Libertad de Cuba y de Nuestra América. En el silencio, el último dolor y su sacrificio final, el torturado, mártir y héroe piensa con la velocidad del rayo en sus amigos, en sus amores, en su madre y en su padre y hermanos, de sangre o fraternidad, en aquellos a los que predicó su evangelio, su buena nueva o noticia, o quienes se arriesgaron a compartir su vida, azares y peligros y a ellos dedica su último aliento. En el caso particular de Jorge Rodríguez y de José Aquino Carpio les unió a Julio Escalona una entrañable y alegre amistad desde sus ideales compartidos en la Universidad Central de Venezuela, en Stalingrado, su residencia universitaria, hasta las noches y los días, inviernos y veranos, persecuciones y refugios, viajes, laberintos y extravíos, puntos de apoyo, reuniones y contactos, versos y canciones, lecturas, diseños y manuscritos, en tiempo de clandestinidad y guerrilla. Julio Escalona les sobrevivió, es su testigo y apóstol, que quiere decir enviado. A éste le correspondió antes de su agonía final levantar las banderas y el credo de ambos, también de Paúl del Río, Máximo Canales y de Hugo Chávez. Paúl del Río, Máximo Canales, pronto se convirtió en héroe de los jóvenes de los sesenta, en esa década y generación que Julio Escalona se empeñó en interpretar, en toda su complejidad y legarnos como memoria, estandarte y antorcha para los jóvenes de ahora y de los tiempos que vendrán.
Asesinado el Che Guevara, corrían tiempos de derrota de la insurgencia popular y armada en América Latina; sin embargo, Vietnam resplandeció y renació victorioso de sus cenizas del genocidio y ecocidio del imperio estadounidense, y en Centroamérica avanzó la guerrilla del Frente Sandinista de Liberación, a la cual se integró como combatiente internacionalista Paúl del Río, Máximo Canales, quien después culminaría sus días en la tierra como artista plástico, de lo cual venía dando excelente muestra desde la Cárcel Modelo de Caracas y del cuartel San Carlos, como prisionero político. Finalmente, convertido el joven y viejo guerrero en monje y cenobita, se enclaustraría en el Cuartel San Carlos, al frente de la Fundación Manuel Ponte Rodríguez, para reconstruir la arquitectura de la memoria de quienes allí padecieron prisión y hostigamiento político y militar o de quienes fueron torturados, ejecutados y desaparecidos entre 1959 y 1998.
A su vez, Hugo Chávez Frías, al decir de Fidel Castro, Atilio Borón, Eduardo Galeano, Pepe Mujica, García Linera y Julio Escalona, daría un vuelco a la visión de la izquierda latinoamericana, con un nuevo y visionario sesgo geopolítico liberador, resucitando el ideario de Francisco de Miranda y del padre Bolívar, con sus sueños de constitución de una confederación con las repúblicas de Nuestra América y la liberación de fronteras de nuestra región , con la proclama de la cooperación y unión de todos los pueblos del Sur periférico de la tierra, proclamando el socialismo del siglo XXI, la multipolaridad y la pluripolaridad.
Otras semblanzas y reseñas memoriosas de valientes, ejemplares ciudadanos y revolucionarios como Leonardo Ruiz Pineda, Alberto Carnevali, Antonio Pinto Salinas, Wilfrido Omaña, Vladimir Acosta, Adícea Castillo, Hugo Trejo, Fabricio Ojeda, Simón Sáez Mérida, Inés de Sáez, Humberto Vargas, Alberto Lovera, Nicolás Hurtado, Alí Rodríguez Araque, Carlos Wilfredo García, Eduardo Sanoja, Rómulo Niño, Elegido Sibada (“Magoya”), .Francisco Aguilera; Francisco Prada Barazarte, Hugo Alexander Alzolay, Alí Primera, Livia Gouverneur, Manuel Ponte Rodríguez, Moisés Moleiro, Víctor Soto Rojas, Pura Soto Rojas, Brenda y Marlene Esquivel, Edmundo Aray, Fruto Vivas, Eleazar Díaz Rangel, Hugo Alexander Alzolay, José Montesinos Palacios, Chino Valera Mora, Juan Vicente Cabezas, Jesús María Bianco, Francisco de Venanzi, Orlando Yajure, pueblan las páginas de “Puntofijismo y 23 de enero de 1958, La rebelión como proceso”, de Julio Escalona.
SENTIPENSAR, GEOPOLÍTICA, GUERRA Y DEMOCRACIA
Julio Escalona fue fiel expresión y vocero del sentí-pensar, que decía Eduardo Galeano haber encontrado como giro peculiar del habla y autoidentificación de los pueblos de la costa de Colombia. Julio Escalona conjugó el pensamiento y el sentimiento profundo en cuanto dijo y escribió, por eso, nada dijo a la ligera, todo le vino de muy adentro, como si de un volcán, de un huracán (o corazón del cielo, en el decir náhuatl), de un mito, de una vieja canción o de rayo y trueno le viniese. Cuando el poeta y editor Luis Alberto Angulo, hace acaso un par de décadas, me dijese: “ese compañero es un poeta”, no necesité conocer versos de Julio Rafael Escalona para identificar en sus pasiones, en sus emociones, en sus lágri…
”. Pedro Téllez, actual director del psiquiátrico de Bárbula, fue aprendiz de psiquiatría en su propia casa; mientras jugaba picha, escuchaba las consultas de psicóticos, bajo la orientación de su padre y su madre, ambos españoles, Pedro Juan Téllez y Teresa Pacheco Miranda de Téllez, psiquiatras inmigrantes los dos. Luego, él mismo ya médico, se hizo residente itinerante en todos los psiquiátricos de Venezuela. El psicólogo y profesor universitario Lino Rada, y amigo entrañable de su padre, el viejo Téllez Carrasco, lo llamaba el tigrito”. Pedro Téllez cubre con una bata blanca y un estetoscopio alrededor de su cuello la sempiterna camisa sudada por sus kilométricas caminatas, con sus botas de siete leguas, desde su apartamento y hogar familiar en Valencia hasta Bárbula y viceversa. En su consulta del psiquiátrico de Bárbula, sentado detrás de un escritorio metálico lleno de polvo, libros y carpetas en desorden, interrumpe mi perorata, deja de lado el mutismo de quien se limita a escuchar clínicamente, detiene el vuelo de las moscas con un manotazo y larga su inevitable intertexto marxista:”la iniciación sexual es distinta según clases sociales. Los burgueses se cogen a las y a los de clase media alta oportunistas; las clases medias cogen entonces hacia arriba y hacia abajo y ¡cómo les gustan las escaleras! En la clase media esos ritos de iniciación ocurren en las cocinas de las casas, en las escaleras contra incendios de los apartamentos, azoteas de los edificios, y concluyen, ya sea en carro propio o en taxi, en los moteles. El motel es el lugar por excelencia. Eso con las novias. También está la iniciación con las muchachas de servicio, ya sean las propias o las de otras casas de amigos, en las urbanizaciones de clase media. A veces es iniciación mutua. Entonces es interclase e interracial”. Concluye, se para, abre un archivo, saca y me enseña hojas de dibujos y pinturas de lo que fuera un proyecto de expresión artística de los internados en la llamada Colonia Psiquiátrica de Bárbula hace décadas. Me retiro y me siento en un banco de cemento frente al pasillo de la entrada del psiquiátrico, comienzo a preguntarme por los locos y locas que aparecen y desaparecen por este psiquiátrico de Bárbula, de huéspedes transitorios, condenados a breves hospitalizaciones, por la antipsiquiatría y el cupo en los pabellones, a su deambular sin rumbo por calles, carreteras. autopistas, puentes, plazas, parques, bajo el sol y la lluvia, perdidos para siempre entre extravío, indigencia, hambre, desnudez, sin memoria de familia y hogar, sin el cuarto del loco para sus encierros en interfases lunares, hasta morirse sin fecha en el calendario, sin familia reconocida o reencontrada, sin la vuelta del hijo pródigo, sin la simpatía, ilusiones y desvaríos del loco Juan Carabina.
JORGE ANTONIO RODRÍGUEZ, EL MAESTRO
Cuantos estuvimos cerca de Jorge Antonio Rodríguez, y con él convivimos, disfrutamos de su compañía, convivencialidad y militancia común, pudimos comprobar su condición de Maestro. Lo fue por su formación escolar, su labor alfabetizadora, práctica docente, estudios y compromiso político, capacidad de diálogo, vibrante y lúcida oratoria, agilidad polémica, escritura, virtudes, solidaridad, lealtad y ejemplar dignidad. Como José Martí, dirigió ediciones de periódicos, libros y revistas, no escatimó jugarse la vida en su desafío al vasallaje colonialista y destacó en foros y polémicas frente a destacados intelectuales y políticos. Como Paulo Freire, en toda su actividad, organización comunitaria, obrera, juvenil y movilización política, en su hogar, escritos, discursos y publicaciones desplegó una particular pedagogía entre jóvenes, trabajadores y pobres de nuestras universidades y barriadas, que le permitieron destacar como un joven y promisor luchador por los derechos del pueblo y el socialismo. Trascendió el lenguaje formal y escolar e hizo suyos refranes, modismos, chistes, anécdotas, circunstancias de la vida cotidiana popular y su particular coloquialidad. Como Simón Rodríguez utilizó retruécanos e ingeniosos giros verbales.
Jorge Antonio Rodríguez fue jovial, solidario, virtuoso, entusiasta, pensador convencido de la fuerza revolucionaria del poder popular, persuadía con la fuerza de sus convicciones y el acompañamiento amoroso, en una palabra era compañero y hermano leal en cualquier circunstancia.
Fue llano, sonriente y sencillo en nuestro primer encuentro. ¿Tú eres el poeta?, me preguntó desde la puerta de una casa campesina en un campo de conuqueros en defensa de su tierra de cultivo frente a la pretención de su desalojo por los terratenientes del lugar. . Sufrían los lugareños de los caseríos de Nueva Valencia y La Horqueta , en Tocuyito, las acometidas del ganado de los amos de la tierra sobre sus siembras y Jorge acompañó su decisión de formar una milicia, matar el ganado, comerse la carne y enterrar los huesos de estos animales. Cansini era el líder de la Liga Agraria de Nueva Valencia y Jorge se convirtió en gozoso difusor de sus giros de lenguaje. Luego, Jorge apoyó nuestro periódico “Cascabel”, de topónimo y logo diseñado por Rafael, un obrero del Central Tacarigua. Jorge llegaba de Caracas con fotos, leyendas y textos, acompañando con su entusiasmo nuestro esfuerzo. Así lo haría después con Basirruque, periódico de la Liga Socialista. Un día, en el apartamento de Agustín Calzadilla, en El Valle, Caracas, nos pidió al profesor Oscar Battaglini, al Agustín Calzadilla y a mí que escribiéramos un artículo sobre petróleo . Nos miramos las caras, no sabíamos nada sobre esa materia. Nos encerró en una habitación y nos dijo que no saliéramos de allí sin ese escrito y se sentó a esperarnos en la sala de visitas. Nos costó Dios y su ayuda escribir el texto, pero lo hicimos, salimos de la habitación y se lo entregamos. A él le tocó también buscar información actualizada sobre esa materia para la batalla que sobre la falsa nacionalización del petróleo y la marcha antiimperialista hasta Cabimas le tocó liderizar. Hasta ProVenezuela, donde trabajaba Domingo Alberto Rangel , nos dirigimos algunas veces para su conversación sobre este asunto con este investigador de la UCV y destacado líder y pensador político venezolano. Yo sería un simple acompañante y testigo de tales encuentros.
En 1969 concertó mi participación en el destacamento guerrillero José Félix Rivas y dirigió mis preparativos al respecto, con enseñanzas sobre posiciones de tiro e instrucciones precisas para organizar mi morral de campaña. Después no lo volví a ver, hasta que en andanzas por los barrios de Petare supe a través de Julio Escalona su detención. Prisionero en la cárcel de Sabaneta, en Maracaibo, propuso e impulsó la huelga de hambre de los presos políticos de Venezuela en 1972, con informes sobre la represión contra campesinos y revolucionarios venezolanos , con énfasis en el occidente de Venezuela y las dramáticas horas vividas por su familia en su hogar, en Caricuao, Caracas, tras su detención por el llamado Gang de la muerte. En la revista Rocinante, bajo la dirección del poeta Edmundo Aray quedaron impresos tales testimonios de Jorge y un breve informe mío sobre mi propia detención y torturas por ese Gang de la muerte en montes de Petare y en la dirección de la DIM, ubicada al lado del cuartel San Carlos, de Caracas. Jorge Antonio Rodríguez, David Nieves Banch y los cubanos Manuel Espinoza y Manuel Gil Castellanos fueron liberados como resultado de esa huelga de hambre. Jorge se encargó entonces de la fundación de la Liga Socialista y su periódico Basirruque. Me visitó en la prisión del cuartel San Carlos y me llevó de visita a la estudiante María Elizabeth Méndez, quién sería luego mi esposa. Por eso he dicho que le debo hasta mi esposa y cuando salí de la cárcel me brindó permanentemente su compañía solidaria y se ocupaba de acompañarme en cualquier dificultad que se me presentase, hasta de la visita al odontólogo. Esa compañía solidaria al militante y a nuestros amigos fue característica permanente de Jorge. Así cuidaba también a su familia. Fue leal en todo momento y lugar a Julio Escalona, cuya defensa asumió calurosamente siempre frente a cualquier corrillo y descalificación.
Un 23 de Julio de 1976, a las cinco de la tarde, salimos de la casa de la Liga Socialista en Alta Vista, en Catia ,Caracas, Jorge y yo, en automóvil del dirigente del Movimiento estudiantil de Unidad con el Pueblo (MEUP), Cruz Moreno, y en compañía de las estudiantes de la UCV Marisol Laprea y Ana Elvira Pérez. En La avenida Sucre, de Catia, un contingente de la DISIP nos cercó y trasladó a Jorge Antonio Rodríguez a destino desconocido y a nosotros al cuartel general de esta policía de represión política. El domingo 25 de Julio de ese año 1976, tras tres días y noches de torturas inenarrables y vesánicas, a eso de las siete de la noche, apagaron las luces en el sótano de esa misma policía en Los Chaguaramos de Caracas y tiraron a Jorge, envuelto en una colchoneta, en un “tigrito”. El médico que acompañaba a los torturadores confirmó la muerte de Jorge Antonio Rodríguez, en la plenitud de su vida revolucionaria de joven líder político venezolano. La dignidad fue la bandera invisible que cubrió su cadáver viviente y un fuego que no se apaga nunca. “Somos subversivos”, había gritado días antes Jorge Antonio Rodríguez, montado sobre un techo de la plaza descubierta de la UCV, a una multitud de jóvenes estudiantes del MEUP que se disponía a marchar con sus consignas y pancartas por la Avenida Victoria de Caracas, la misma por dónde la multitud que conducía su ataúd al Cementerio General del Sur fue abaleada para , inútilmente, dispersarla.
En Valencia, República Bolivariana de Venezuela, en el primer día de junio de dos mil diecinueve, con su amanecer neblinoso en los cerros de esta ciudad, que recibe las primeras lluvias de invierno.
omarhdez78
DESAPARECIDO POLÍTICO DE LA IV REPÚBLICA
domingo, 2 de agosto de 2026
La Semilla, la Espada y la Palabra: Homenaje al Paisano, Amigo y Camarada Juan Rafael Medina Figueredo
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